Esta si es la fiesta buena…
-Rubén Darío salcedo

Hacía poco más de un año que Lucho había muerto, después de una larga agonía, tocado por varias cornadas. No sabía si tenía miedo a la hora de saberse rodeado por todas las miradas, sentir el hervor de la tierra pelada bajo sus guaireñas sucias y escuchar las primeras notas del Fandango inaugural en la ráfaga metálica de la Banda Once de Enero, aquella tarde de Julio en el barrio Lara.

—Yo preferiría morirme como Boni —le había dicho a Paco la noche anterior en Las Acacias–, de cualquier otra vaina, así fuera de aburrimiento.

En medio de la corraleja una mujer robusta y morena, resguardada en un tambor de hojalata esperaba al toro que él aún no había visto aparecer, para banderillearlo: Sabrá Dios que amorosas palabras le susurra su marido en medio de la polvareda y la algarabía, acompañándola hasta el momento antes de la embestida, para luego él mismo atraerlo a un costado del ruedo, jadeante y maravillado con la visión palpitante de su mujer envuelta en las patas de la bestia luego de hundir las banderillas untadas de picante, suave y firmemente, en la cerviz poderosa y, finalmente, saltarlo acrobáticamente victorioso, apoyado en sus astas letales. Sonríe. La plaza retumba alborozada. Frenética.

—¿Tienes miedo?
—Es… solo que no quiero morirme, no por ahora…
—Entonces tienes miedo.
—¿Tú no has tenido miedo?
—Ya no.
—Pero si has tenido.
—Yo le he mamado tanto gallo a la muerte…
—Hasta el día que se te resbale el pie o te pises el capote.
—O el toro corra más que yo.

El toro todavía no era la muerte, aunque siempre le acompañara en su terrorífico nombre: El mata siete. La arrastraba entre sus patas nervudas, sus cascos hendidos untados de boñiga, sobre sus cruces, en la punta de sus pitones. Le cimbreaba en cada nalga musculosa y se la pastoreaba con su cola de musengue. No era la muerte aunque la exhalara, cálida y rabiosa a cada paso distraído o cada embestida fulminante, aunque fulgiera en su pelambre grisáceo y surcara, nublándolos, sus grandes ojos tristes. No era la muerte, pero la representaba, le acolitaba en su embriagadora juerga: Simple instrumento incluso de la suya, sobre todo de la suya, exultante y frenética: prefigurada, aplazada en cada garrochazo, en cada banderilleada espoleante, hasta su última tarde, definitiva, en un matadero triste, mísero, desaliñado y ajeno, por completo, a su gloria corralejera de estas tardes, distantes en ese entonces.

Se vuelve para contemplar el gentío en las gradas repletas. Sintió el peso del capote entre sus manos y recordó que había olvidado las banderillas recién afiladas que tanto había previsto clavar en la parte superior de las paletas de su primer toro, sobre la firma y lustrosa protuberancia muscular, en medio de los anchos cuernos de puntas astilladas: Filudos, enormes, intimidantes… Suspiró. Se vio erguido, con los talones afirmados al terreno maltratado por las pisadas de quienes habían huido antes a la puñalada ósea de los toros echados a lidia, bajando el capote pintado a las carreras con publicidad de un negocio local sobre la de negocios locales en otros pueblos y siguiendo el movimiento descendente con su cabeza aún libre de canas, efectuando una lenta y amplia verónica.

El Tigre se afianzó en los estribos y el cabresto, clavando las espuelas en el costillar sudoroso de Butaca, su alazán consentido, a un costado del ruedo de la corraleja: Kalimán, con su muleta, llamó la atención del toro hacia los garrocheros. Los caballos, agitados, atravesaron disparados la plaza: conocedores de la faena, en momentos deteniéndosele en frente, dando un rodeo largo o eludiendo al toro con una finta al estilo Garrincha, permitiendo las picadas y su más lento agotamiento.

Luego se dio vuelta y –ya un poco más seguro– adelantó el pie derecho, realizó el segundo pase, ganando un poco más de terreno hizo el tercer pase: lento, suave, y perfectamente medido. Ceremonioso. El toro lo buscó entre la multitud fascinada con el combate: recogió el capote hasta la cintura y balanceó las caderas, evitando la embestida del toro con una media verónica, aproximándose a las maderas del ruedo. Se empinó altanero y retador. El miedo al fin había quedado en el resuello metálico que le dejaron los rones del amanecer en la cantina de Raulito. Chifló llamando la atención del animal que se había convertido en su otro yo en ese instante en que fijó sus ojos y enfiló su hocico hacia él. Tomó la iniciativa llamándolo hacia el centro de la rueda, rápidamente, con unos saltitos, embistiéndole en una carrera corta, zigzagueante, sacándole tres muletazos cortos, seguidos y ceñidos al cuerpo, idénticos a los primeros sacados a la festiva Vaca loca cargada de totes, bengalas y buscapiés, a sus dieciséis años, luego de la pirotécnica deslumbrante y multicolor del castillo hincado todos los años en la esquina del señor Amado y donado por los conductores en honor a la virgen del Carmen.

Se afianzó en la certidumbre de su invulnerabilidad, recuperada tras la ovación retumbante que lo sorprendió tocándole la cola al toro al final del último muletazo. Advirtió todos sus músculos tensionados, su respiración acelerada y su vestimenta ensopada en el sudor de la victoria: Alzó los brazos hacia los palcos, sonriente. Un destello de alegría pasó por sus ojos oscuros. Permaneció algún tiempo inmóvil. Vio a Álvaro acomodarse el lazo de cuero en el pie derecho y medir distancias, tiempos y velocidades, como un francotirador: presto a despedir al toro confirmando su bien fundada fama del único capaz de enlazar con los pies tan bien como con las manos.

Permanecía aún inmóvil cuando Álvaro soltó el lazo con pasmoso acierto, maravillado, abstraído y completamente ajeno a la realidad circundante: sintiéndose visto en cada mirada, cada sonrisa acariciando sus oídos, cada aplauso recompensando su valentía, cada mujer hermosa sonrosada con su visión entre la polvareda de la corraleja, cada trago empinado en cada codo, bebido a su larga gloria en los ruedos corralejeros de toda la costa atlántica.

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Luis Carlos Ramírez Lascarro
Colombia. Ha publicado en las antologías: Poesía Social Sin Banderas, Editorial Manigraf (2005), Polen para fecundar manantiales, CIINOE (2008), Con Otra Voz y Poemas Inolivdabes, Latin Heritage Foundation (2011), Tocando el Viento, Taller La Poesía es un Viaje (2012) y la Antología Nacional de Relata del 2013. Ponente invitado al Foro Vallenato Clásico en el marco del 49° Festival de la Leyenda Vallenata (2016) y al VI Encuentro Nacional de Investigadores de Música Vallenata (2017). Su ensayo: El Vallenato Protesta fue incluido en el 4to Número de la Revista Vallenatología de la UPC (2017). Su artículo: El Clarinete mayor de Colombia, fue nominado a los premios del Círculo de Periodistas de Valledupar del 2017.

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