“Del verdugo podemos decir que estuvo a la altura de su difícil cometido”.
Robert Walser

Lumm yacía inmóvil en la cama. ¿Soñaba? Tenía consciencia de que no podría dormir. Desde la ventana el rumor de la ciudad entraba en el cuarto. El cuerpo de un animal abandonado temblaba bajo la lluvia… pero, ¿cómo lo sabía? ¿Había visto de camino a casa, a un perro pequeño y sin raza llevado a husmear en la basura por el hambre y ese recuerdo -¿por qué ese?-, mezclado ahora con el sonido infranqueable de la lluvia contra el cristal, era en suma ese temblor?

Lumm se sintió culpable pero no pudo precisar porqué. La tarde comenzaba a decaer. Él seguía inmóvil. De repente, escuchó los pasos de dos intrusos en su cuarto. No recordaba haber oído la cerradura de la puerta, pero podía oírlos respirar, presentir su movimiento ligeramente alterado por objetos que estaban destinados a no tocar nunca. El compás de pasos ligeros y pesados lo convenció de que se trataba de un hombre acompañado por un joven o una mujer…

Se sintió idiota después de meditarlo un poco. Podían ser cualquier cosa, acaso también animales en busca de refugio…

Prefirió no moverse. Se hallaba a gusto… -Sólo en caso de verme amenazado me levantaré- se dijo – y tal vez para comer o susurrar una canción frente a la lluvia-. Extrañó el goce de la música. – ¿Por qué no encienden la radio? -se preguntó – ¿Por qué desprecian el sonido estos dos seres? ¿Qué cosa son si prefieren el silencio? ¿Amantes?-

-Si han venido a matarme… les pediré que primero enciendan la radio…-se dijo.

As the rainbow tears are gone
I surrender to their gloomy song
No one ever saw me walking
by the path of lonely souls…

La voz estaba en su cabeza. Tal vez, sus labios hubieran seguido la forma de las palabras como cuando se intenta un beso. Lumm sintió cómo se sentaban los intrusos en el borde de la cama muy cerca entre sí. Oyó cómo el sonido triste de sus manos al buscar olvidarse de las prendas, se extendía en el oscuro cuarto. Al separarse los labios de aquellos dos amantes, procuraban un sonido dulce que él estaba condenado a escuchar…

Lumm quiso implorarles que encendieran la radio, que abrieran la ventana y que dejaran entrar el aullido tembloroso del mundo, pero ya era demasiado tarde, no podía interrumpir… ¿el amor?

Voices… down the river:
Our souls just vainly mate
our hearts but broken pieces
Lonely riddle… for me… your name.

Cuando se separaron, los pasos menos graves cruzaron el cuarto rápidamente y se perdieron en el umbral. Lumm sabía bien que quien permanecía ahí, con él, temblaba un poco y se mecía quedo como si llorara. Quiso decirle que se detuviera. Sobre todo, quiso pedirle que encendiera la radio. ¡Ya estaba harto de cantar en su cabeza! ¿Para qué lo hacía? ¿Por qué no hablaban?

¿Qué más daba si ella había estado pensando en alguien más? ¿Qué importaba si su pensamiento le pertenecía ahora a alguien más? ¿Por qué no había descartado la pregunta? ¿Por qué le había preguntado eso? ¿Por qué no había encendido la radio como siempre al terminar de hacer el amor?

Los pasos del hombre fueron cortos. Lumm sintió un terror inmenso cuando vio la sombra del individuo frente a él. Pudo sentir el olor y la tibieza de su desolación (que acaso y de alguna forma le pertenecía desde siempre). Un olor similar al de un ser que no ha podido guarecerse de la lluvia, que no ha sido visto por el sol. Durante un segundo sintió que la carne de aquel hombre lo asfixiaba mientras se tumbaba sobre él…

Después estuvo solo. Uno. En el silencio de su cuarto intentó olvidar. Se puso en pie. Caminó hasta la radio y luego dándole la espalda, se convenció de que ya no tenía fuerzas para encenderla.

Bogotá D.C., 2018.

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Arturo Hernández González
Colombia. Escritor, docente, músico, traductor y poeta. Fue honrado con el título honorario Embajador de la Palabra (Museo de la Palabra - Fundación Cesar Egido Serrano, España, 2014). Es posible encontrar reproducciones de su obra en la Revista Humus de la Universidad La Serena (Chile), en la Revista Literaria Pluma y Tintero (España), en la Revista literaria La Caída de la Pontificia Universidad Javeriana (Colombia), en la Revista Demencia (Colombia-México), en la Revista Monolito (México), en la Revista Cronopio (Colombia), en el Periódico Las2Orillas (Colombia), en la Revista Gregario del Centro Internacional de Estudios Literarios (México), en la Revista Cinosargo (Chile) y en la Segunda Antología de Poesía de EdicionesDeLetras (2013). Ha traducido al castellano a autores como el poeta búlgaro Stefan Tsanev, el poeta siciliano Ibn Hamdis y al Premio Nobel de Literatura (1981) Czeslaw Milosz. Prologó el libro de poesía Identidad del poeta y periodista argentino Leandro Murciego, realizó la introducción a la edición bilingüe de El Cielo Ajedrez y el prólogo del libro Altar de Luz y Luna del poeta español Antonio Agudelo. Le han sido realizado numerosas entrevistas, destacando sus intervenciones en la Feria Internacional del Libro (Colombia), en la radio argentina para el programa Noche de Letras 2.0, en la radio estadounidense en Punto y Seguido Radio para el programa Debajo del Sombrero, en la Revista Cinco Centros (México) y en la Fundación Universitaria del Área Andina (Colombia, 2016). Es autor de libros como Olor a Muerte, publicado en un compendio por la Red Distrital de Bibliotecas Públicas (Biblored, 2011; 2012) y Breviario de lo Incierto (2017). Ganador del I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía (2017). Es el Director de la Revista Internacional de Cultura y Artes Noche Laberinto.

1 Comentario

  1. No dejo de sentir que el maestro Hernández es el «poeta musical de la nostalgia», porque en todos sus cuentos canta y en todos dice todo lo hermoso que tiene el amor acabadjo y lo que hace la melancolía.

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