SI

Sí, así es la vida de caprichosa… Mientras al fondo suena Elefante, el músico se sienta cómodamente en la sillita de madera que hace juego con la desgastada mesa cuadrada, rayada, ahumada. La media luz genera sombras mortecinas en la pared color ocre y el olor a comida, cerveza, café recién molido y parafina derretida inundan el patio trasero, mismo donde estamos por tener la reunión.

Aquel hombre delgado, de cabellera larga y un mostacho pronunciado, el cual no para de tocar, emite sus primeras palabras.

—Hola, soy Santy, Santy Clap. ¿Cómo estás? -Con su nombre artístico se presenta enérgicamente Santiago Jaramillo-

Nos saludamos amablemente, mientras tomamos asiento en lo que será el lugar en el cual intercambiaremos palabras. Santy sigue acariciando su mostacho, mientras organizamos la pequeña caja negra en la que grabaremos todas y cada una de sus palabras. La grabadora, herramienta indispensable para el ejercicio periodístico, queda olvidada en un rincón de la mesa, que está junto al rincón del patio en el que nos encontramos. Después del rec relegamos la herramienta para dirigir toda la atención al músico.

Armenio de nacimiento, pero bellanita de corazón. Se ganaba la vida tocando en los bares de la Ciudad Milagro, en donde se fue refinando como músico. Ricardo, su amigo –también músico-, decidió seguirle los pasos a Santy, por lo que empezó a tocar en bares por recomendación de él. Y como mano se lava con mano, Santiago le pidió recomendaciones a Ricardo para venir a Medellín. Fue su amigo quien le recomendó, de manera desinteresada, llegar a Sin Fronteras.

—Yo llegué acá y hablé con David [anterior administrador Sin Fronteras, Café Librería]. Cuadramos algunas fechas para unos toques y se cumplieron. Yo les gusté y ellos me gustaron, entonces me quedé acá.

 

SOL

Soltamos un poco nuestra charla que se vio interrumpida por el sorbo de café que tomamos casi al mismo tiempo. Santiago no deja de tocar su bigote, el cual es abundante y tan espiralado como el de un tirolés. ¿Una tara? El mostacho hace parte de su estilo, de su arte y ha sido protagonista de sus portadas y de la publicidad que se hace como artista.

El hombre del mostacho no siempre fue músico y no siempre se interesó por el tema. Aunque vivió entre instrumentos musicales porque su padrastro le gustaba sacarle notas al bajo, pensó que encontraría su futuro –y su felicidad- en la programación de sistemas computacionales. Incursionó en la ingeniería de sistemas pero su ingenio apuntaba para otro lado. Abandonó la ingeniería e ingresó al conservatorio. Empezó a ser feliz soplando la armónica.

—Ahora soy hijo de la Calle 50. Bello me ha dado muchas oportunidades y la librería y café Sin Fronteras le abrieron sus puertas a un hijo y un amigo de esta gran familia. Esta es mi casa musical, acá es donde me di a conocer y soy lo que soy gracias a todas esas manos que han colaborado.

 

RE

—Recuerdo que se presentaron más de cuatrocientas propuestas, incluyendo la mía. Lo hice con mucha humildad aunque nunca esperé ganar.

Santiago se dedicaba a realizar una gira local despidiéndose de El Camino, que para entonces era su último trabajo musical, se encontraba aguantando frío en el corregimiento de Santa Elena a punta de canelazo y música para el público. En medio de una pausa activa unos hombres, no de dudosa procedencia, abordaron a Santy musitándole sobre la fundación Mi Sangre –la de Juanes- y el concurso Que la Paz te Toque.

—Me sonó la idea porque de hecho es lo que hace mucho tiempo le componía. Voy a componer una canción que hable de paz, pero no de paz política sino de paz, de la que todos merecemos. Y eso fue lo que hice.

El lunes primero de agosto, uno de esos lunes que no generan pereza sino esperanza, le llegó a su bandeja de entrada un correo de la fundación. De manera muy formal, como quien cita a un juzgado, le anuncian a Santiago el tercer puesto del concurso. Aplaudió su logro. Marcó los diez dígitos del número telefónico que corresponden a la línea celular de su madre y la invitó a celebrar. Comieron y volvieron a casa. Nuevamente su bandeja de correo electrónico hace tilín: los del concurso disculpándose, porque le habían mentido al respecto. El señor Santiago Jaramillo no era digno de un tercer sino de un primer puesto.

—No sabía cuál era el premio del tercero, pero si sabía cuál era el premio del primero: grabar la canción en Merlín, que es un superestudio de la ciudad, donde ha grabado gente que ha sido ganadora de Premios Grammy.

 

ENCORE

Seguimos sus pasos. Subimos las escaleras que están contiguas al patio. Primero diez peldaños, doblamos a la derecha para sumar cinco pasos más. Estamos en un segundo piso. Hay un pasillo y dos puertas, una de ellas de paso obligatorio para entrar a su laboratorio de ingeniería, donde ingenia su propia música. Estamos entre teclados musicales, pantallas de computador, micrófonos, audífonos y paredes acolchadas. Su laboratorio tiene dos estancias: una de ellas donde se hace la producción y los arreglos en los computadores y la otra, que parece más a la habitación de un hotel europeo de mediados del siglo pasado, por sus tenues luces rojas y amarillas, es donde el cantante deja salir la voz de su boca y el sonido que sale de los instrumentos que interpreta para darle vida a su música.

La escena final parece una película de espías: en el suelo se encuentra un maletín de aluminio, abultado y pesado. Santy se dispone a abrirlo y requiere ayuda para esa tarea. Suena un clap, como el de su nombre musical, suenan otros dos. Uno puede imaginar por un momento una película de Hollywood en donde el espía se dispone a sacar un rifle con mira telescópica y desde una pequeña hendidura de la ventana o desde la azotea de un alto edificio se dispone a apuntar a su objetivo, pero el objetivo de Santiago era el de mostrarnos uno de sus deseos. Del maletín saca un gran acordeón Bestler anaranjado.

—Este siempre ha sido mi deseo. Un amigo que ahora no vive en este país, me lo vendió. Siempre he querido interpretar el acordeón y hace un tiempo pensé en decirle a él que me lo alquilara, pero se dio la oportunidad de comprarlo y acá lo tengo.

La escena del maletín ya no parece una película de John McTiernan y su Duro de Matar. Ahora es un tierno fragmento de Le fabuleux destin d’Amélie Poulain. Mientras deshacemos los pasos al fondo suena Les Jours Tristes, interpretada por Santiago. Y como en una película de Jeunet, nos despedimos alegremente con un agitar de manos, escapándose de nuestros rostros una efusiva sonrisa.

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Alfredo Madrid
Colombia. Antropólogo y periodista en formación. Encontró en la crónica la mejor manera de ver el mundo, porque aunque son cuentos, también son verdad.

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