Yo no sé si el tipo es bueno o malo,
Sólo sé que le tocó perder.
En el cielo está Dios soberano,
Y en la tierra la orden del cartel…
-Rubén Blades

¿Habrás sopesado alguna vez las posibles consecuencias de tus actos sicariales? ¿Habrás calculado alguna vez el alcance de tu terrorífico aliento, de tus dientes de hiel y acero y tu ponzoña de rémora? ¿Te habrás interesado por el ser humano palpitante en la vida que te dispones a cegar, en la ternura que produce el sonido de su sonrisa y la seguridad que transmiten sus fuertes abrazos, en el eco de sus susurros al oído de quienes ama, en la lubricidad que producen sus labios turgentes y su sexo poderoso? ¿Qué he de saber de ti embajador plenipotenciario de la infamia, canciller absoluto del miedo y el olvido, mandadero estúpido de la muerte? Nada, ni siquiera el sonido hueco de tu nombre… ¿Qué importancia tiene quién eres o quién fuiste? Ninguna. Nada más que un moco pegado en la pared…

No has sido más que un títere y posiblemente otra víctima más: De tus jefes, de tu posible (más temprano que tarde) verdugo, de tu hambre, de tus vicios, de ti mismo, sobre todo de ti mismo: antisocial. En cada una de tus muertes, de las muertes que has decidido o te ha tocado propiciar, no has hecho más que prefigurar la tuya y más que aplazarla, acercarla más profunda y decididamente porque eres una plaga, necesaria para algunos, pero una plaga y, lamento informarte: la naturaleza usa unas para exterminar otras y esto, en consecuencia, te aguarda. Es inevitable, ineludible. Verídico.

Uno de estos días, sin que, quizá, hayas tenido tiempo de pensarlo y sin que llegues siquiera a advertirlo, el ángel de la muerte tocara a tu puerta o palmeara tu hombro antes de asestarte su beso irrevocable y definitivo. Irreversible.

*

Permaneces allí, bajo los sobacos de la muerte, amparado en la invisibilidad recurrente que te otorgan la desventura y tu sagacidad de cazador de indefensos: Sé que estás allí, regodeándote en la memoria de tus infames hazañas, no he podido adivinar cuál sea tu infausta manera de contabilizarlas, quizá marcándote con un punzón en un brazo o tatuándote un punto por cada una de ellas en la espalda o trazando una línea dorada sobre la fotografía que te sirviera de guía para poder hallarlo aunque cualquiera pudiera señalártelo… Miras, Sica, la punta de tu cigarro esperando el momento oportuno para tu asalto, amasas en sus dientes el valor que le hace falta para el disparo mortífero: ¡Cobarde! Ese eres tú… La herida sangrante, la úlcera escuecente, la ilusión perdida, robada… La orfandad sin cuento. Amalgama entre sus dedos la mixtura convulsa de sus innumerables muertes: Calcula. Piensa. Ensaya mentalmente sus posibilidades laberínticas. ¿Sientes miedo, acaso? Siente la gelidez de su amante y compañera, de su manopistola que aguarda e impacienta. ¿Descansas, acaso, con ese sinnúmero de últimas miradas detenidas en tus ojos, con la súplica que, quizá, nunca has oído, más por miedo que por impiedad? ¿Habrás tenido el valor de sostener una mirada antes de apretar el gatillo, como un verdadero hombre? ¡Pendejo! ¿Habrás tenido oportunidad de darte cuenta de que, más que ningún otro, eres un animal solitario, de que eres un mendigo? Te he sentido correr desde antes de que consumes el acto y te dispongas a iniciar, de nuevo, tu rutina de gimnasia para ser humano, cosa imposible pero que añoras cada mañana frente a tu espejo, cada que matas y mueres un poco en ese abaleado: Disparas antes en tu mente y ves correr la sangre que tiñe de luto el cuerpo que aún no se acostumbra del todo a ser solo un estuche vacío, las demás vidas que fallecen un poco en cada borbotón del río carmelita que has desbocado. Retumba finalmente tu vil vanidad de mercenario por tus dedoscañones de mierda: Huyes.

*

Ha venido el silencio a ocupar el lugar de la angustia y los lamentos: El caos toma su lugar en medio del espacio ilimitado que recién deja el difunto en las vidas de quienes le sobreviven, trayendo consigo una cosa innombrable, inabarcable, incomprensible, una vaina sin pies ni cabeza que arrastra y desbarata en su paso incontrolable toda la seguridad que teníamos, todo nuestro mundo. Han dejado tus pasos de espectro indolente una estela de pavor que, de pronto, se trueca en una ira irrefrenable que péndula sobre tus hombros de artefacto desechable y vomita su hiel sobre tu nombre desconocido. ¿Dónde estarás en este instante, mal nacido? ¿Habrás podido encontrarte en tu desbandada entre pastizales de espanto y corrientes putrefactas? ¿Qué pensamientos atravesarán tu mente ahora que has cumplido tu encargo y has agregado una seña más a tu colección? ¿Qué?

Sé que estás ahí, que llevas horas-días-minutos, que perdiste la noción del tiempo que has estado practicando ese mismo ejercicio con el que pretendes adquirir por fin un rostro… Tal vez ese rostro lejano que siempre te recrimina en la foto de tu primera comunión que permanece en la mesita de tu cuarto, donde guardas tus balas y tu pistola y la yerba. Estás ahí, frente a tu espejo, tratando de encontrar la inocencia perdida del niño que aún no has dejado de ser del todo, rumiando tu veneno y espantándote del rostro que en nada se parece al que desearías tener: no te reconoces en el desfile de rostros asesinados por ti, que se superponen, desdibujando al de tu infancia y sin embargo, también sé, que no dudarías en volver a apretar el gatillo cuando te vuelvan a señalar otro objetivo.

