No creo ser demasiado innovadora en el tema que aquí nos compete, pero sentí la necesidad de expulsar estos pensamientos y sentimientos fuera de mis dedos para que, al verlos escritos, pueda reflexionar de mejor manera sobre los mismos. Así que todos aquellos que lean, quiero que sepan que me están ayudando a mejorar un poco psicológicamente. ¡Gracias por eso!

Todos (o casi todos si fuimos lo suficientemente afortunados) hemos pasados por la experiencia del primer amor. Ese amor que uno cree que será para siempre, el que nos hizo sentir especiales y eternos. Ese que pasábamos horas y horas hablando por teléfono o mensajes, con ese que le llenábamos la cabeza a nuestros amigos, ese que creíamos interminable y el cual no podíamos pensar nuestras vidas sin él. Hasta que, claro, un día todo se va a la mierda. Por un motivo u otro, se termina y nos quedamos destrozados, solos y sin saber qué pensar, hacer o cómo seguir. Si tenemos suerte (como la tuve yo) podemos contar con unos buenos amigos para llorarles y que se banquen toda la mala onda, las lágrimas y la depresión.

Pero de eso no quiero hablar, creo que hay bastante escrito sobre eso. Lo que me quita el sueño o, mejor dicho, lo que me deja hasta tarde pensando, es lo que pasa cuando nos volvemos a enamorar. Porque eventualmente nos volvemos a enamorar (aunque parezca tarea imposible); dejamos que otra persona entre nuevamente a nuestras vidas y comenzamos a creer en el amor otra vez, sin embargo, esta vez hay algo diferente, algo que cambia toda la perspectiva que teníamos hasta el momento. Hay algo que está revoloteando constantemente en nuestra cabeza y es el saber que no hay amor eterno, no hay un amor para toda la vida.

Antes de la primera desilusión amorosa, ese saber, todavía no lo tenemos incorporado. No podemos considerar nuestra vida sin estar al lado de esa otra persona, de ese primer amor. Somos vírgenes. Somos ignorantes de esa eventualidad, la cual nos permite explorar nuestros sentimientos de la más pura de las formas.

Ahora, sabemos que existe la posibilidad de que todo se vaya a la quinta mierda, y volver a exponernos a esa situación es tan verosímil y probable que hace que toda la experiencia se vuelva cansadora y nos llene de incertidumbre.

La estamos pasando bien otra vez, nos estamos riendo y amando otra vez, besando otros labios, tocando otro cuerpo, pero ¿hasta cuándo? Es ese saber que nos persigue constantemente. Nos hace dudar e ir con más recaudo. No nos deja disfrutar como aquella primera vez en donde el sentimiento de unión con la otra persona es tan perfecto que lo creemos interminable e imbatible. Ahora estamos golpeados por la realidad, por la cruel verdad de que nada es para siempre (como lo dijo siempre Fabiana Cantilo).

Entonces, ¿qué podemos hacer? Nos queda aceptar esa realidad, puesto que es inevitable e ir con más precauciones esta vez, hacer una introspección personal e intentar no repetir los mismos errores. Aprender a reconocer las señales y corregir lo que haya que corregir porque por más que cueste admitirlo, nosotros tuvimos que ver en esa primera ruptura, de una manera u otra.

No nos queda otra que amar con ese saber agregado, saber que todo se puede ir al re carajo de un momento al otro, pero siempre creyendo en la posibilidad de que vamos a poder visualizarlo de otra forma, más adulta, menos infantil y más consciente de lo que tenemos en nuestras manos. ¡A no cagarla!

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Patricia Gi Tessari
Argentina de nacimiento y griega por elección. Patricia es una turista que escribe. Profesora en Letras. Vive actualmente en Atenas porque quiere vivir su propia tragedia griega. Escribe y lee pero más que nada toma café.

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