Jerónimo, hombre curtido en años y en su oficio que ejercía desde su adolescencia, más por convicción que por herencia de su padre y abuelo que también lo realizaban por años, muchos años: el de enterrador en Santa Rita, que era como decían de las tres efes por frío, feo y faldudo. Y fue precisamente en una de esas faldas donde trabajaba, pues el cementerio quedaba en la cima más elevada del pueblo, y ahí yacían todos los moradores del pueblo por más de un siglo. Según se cuenta, allí mismo nació el pueblo, en esa loma, cuando un joven con su esposa e hijos iban de paso por ahí y en ese mismo sitio murió ella, Rita. En ese lugar la enterró y se instaló con sus hijos iniciando así el pueblo que él fundó, llamado en honor a su esposa, Santa Rita, poblándose con los que ahí llegaban y se instalaban hasta tener hoy algo más de diez mil personas.

Jerónimo amaba su trabajo, y cuando no había, se paseaba por las tumbas, retocándolas, organizando sus floreros, y limpiando las lápidas. Y ahí mismo tenía su pieza, en la que vivía. Bajaba al pueblo solo los miércoles, día de mercado, a surtirse de los víveres de la semana, pero… llevaba semanas sin bajar, pues no había fallecido nadie en esos días, y ese es su sustento, la muerte ajena, pero ni de viejos, ni por accidentes ni enfermedad moría la gente en Santa Rita por esos días y eso obligó a Jerónimo a racionar su poco dinero y comida. Comenzaba a desesperarse.

Esperaba y esperaba el doblar de las campanas que le avisaban de un deceso, un fallecimiento, una muerte en ese pueblo, pero nada. Nadie moría. El hambre ya lo acosaba, lo tenía al borde de la locura, no se hallaba en su cementerio y hablaba solo con las sombras, y en noches de luna llena más se alteraba, quería morir, quería estar ahí, con ellos, los muertos, y por fin, descansar en paz.

Talan…talan…talan

– ¡Las campanas!

Llegó la hora y bajó Jerónimo la loma por el camino principal del cementerio rodeado de altos cipreses y pinos que serpenteaban ante la brisa. Arribó a la gran puerta de hierro y en medio de su nerviosismo por la alegría que lo invadía, abrió el gran candado que ya chirreaba por el desuso. El corazón se le quería salir de alegría, por el muerto que venía en camino, lo que le significaba al menos comida por unos días. Alistó la pala y el azadón y esperó, esperó al difunto…o difunta, pues la muerta era doña Dorotea, una matrona de casi 110 kilos de peso, solterona y adinerada, cuyo mayor tesoro era un anillo de piedras preciosas con un pequeño diamante, anillo que nunca se quitaba desde que su prometido se lo obsequiara y muriera el mismo día de la boda, hace más de 40 años.

Jerónimo estaba ansioso, la noche era fría, helada, y más en esa loma, pero su vieja ruana lo calentaba, a pesar de lo deshilachada que estaba en sus bordes. Encendió la lámpara de la entrada principal para que el pequeño cortejo fúnebre entrara pues Dorotea vivía sola y por su genio duro y cara recia, era de pocas amistades, además no tenía herederos.

Pasaron el gran portón y Jerónimo tomó una esquina del gran cajón y ayudó a subirlo hasta el hueco que él mismo ya había cavado desde que oyó el doblar de las campanas de la iglesia.

Mientras subía el ataúd con otros hombres fuertes, enviados por el alcalde, escuchaba todo lo referente a la difunta, de su soledad, su matrimonio de solo un día, y de su gran fortuna, así como su depresión y aumento excesivo de peso, tanto que no se le pudo extraer de su dedo anular su máxima fortuna, el anillo con diamante.

Descendieron el cajón al hoyo, se rezó el avemaría con su réquiem, se le roció el agua bendita y todos partieron loma abajo santiguándose, quedando Jerónimo solo al lado de la tumba mientras contaba las pocas monedas que le pagaron.

La noche se fue helando más y más, el silencio envolvía el cementerio y sus frías tumbas, los cipreses se inclinaban al vaivén del viento, todo era lúgubre, pues la Luna no estaba, las ideas le iban y venían por su cabeza, y a cada rato contaba y recontaba las miserables monedas que le tintineaban en sus dedos, era inaudito. Tan poco, ante tanto dinero que dejó Dorotea, era injusto y él lo sabía. Una crisis de locura se apoderó del pobre Jerónimo y en ese arrebato agarró la pala y comenzó a cavar profundo hasta tocar la madera del ataúd de la difunta y con furia empezó a destruirlo, ayudándose con la misma pala y sus toscas manos. Quitó la tapa y ahí estaba ella, fría, sólida, quieta, con los dedos cruzados sobre su voluptuoso pecho. Un fuerte brillo emergió de uno de sus dedos, era el anillo, que, a pesar de la oscuridad, resplandecía, atraía, enloquecía. En un ataque feroz cogió el cuchillo y comenzó a cercenar el anular del cadáver. Estaba fuera de sí, ido, atraído por la locura del diamante y todo metal precioso, siguió cortando y cortando hasta que haló y se quedó con el dedo y su anillo, lo apretó en su mano fuertemente y al salir de allí sintió un gran jalón, fortísimo. Gritó de pánico, de terror y salió despavorido, loma abajo, en medio de gritos ahogados, secos, hondos y sin sentido hasta que llegó al gran portón.

Al día siguiente encontraron a Jerónimo tirado ante el portón con los ojos abiertos como dos platos y en su mano empuñada el dedo con el anillo de la difunta. Jerónimo murió creyendo que la muerte, o la muerta, lo había jalado por el sacrilegio cometido. Su ruana fue hallada enredada en una astilla de la tapa del ataúd.

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Juan Carlos Gómez
Colombia. Es el del medio de cinco hermanos nacidos todos en Medellín, criado en la ciudad de Barrancabermeja. Su mayor pasión: la literatura , instrumento que lo fue sacando de su encierro y abrirle mundos inhóspitos con cada lectura que hacía, desde los rusos como Chejov y Dostoyevski que lo llevaron a conocerse aún más, hasta Quiroga y Poe como grandes escritores y Jose Luyar, su entrañable amigo suicida quienes le abrieron las puertas al asunto que más le asombraría, la inevitable e inexorable muerte, tema que desmenuzaría en sus escritos personales, desde poemas hirientes y corrosivos hasta cuentos donde sin saber por qué, siempre terminaba matando a uno de sus personajes.

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