—¿Por qué querés trabajar con nosotros?

La pregunta está asegurada dentro del catálogo de consultas que se despliega en una entrevista de trabajo. Los encargados de llevar adelante la reunión necesitan saber si uno es capaz de, no solo ponerse la camiseta de la empresa, sino también de sentirla. Y las respuestas, palabras más, palabras menos, se dirigen en una misma dirección. “Porque tengo mucho para brindarle a la empresa”, o “porque voy a aprender bastante con ustedes”, o “porque la empresa es de primer nivel”. Son respuestas estereotipadas, pertenecientes a un contexto determinado, en el que uno busca venderse como el candidato ideal, mientras que el otro, el entrevistador de turno, busca lo ideal de ese candidato.

Asistir a una entrevista de trabajo no es nada fácil. No importa tanto la experiencia previa, ni las charlas instructivas. Cada cita tiene su especificidad que la hace diferente a otra. Porque existen distintos tipos de entrevistas de trabajo. Están las grupales o las individuales. Están las que dirige un entrevistador o las que comandan dos o más personas. Están las que asumen un carácter práctico –imaginar tal situación y explicar cómo actuaría uno en ella- o las que son puramente informativas. Las entrevistas de trabajo son iguales y diferentes en muchos aspectos. Pueden poseer distintas modalidades, pero las preguntas, muchas veces, se repiten sin cesar.

En el caso de las entrevistas grupales, el recorte de candidatos no se produce solamente entre quienes son llamados a la reunión y quienes, no. El descarte también ocurre durante el encuentro con los entrevistadores. Y esto sucede, más o menos explícitamente, de la siguiente manera.

Central de Assistem, empresa de Recursos Humanos. A la entrevista para ocupar la posición de cajero y repositor, en una tienda de Carrefour, han sido convocados todos hombres. Las mujeres serán llamadas cuando se abran otras búsquedas, según transciende. En la recepción, algo más de veinte personas de entre 23 y 35 años, esperan ser atendidos por la recepcionista. Es ella quien recibe la documentación requerida en el aviso para presentarse a la entrevista: fotocopias del DNI, CUIL y título secundario. Para los extranjeros, se necesita, además, de la convalidación realizada en el Ministerio de Educación.

Uno a uno, los hombres dejan sus papeles en manos de la única mujer presente en el salón. La recepcionista se encarga de realizar el primer recorte. A todos, pregunta cuál es la experiencia en atención al cliente. A los extranjeros, pregunta por la convalidación de estudios secundarios. Algunos no tienen la experiencia que se necesita -como si reponer productos y pasarlos por un aparato que recuerde su precio fuese una tarea difícil de aprender-. Otros, no tienen la convalidación porque, explican, la página que brinda los turnos para tal trámite está saturada. La recepcionista no se anda con vueltas. “Nos piden la convalidación”, dice en defensa de la empresa. Y luego, a modo de consuelo, ofrece quedarse con el currículum para otras posibles búsquedas. El descarte es potente: quedan quince con chances de obtener el empleo en oferta.

Del total de los candidatos en pugna, cuatro son venezolanos. El resto son argentinos, uno de ellos, proveniente de Jujuy pero que vive en Constitución porque, dice, se vino a cursar una carrera universitaria. Los quince hombres esperan intranquilos. Algunos demuestran su impaciencia con el movimiento de sus manos o de sus sillas. Hasta que la espera termina con la llegada del entrevistador, un muchacho que supera apenas los 30 años. “Disculpen la demora”, atina a decir y luego de una breve descripción del empleo, pide que cada uno se presente. Los venezolanos comparten un mismo pasado que se revela en su similar discurso. La crisis que afecta al país los impulsó a viajar a la Argentina, donde la crisis, nuestra crisis, crisis imperceptible, quizá, para nuestros compañeros latinoamericanos, continúa haciendo estragos en los sectores medios y bajos de la sociedad.

Los postulantes traducen su currículum en lenguaje verbal. Esclavos de la necesidad, tratan de vender la mejor imagen de sí para el amo, en este caso, el entrevistador. El amo pregunta y el esclavo responde. A veces, el amo repregunta como señal de interés. Y en una de esas consultas, una se prevé: “¿Por qué querés trabajar en Carrefour?”. Las respuestas estereotipadas surgen en la reunión.

