Los lunes llegaban como una patada en los huevos. El solo abrir los ojos era doloroso, después dos horas en metro, llegar a la oficina y ver la cara de idiota de mi vecino de cubículo me enervaba, todas las mañanas tenía la bendita costumbre de agradecer por un nuevo día, hacer una voz de coach motivacional. Era patético.

El día transcurría igual: el coqueteo no correspondido con la recepcionista, los tacos de canasta de doña Lety, el olor a café rancio de la oficina, haciendo como que trabajo frente al ordenador, las impresoras que otra vez se averiaron. Ocupado de mis asuntos banales hasta las seis de la tarde, por fin.

Después de dos horas de una carrera de escaleras y calor humano asfixiante, llegué a mi departamento, abrí la nevera, una cerveza para cenar. Deliciosa, el sabor es como el paraíso.

—¡Esto es vida! Nada me hace falta, tengo la vida que siempre quise.

Al decir esto en voz alta, solamente recibo la respuesta del eco.

Subí el volumen del televisor y continúo cambiando canales sin ver. No pasa nada nuevo.

Un canal me obliga a volver, es un concierto para cuerdas en re mayor y reconozco automáticamente al autor.

Me dejé envolver por la música, los altos, los graves. Subí el volumen, el sentimiento que tuve hace unos momentos se desvanece.

Apagué el televisor. Entré en mi habitación. Abrí la puerta del armario, saco un pequeño maletín; el tiempo lo llenó de polvo pero al abrirlo el instrumento está intacto.
No pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas. El aire se volvió más difícil de respirar. Regresé el instrumento al maletín, lo cerré y me alejé con cautela, como temiendo despertar a una bestia.

Pasan unas semanas después de ese incidente. No pude evitar pasar por el escritorio de la recepcionista, le sonreí, estaba un poco mareado, pero no le di importancia. Regresé a mi escritorio, abrí el cajón derecho, saqué la botellita dorada y le di un trago, cerré los ojos, hice muecas por el ardor en la garganta.

Me sentía poderoso, atractivo, todo lo que no soy. No existe el no para mí.

Me acerqué a la recepcionista, pero antes de posar mis labios en los suyos, me soltó una cachetada. Sin pensar, le solté un golpe, lo siguiente fue toda la oficina rodeando y ayudando a la recepcionista a ponerse de pie.

¿Qué pasó? Regresé a la realidad. Por qué todos me miran de esa manera, que les pasa. El estómago me dolía. Pensé que vomitaría. Todo se pone negro otra vez. Desperté en mi cama, con un mensaje del jefe: quería verme cuanto antes.

Mis manos temblorosas buscaban un destapador, el encendedor, lo que sea que calme esta maldita ansiedad. ¡Dios por qué no puedo ser feliz!

Entré a la ducha, mojé mi cara, trato de mantener la calma, aunque la verdad nunca me había sentido tan asustado. Dentro de mi sabía que ahora si la había cagado y sería muy difícil salir de esta.

Después de unas horas llegué a la oficina, el temblor en mis manos no paraba, nunca me había llamado directamente el jefe, cuando trabajas para una empresa tan grande, te transformas en un número más, eres feliz siendo invisible, siempre lo fui hasta hoy. Tenía la misma sensación en el colegio, desde ese entonces nunca me había metido en problemas. Una vez que te conviertes en adulto, las travesuras infantiles se vuelven maldad y perversión.

La oficina estaba muy ordenada.

El hombre en cargo me resultaba familiar, se ve mucho más joven de lo que aparenta.

Comenzó con preguntas sobre el incidente, sobre los motivos de mi comportamiento. El porqué de mi cambio tan repentino, muestra una genuina preocupación.
Desvié la mirada mientras hablaba, recorrí el escritorio y mi me detuve en una de las fotografías del escritorio. Un adolescente, sostenía un violín triunfante y el hombre que tengo frente a mí, lo abraza paternalmente. ¿Será su hijo? De dónde conozco a este tipo.

Se dio cuenta que la fotografía llamó mi atención, sonrió, se levantó de su silla, tomó la fotografía entre sus manos con cuidado, caminó despacio mirando hacia la ventana, su respiración se escuchaba por toda la oficina, pensé que estaba a punto de llorar.

—Te veo. Yo también lo tuve alguna vez, creo que necesitamos hacer más cosas por pasión que por necesidad— Continuó caminando al hablar y con una voz severa concluyó: —Te voy a hacer un favor. Espero sepas aprovecharlo. Estas despedido, toma tus cosas y retírate.

Me miró esperando una respuesta, pero yo estaba en trance, no lo podía creer, era la primera vez que me despedían de un lugar, lo peor de todo es que yo estaba consiente que todo fue provocado por mí.

Sentí un calor que subió hasta mi cabeza, el temblor en mis manos empeoró.

Alcé la mirada y ya estaba instalado nuevamente en su escritorio levantando el teléfono para hacer una llamada. La fotografía estaba en su lugar. No dijo otra cosa, no dio más explicaciones. Me levanté furioso, le lancé toda clase de insultos y amenazas, aventé la silla donde estaba sentado, nunca me comporté tan agresivo, normalmente era un tipo tranquilo y noble. Enloquecí, no solo por perder el trabajo, si no por el fracaso que esto implicaba.

—Llamen a seguridad por favor– dijo al teléfono, pero salí del lugar gritando y maldiciendo a todos antes de que me sacaran ese par de gorilas que cuidan las puertas.

Han pasado dos meses, aún no quiero pedir ayuda, aún no quiero pedir perdón. Tuve que vender mi viejo violín para comprar más licor, para algo me tenía que servir. De todos modos perdí el talento desde hace muchos años, desde que él se fue.

Aún en la obscuridad mi mente explota preguntándose, como se atrevió a decir que estaba haciéndome un favor.

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Jennifer Ramos Morales
México. Nació el 6 de noviembre de 1989. Criada en Cuernavaca Morelos México. Una infancia solitaria la hizo refugiarse en su imaginación, adquirió el gusto por la escritura desde muy corta edad, escribiendo experiencias, poesía y cuentos cortos en diarios personales, pero nunca permitió que nadie la leyera. Al terminar la universidad, viajo durante un año a Francia, lo que la ayudó a abrir un poco su panorama, regresó a México para vivir Cancún, después de un año, una serie de eventos causaron una catarsis emocional, que la llevaría a regresar al refugio que ya conocía, por lo que eventualmente comenzó un blog en internet en el que sube algunos textos, asistió al taller “libertad bajo palabra” impartido por Macarena Huicochea.

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