Bosch oportunamente reabre un caso: el asesinato de Marie Gesto, 13 años atrás. De momento lo que tienen es un vehículo abandonado en los edificios High Tower. Comienzan los interrogatorios y la revisión de expedientes buscando nombres y sospechas y se percatan que en un nimio descuido frustró de momento el caso. Aparece un asesino, es un psicópata habituado a descuartizar mujeres, el otro, un multimillonario, y, en medio de la investigación surgen intereses políticos que sugieren un pacto con el asesino. Reynard Waits es sospechoso principal. Confiesa una serie de crímenes, también en su inventario de cadáveres estaba el de Marie Gesto. Waits había quemado a un hombre dentro de su propio negocio:

-Queremos ir por orden-dijo Rider-. El compromiso de su abogado sugiere que el primer homicidio en que participó fue en la muerte de Daniel Fitzpatrick, en Hollywood, el 30 de abril de 1992, ¿Es correcto?
El matón respondió naturalmente.

–Sí, lo quemé vivo detrás de su jaula de seguridad. No estaba tan seguro allí, ni siquiera con todas sus pistolas.

–¿Por qué lo hizo?
–Porque quería ver si era capaz.
–Cuando dice que había estado pensando durante mucho tiempo. ¿Había estado pensando en el señor Fitzpatrick en particular?
Waits se irritó.
–No, estúpida–replicó con calma–. Había estado pensando en matar a alguien. ¿Entiende? Toda mi vida había querido hacerlo.
Bosch lo reconoció como el perfil clásico del psicópata. El abogado de waits propuso una pausa para comer.
–Mi cliente tiene hambre.
–Hay que alimentar al perro- añadió waits con una sonrisa.
–Todavía no–dijo Bosch–. Hablemos de Marie Gesto.
–Ah, la dulce Marie–dijo Waits.
–El compromiso de su abogado sugiere que usted sabe lo que le ocurrió cuando desapareció en 1993. ¿Es cierto?
–Sí, me temo que sí–confirmó con frialdad.
–¿Conoce el paradero actual de Gesto o la localización de sus restos?
–Sí.
–¿Está muerta, no?
Waits lo miró y asintió.
–¿Eso es un sí?
–Es un sí. Está muerta.
–¿Dónde está?
–Está aquí mismo, detective–dijo–. Aquí mismo conmigo, como todos los demás.
Hubo una interrupción con el abogado Maury. Luego prosiguieron.
–¿Cuándo fue la última vez que estuvo en el lugar donde enterró a Marie Gesto?
–Ummm, hace poco más de un año. Normalmente hago el viaje todos los 9 de septiembre. Ya sabe, detective, para celebrar nuestro aniversario.
Salieron al pasillo. Se quejaron del calor en la sala de interrogatorios.

–Sí, con todas esas mentiras–dijo Bosch.
–¿Y ahora qué, Bosch? –Preguntó el Fiscal.
–No me lo creo.
–¿Por qué no?
–Porque conoce todas las respuestas.

Poco después hubo una excursión donde el presunto culpable los llevó hacia los restos de Gesto. Fueron a un bosque. Discutieron sobre quitarle las esposas al maldito Waits. Lo ordenaron. Se trató de una amañada confusión. Bosch sólo alcanzaba a ver la espalda de Waits. Se dio cuenta de que había juntado las dos manos. Y, de repente, se produjo el movimiento brusco.

–¡Eh! –Gritó el detective Olivas presa del pánico. ¡Eh!
Nadie tenía ángulo de disparo. Waits levantó la rodilla e impactó con ella dos veces en la entrepierna de Olivas, lo empujó por un borde y el funcionario cayó por la escalera encima de Bosch. Todos corrieron al ver a Waits armado, disparó a quema ropa, liquidó a dos oficiales e hirió a Kis Rider.

–Corre, cobarde–gritó Waits–. ¿Qué pinta tiene tu chanchullo?
Kis estaba herida en la arteria carótida/ balacera/ persecución/ confusión/ miedo/ helicóptero/ el perro huye/Sangre.

Pues, el archivo oficial de la investigación había sido falsificado. Raynard Waits no mató a Marie Gesto. Había un tercer informe de las crecientes secuelas políticas sobre la fuga. Rick O’ Shea buscó distanciarse de la catástrofe. Va a ser fiscal del distrito y no quiere salir chispeado. En la expedición, Bosch, volvió con firmeza al bosque donde había escapado Waits.
–¿Qué habéis encontrado? –Le preguntó a unos forenses.
–La hemos encontrado a ella –dijo Tim Marcia–. Va a ser una identificación dental.

Bosch se metió bajo la cinta amarilla y entró en el terreno sagrado de los muertos ocultos.

–¿Qué?
–No sé, es sólo…
–¿Y si lo miras desde el punto de vista de Waits?
–¿Y?
–Está muy pillado por los pelos, Harry –comentó Rachel Walling–. Es como una de esas conspiraciones famosas. Coges todos los hechos después de que ocurran y los mueves para que encajen en una teoría rocambolesca. Marilyn Monroe no murió de sobredosis. Los Kennedy recurrieron a la mafia para matarla. Algo así.