Luego de las presentaciones, el entrevistador da por concluida la entrevista, no sin antes comentar que, en los próximos días, se contactarán a los que hayan sido seleccionados para el puesto. Sin embargo, luego, nombra los apellidos de cuatro candidatos a los que les pide aguardar en la sala. “Los demás, pueden retirarse”. Muchas sillas quedan vacías, el lugar parece agrandarse. “Les pido si mañana pueden presentarse para una segunda entrevista”, comunica el amo. Un segundo descarte se había producido imperceptiblemente. Quedaban cuatro candidatos con serias chances de hacerse de las vacantes. Una entrevista y tres recortes ya habían sido historia.

Ahora bien, también existen las entrevistas personales, donde amo y esclavo se encuentran íntimamente ligados, donde uno necesita de otro, en una relación donde nadie termina siendo libre. El amo necesita del candidato, del trabajador que mejor cumpla con las tareas asignadas. Por ello, es de pedir que le haga saber sus virtudes y debilidades durante la entrevista. El amo necesita conocer a su esclavo y verificar si posee las condiciones para desempeñar la posición a ocupar. Mientras que, a su vez, el esclavo necesita del amo. Necesita recibir un puntapié inicial: las preguntas para desplegar todo su seductivo manual, repleto de experiencias laborales, herramientas manejables y habilidades comunicacionales.

En esa contienda, en la que uno busca descifrar y el otro, convencer, se ponen en juego ciertas estrategias. Una de ellas, utilizada desde el lado del oferente, pero luego copiada intencionalmente por el demandante, es la utilización de la palabra equipo. El término aparece, desde un principio, en los avisos de trabajo con un simple objetivo: esconder la pretensión de poder y control del amo. Hablar de equipo es hablar de igualdad u horizontalidad. Hablar de equipo es ocultar la diferencia de jerarquías. Hablar de equipo es seducir porque el que te habla “es igual a vos”. Así, la aparente libertad esconde la normalización y alienación del trabajo. Se trata, ni más ni menos, que de un discurso felicista que borra del mapa al “jefe malo”.

Amo y esclavo se seducen mutuamente. El esclavo seduce para conseguir el puesto. El amo envuelve al candidato con ciertas estrategias: presentar al lugar de trabajo como un ambiente cálido, ofrecer premios por superación personal o indicar la posibilidad de ascender en la empresa. Así, el discurso felicista traza todo el campo del trabajo capitalista moderno, incluso desde su punto de partida, a saber, la formulación de los avisos. Los portales web –ZonaJobs, CompuTrabajo, Empleos Clarín, Bumeran– no son inocentes a la lógica del sistema. Desde allí, el amo comienza a seducir y a imponer sus condiciones como, por ejemplo, la necesidad de desarrollo permanente. Como dispositivo capitalista, la empresa pide que nos esforcemos, que desarrollemos habilidades y que ascendamos posiciones. En otras palabras, nos pide que demos todo de sí por la empresa, por el equipo, ocultando así las ganancias obtenidas por el jefe.

En esta viciosa relación entre amo y esclavo, puede que existan diferentes posibilidades de actuar. Puede que las armas para seducir sean varias. Sin embargo, las actuaciones tanto de uno como de otro, terminan siendo las mismas. Al fin y al cabo, el discurso dominante se impone:

—Quiero trabajar con ustedes porque considero que tengo mucho para aportarle a la empresa. Y al mismo tiempo, entiendo que puedo aprender bastante en un lugar de primer nivel, reconocido en lo que hace. Por eso, quiero formar parte de su equipo.

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Federico Esteban
Argentina. Escritor de pura cepa, empedernido y creativo. Cronista de diferentes ambientes, abierto a interpelaciones del mundo exterior. Analista político y reflexivo de los fenómenos sociales. Estudia Comunicación Social con orientación en periodismo en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como productor en Radio Palermo y Radio Sentidos, colaboró con notas en El Informante, Cronómetro en Cero y la Agencia de Noticias de Ciencias de la Comunicación (ANCCOM). Actualmente, forma parte del programa "Rebeldes en patas", emitido por Radio Sur FM 88.3.

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