Tu rutina no es simple porque, para empezar, estás solo: Ni aun a tus armas osas confiarte. Temes buscar un instructor, alguien que, quizá, pueda devolverte algo de ese niño que has perdido en tus afanes… Te le adelantas al sol, para que nadie advierta tu presencia, e inicias tu fase de calentamiento a tientas: Comienzas metiendo la cabeza en un molde de hierro candente y por más que insistes en la fragua, no logras darte forma. Ilusionado con apartar de ella tus recuerdos, fustigas tu cabeza con una almohadilla repleta de piedras y luego golpeas una bolsa invisible donde has ido metiendo los recuerdos que quisieras no volver a acordarte y das mil saltos en una cuerda que es de alambres de púas: clavas en tus muslos electrodos que pretenden hacer latir de nuevo la inocencia que has perdido: descargas tu soledad. Empapado en los fétidos aceites del miedo, haces raras contorsiones, sofriéndote en el resbaloso infierno de tu cuartucho. Tu sudor te aturde y embota porque siempre huele a sangre ajena y rehúsas acostarte en tu camilla de clavos: los vidrios de la hamaca que guindas atravesando tu estancia reflejan los mil ojos que has conducido a la muerte. ¿Huir, de nuevo, de quién, a dónde? Corres millas y millas en una estera puntiaguda que no te lleva a ninguna parte. Te has estirado tanto que casi llegas a la puerta y aún deseas poder sobrepasarla para asegurarte el perímetro y convencerte de que nadie ha podido seguirte y encontrar tu madriguera, pero no puedes salir. Te puede más el olor a pólvora y sangre que emana de tus poros y sigues al baño a sumergirte en una alberca de cerveza y orines: alguien puede estar allá afuera esperándote.

Esperas que desespere.

Sé que llevas días respirando el humo de tus velas de sebo, apelmazado a tus olores más íntimos fermentados en el encierro a que te has condenado después que lo mataste. Lo mataste, no sé si seas realmente consciente de ello: Y lo hiciste porque no tienes ojos, porque no pudiste ver que él era más que un cuerpo, ideales altos que escapan a todo discurso. Acción. No pudiste ver que él no era un simple Blanco; que más que una idea él es un acto, y que los actos no mueren. Te deshiciste de su cuerpo, claro, y tal vez eso pueda aportarte tranquilidad o a quienes te lo han mandado, pero anota en contra que su esencia persiste y nada podrán hacer tus armas para su exterminio: por eso estás ahí de nuevo, y allí te quedarás, en tu borrón, en tu desdibujo, en tu hueco-alcantarilla-gimnasio: esa celda negra que tú mismo alistaste tal vez sin darte cuenta. “No, no lo haga, por favor, no lo haga”, me parece escucharte decir ensopado en el vaho nauseabundo que exhalas en mitad de tus noches sin descanso, revolcándote en la miseria a la que has reducido y condenado tantas vidas como consecuencia de tus actos sicariales, “Deme una última oportunidad…” ¿Piedad que tú, mezquino de mierda, has tenido alguna vez? ¿Compasión que te atreves a invocar siendo tú el primero en negarla a otros? Le juro que nunca más lo haré. Pareciera el ruego del niño que acaba de robar un lápiz o ha tumbado el mango verde del árbol del vecino y sin embargo persiste en su ruego inútil… ¿A quién le habla el Sica? ¿A quién con tanto fervor pide clemencia? ¿A Dios? ¿A sus jefes? ¿A sus verdugos? No. Está solo, como siempre lo ha estado y va a continuar estándolo. ¿Has podido advertir ya que no eres más que una ficha en un complejo juego que escapa a tus posibilidades? El Sica viene huyendo acezante y sudoroso, clamando por su vida que sabe no estará a salvo ni estando entre rejas, y estas son sus palabras ahora que se ha detenido a beber agua en el río y ha visto su rostro… Su rostro desfigurado y patético, su rostro… ¡Tras su más reciente asesinato!

Saldrás, por supuesto (si te lo permite la sombra envolvente que te sigue los pasos en nombre del pueblo que has condenado a la desesperanza), a dar tu paseo recurrente cuando te ordenen otra muerte, cuando te digan: Ahí está el culpable y eso te baste… ¿Culpable de qué, a juicio de quién merece esta pena? ¿Te habrás detenido a preguntarte por el curso que habrían tomado las cosas sino hubieras cumplido tu cometido? Hazlo, si puedes, en las pausas de tu gimnasia inservible y desesperada pues por mucho que practiques y practiques y practiques, nunca lograrás un rostro. Nunca.

Nunca te saldrán esos ojos que tanto necesitas para mirar al resto de los colombianos, tus desafortunados y huérfanos paisanos…

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Luis Carlos Ramírez Lascarro
Colombia. Ha publicado en las antologías: Poesía Social Sin Banderas, Editorial Manigraf (2005), Polen para fecundar manantiales, CIINOE (2008), Con Otra Voz y Poemas Inolivdabes, Latin Heritage Foundation (2011), Tocando el Viento, Taller La Poesía es un Viaje (2012) y la Antología Nacional de Relata del 2013. Ponente invitado al Foro Vallenato Clásico en el marco del 49° Festival de la Leyenda Vallenata (2016) y al VI Encuentro Nacional de Investigadores de Música Vallenata (2017). Su ensayo: El Vallenato Protesta fue incluido en el 4to Número de la Revista Vallenatología de la UPC (2017). Su artículo: El Clarinete mayor de Colombia, fue nominado a los premios del Círculo de Periodistas de Valledupar del 2017.

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