–¿Entonces?
–¿Por qué iba a confesar un asesinato que no cometió?
Garland era sospechoso por la teoría de la víctima sustituta. Es decir, su rabia hacia la mujer que le había dejado lo había llevado a matar a una mujer que se la recordaba.
–Harry, estos informes psiquiátricos de cuando era adolescente…hay un montón de mierda aquí.
–¿Cómo qué?
–Mucha rabia hacia las mujeres. Mujeres jóvenes y promiscuas. Prostitutas, drogadictas. ¿Sabes cuál es la psicología aquí? ¿Sabes lo que creo que terminó haciendo?
–No y no. ¿Qué?
–Estaba matando a su madre una y otra vez. ¿Todas esas víctimas que le han colgado, la última noche?
–Para él era como su madre. Y quizás matarlas antes de que hicieran lo mismo, traer un hijo al mundo.
Interrogaron a Raynard Waits confirmando las teorías psiquiátricas y cantó que la treta se gestó con el abogado Maury Swann. Sí, pero no importa. Cuanta más gente hay en una conspiración, más oportunidades existen de que fracase. Fueron a la casa del abogado. Lujo/piscina/

Se oyó el sonido de chapoteos. Las voces estaban cerca. Es la casa de Maury Swann. Harry anda con Rachel.
–¡Por favor! No voy a… ¿Por qué iba a contarle…?
–Eres abogado y a los abogados os gusta jugar a varios bandos.
Bosch irrumpió.
–¿Qué está pasando, jefe?
–¡Agárrate, Maury! –Gritó Prat.
–No ha de molestarse con el número del salvavidas–dijo Bosch–. Lo he oído todo. ¿Qué está pasando aquí, Maury?
–Nada que le concierna.
–Ya lo pillo. Un tipo viene aquí para echarlo a la piscina, ver cómo se hunde. Quizá hacer que parezca un suicidio o un accidente.
–Era un desacuerdo. Me estaba asustando.
–¿Eso significa que usted y él tenían un acuerdo antes de tener este desacuerdo?
–No voy a responderle eso. Puede irse de mi propiedad.
–¡Siéntese! –Dijo Bosch–. Está detenido.
–¿Por qué?
–Doble homicidio. Los dos están detenidos.
–¿Cuáles homicidios?
–Detective Fred Olivas y Derek Doolan. Alimentó al perro equivocado.
–¿Qué se supone que significa?
–Todo el mundo toma decisiones y usted se equivocó. El problema es que no pagamos nosotros solos por nuestros errores. Arrastramos a gente en la caída.
–No quiero que ni Jessie ni mi familia estén involucrados –Dijo Prat–. Quiero un trato.
–Quiere mucho para ser un hombre que ha propiciado la muerte de dos personas –espetó Bosch.

–Se suponía que nadie iba a resultar herido. Fue Waits el que lo mandó todo a la mierda en el bosque.
–Bonito cuento de hadas.

FINAL:

Los micrófonos estuvieron grabando todo.

–No me gusta este sitio –Dijo Garland–. Está lleno de gente desagradable.
–Espera un momento.

Prat hizo lo que le pidieron y Anthony Garland sacó una pequeña varilla electrónica del bolsillo. La pasó de arriba abajo por delante de Prat, de la cabeza a los pies. Colocó las manos en la cintura de Prat:

–Eso es mi pistola–dijo Prat.
Garland siguió cacheando.

–Eso es mi móvil.

Las manos bajaron más.

–Y eso son mis cojones.
–¿Por qué estamos aquí? –Preguntó el anciano–. No quieo que nada de esto salpique a mi hijo.
–Bueno, porque no había vuelto a verlo desde nuestro paseito por el bosque cuando nos llevó a un cadáver.

Los ojos del anciano miraban al lago. Prat le resumió el asunto.

–¿Y de quién es la culpa? Usted dijo que el abogado podía mantener a raya a Waits. Operación limpia. Ahora mire en qué nos ha involucrado.
–Se ha involucrado usted mismo. Quería algo y yo era el proveedor.

T. Rex Garland negó con la cabeza.

–Cobró un millón de dólares–Dijo–. ¡Maldito saco de mierda!
–Quiero otro millón de dólares.
–¿Y bosch? –Preguntó el viejo.
–Me ocuparé de él.

Los detectives estaban cerca, vigilando. Oyendo a través de los micrófonos que colocaron cerca de donde se sentaron.

–Aquí la furgoneta–Dijo O’ Shea–. Está en altavoz.
Por lo que se veía en las pantallas, parecía que Anthony Garland estaba discutiendo con su padre. El anciano le señalaba con el dedo.
–¡He dicho que no! –Oyeron la orden del viejo–. No puedes hacer eso.
–Jerry–dijo un agente– ¿Puedes afinar eso?

Anthony entró al lavabo. Prat le siguió para vigilarlo. Pero el sonido de los disparos hizo eco desde los lavabos. Cuatro disparos en rápida sucesión. Bosch entró a los lavabos y vio los cuerpos de Prat y de Anthony en el suelo sucio de cemento: charcos de sangre.
Bosch observó un momento estudiando los ojos lívidos y abiertos de Anthony Garland hijo. Salió de los lavabos y miró al banco. El anciano, T. Rex Garland, estaba sentado en un banquito, inclinado hacia adelante, con la cara entre las manos. El bastón con la cabeza pulida de dragón había caído a la hierba.

 

2007, by Michael Connelly.
Pimera edición: febrero 2008.
Segunda edición: febrero 2008
Tercera edición: febrero 2008

Compartir
Artículo anteriorGranada, municipio que hace memoria y construye la paz
Artículo siguienteHimnos y banderas, a la derecha, por favor
Vautrin Morales
Venezuela. Escritor de cuatro novelas inéditas, un libro de poesía inédito y un libro de relatos inédito. Publicaciones en revista digital negro sobre blanco editores (Venezuela). Sigue autores como Anton Chejov, James Patterson, Michael Connelly, José María Vargas Villa, Graham Green, Henning Mankell, George Simenon, Huidobro, Cioran, Jens Lapidus, E. A. Poe, Baudelaire.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

8 − 6 =