Estoy llegando a su casa, próximo a cumplir la cita. Son pasadas las tres de la tarde, entonces ya habrá terminado el almuerzo pudiendo así evitar la vergüenza de tener que rechazarlo o de dar explicaciones incómodas del por qué no soy amigo con los asuntos de la carne. Me sequé un poco las manos en el pantalón, por si debía saludar de mano. Después de los tres golpecitos y esperar algunos segundos, la puerta se abrió formándose una silueta ante mis ojos. Era la profesora Dilma, la jardinera, la que con paciencia me enseñó a pegar palitos de paleta y a colorear sin salirme de la línea.

Me invitó a pasar. Nos sentamos en el comedor porque, según ella, era más cómodo para lo que íbamos a hacer. Son veintiocho años los pasados desde que nos conocimos. La recuerdo igual, como si el tiempo no hubiese hecho lo suyo. Ella dice que estoy cambiado. Pero es que casi tres décadas hacen cambiar a cualquiera. Ya soy un adulto y eso se evidencia en la cara, con el café y el rumbo de la charla.

Nuestro puente fue mi propia madre porque ambas, con regularidad, se cruzan en la calle y el saludo no les falta. Dilma Palacio sabía cuál era el motivo de la visita, pero quizá por un asunto protocolario no hablamos de ello hasta pasadas un par de horas. Tampoco quería parecer un cazador de historias que mata su presa con una escopeta de preguntas. Me enseñó la casa y también el cuarto de su hijo. Aquel espacio, por el aroma que era casi nulo, daba cuenta que hace tiempo no estaba habitado por alguien, pero la posición de la ropa, los zapatos y decorado daban cuenta de lo contrario.

DILMA PALACIO: Acá es donde dormía mi hijo, el menor. ¿Lo recuerdas?
ALFREDO MADRID: Claro. Felipe. Creo que somos como de la misma edad.
DP: ¿Cuántos tienes?
AM: Tengo treinta y cuatro. Cómo pasa el tiempo, ¿verdad?
DP: Que hace que tu papá te llevaba a la guardería y te dejaba allá con nosotras.
AM (entre risas): ¿No fui un dolor de cabeza para ustedes? Recuerdo como transcurrió todo, pero no recuerdo nada de mi comportamiento.
DP: Eras muy normal. Más bien ajuiciadito.

Noté enseguida que terminamos hablando de mí y no de su hijo, por lo que no quise inferir con preguntas. Seguimos caminando por toda la casa. Cuando llegamos a la cocina sirvió nuevamente café para los dos. Me contó que ahora se dedica a las tareas domésticas, a pasar sus días mientras le llega la pensión. Sus dos hijas ya se casaron y la hicieron abuela. Y aunque sólo carga con cincuenta y nueve siente que ya está en el culmen de su vida.

AM: ¿Se ha encontrado con más de sus antiguos alumnos?
DP: No con muchos. Seguro es porque no los reconozco y los muchachos cambian mucho. A vos te recuerdo muy bien porque sos igualito a tu padre [por muchos años, vecino de ella]. Pero si me los trajeran acá es posible que, con algo de dificultad, pueda reconocer a algunos.
AM: Usted no ha cambiado mucho. Hace un par de años me encontré también con Lucía [profesora de la misma institución] y no ha cambiado nada. A ella sí que le teníamos miedo.
DP: Y Elena se murió [también profesora]. Le diagnosticaron cáncer en el seno y ya estaba muy avanzado. No pudieron hacer nada.
AM: ¿La recordó porque a ella también le teníamos miedo? ¡Si hasta nos jalaba de las orejas!
DP (entre risas): Por dios, que cosas.
AM: Pero me alegra saber que usted está bien.
DP: Ni tanto y creo que ya sabes por qué.

Ese por qué es la causa de mi visita. Me sentí un poco ruin ya que, en veintiocho años, desde que nos vio partir rumbo a nuevas instituciones educativas, nunca le había visitado y ahora lo hacía porque deseaba obtener información. Me ofreció un sándwich para comer. Le dije que le aceptaba sólo el pan con la margarina y el tomate. Cuando me preguntó si me hacían daño las carnes frías le conté un poco sobre mi posición respecto a comer este tipo de alimentos, sin llegar a ser recalcitrante al usar los términos. Al saberlo manifestó que podía interesarme ver su pequeña huerta. Nos dirigimos a la terraza de su casa. Allí, en ollas viejas, canecas que antes contenían pintura o en latas de aceite corroídas por la humedad, tenía algunos tomates, una lechuga quemada por el sol y una insipiente planta de apio.

AM: Yo también tengo una pequeña huerta como la suya. Aunque a mí me gusta cultivar plantas para condimentar.
DP: ¿Y qué tienes en el huerto?
AM: Tengo romero y albahaca, que son mis favoritas. Y estoy pensando cultivar menta, porque me antojé de unos jugos y cocteles que vi hacer en la televisión. La albahaca la uso mucho para hacer pesto. Esa es mi salsa preferida.
DP: Esto lo hago más por costumbre. Mi mamá siempre tuvo plantas y ya sabes que a uno se le pega. Me gusta hacerlo. Además, puedo comer los tomates acá en la terraza, mientras paso la tarde mirando el barrio desde acá.

Pude sentir más tranquilidad. Ya no tenía esa sensación del invasor que visita para sonsacar información. Nos unía un tema en común, el cual podía ser el pretexto para futuras visitas. Como se hacía tarde, me invitó de nuevo a pasar al interior de la casa. Nos sentamos en los sofás de la sala. Ella en el grande, yo en el de una pieza. Quedamos mirándonos de frente. Encendió un cigarrillo y le dio un sorbo a su taza de café. Estirando su brazo y con la cajetilla de los cigarros en su mano me ofreció uno, pero no lo acepté. Mantuve todo el tiempo la taza en mi diestra. Daba pequeños sorbos para no terminarlo y así tener algo que hacer mientras ella me contaba su historia, la cual fue bastante breve.

DP: ¿Si te acuerdas de mi muchacho?
AM: ¡Claro! Aunque nunca fuimos amigos, siempre frecuentábamos los mismos espacios. Lo veía mucho en la cancha y en el parque infantil. Cuando jugaba fútbol con mis amigos y él pedía entrar, yo les decía en voz baja y hasta con orgullo que Felipe era el hijo de la profe, aunque usted ya no me enseñara más, porque eso fue después de terminar el jardín infantil.
DP: Sí, a él le gustó siempre jugar fútbol, creo que como a todos los muchachos de esa edad.
AM: Y yo hasta le tenía como envidia. Recuerdo que era muy rubio y las muchachitas siempre estaban detrás de él, no sé si por el color de su cabello. Y a uno ni lo volteaban a mirar de lo feíto que era.
DP (con una sonrisa nostálgica): Pues como le parece que me lo mataron. Ya hace casi dos años desde su muerte y todavía no la supero. No es porque yo sea la mamá, pero él era un buen hombre. Muy de su casa, de su novia y de su hijo.
AM: Tuvo que ser muy duro [lo dije así porque no encontré más para decir]
DP: Pues durísimo. Cuando conoció a su novia la dejó en embarazo como al año. Luego nació mi nieto. Ellos no vivían juntos, pero él siempre respondía por todo lo que el niño necesitara. Cuando estaba sin trabajo se quedaba todo el día con el niño, hasta los pañales le cambiaba. Como la situación económica empezó a ponérsele difícil, hacía préstamos en los gota a gota o los pague diarios. Es difícil pagar eso, pero yo no le vi mucha importancia. Cuando podía le daba plata para ayudar a pagar las cuotas. Del último préstamo estaba debiendo casi trescientos mil y no tenía ni para los intereses que eso le generaba. Un día lo llamaron y él les dijo que sólo tenía veinte mil pesos, le contestaron que no importaba, que les llevara eso y después pagara el resto. Mientras le estaban haciendo el recibo le dieron dos tiros en la espalda. Los paracos [grupos armados, generalmente de extrema derecha] del barrio mataron a mi muchacho. Su vida, al igual que la mía, tuvo un precio de trescientos mil pesos y dos balas de pistola.

No le di cuerda al asunto. Su semblante de tristeza puso de manifiesto que no deseaba hablar más del tema. Nos despedimos. Le agradecí por todo y le prometí que volvería pronto con algunas semillas de albahaca y la receta para que aprenda a preparar mi salsa favorita.

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