¡No! No era cierto que la guerra hubiera cesado.

Más que nunca en la casa del viento los verdugos pintaban el silencio de las gentes con el miedo. Desde hace años que no había lugar para los cuentos del mar sin eco de fusiles, pero en aquella ocasión los fusiles se volvieron mudos, aunque igual mataban.

La guerra decidió yacer en el anonimato y entre los arrabales. Con burla dejó los uniformes de montaña para caminar en las calles simulando tiempos de paz. La vida en el lugar del viento se asemejaba aquella vez, más a un canario con muletas en medio del bosque, que al vuelo del cóndor que pregonaban los bien vestidos.

Como si no fuera suficiente tener la garganta y la voz mortificadas por la asfixia y la zozobra de no poder descubrir detrás de cuáles ojos estaba la trocha que conducía a la fosa de los difuntos que se juntan hasta en la muerte, Azucena tenía el dionisiaco infortunio de encarnar un cuerpo de mujer.

Tener cuerpo de mujer en la guerra es toda una contradicción que no logra ser representada por los algoritmos de la lógica; es un encuentro entre el martirio y lo heroico. Así, la historia de Azucena fue mortuoria y pálida, pero sobre todo innombrable. Su gea intrauterina fue muchas veces desahuciada por las miradas que transitaban las largas callejuelas y le negaban un lugar para el reclamo, por eso tenía hijos marchitos.

En la guerra el cuerpo de mujer es el territorio de una catarsis clandestina. El recoveco donde los temerosos y los temerarios depositan a la fuerza sus desperdicios. Esos desperdicios que salen de las entrañas, aparecen en las tempestades y dejan a su paso pestes. Todo un símil de la hojarasca que era nombrada por el único hombre que sobrevivió al lugar del viento.

Ninguna quería ser primorosa en la guerra, ni siquiera Azucena. Mejor si nadie notaba que existía para evitar la condena de la carne despreciada. Pero aquella tez morena del color del bosque seco que se pintaba de miel los ojos no pudo ser ignorada. No hubo una ceiba con la que pudiera camuflarse y en una tarde de septiembre, cuando la marea bajaba, junto a un cultivo de arroz sinuano fue erosionada, desertificada, resecada por todos los verdugos que el viento no se pudo llevar.

Las últimas palabras que pronunció la mujer que parió al lado del mar de leva, una noche en la que el mangle se derritió a punta de bala y el viento no permitió que Bernardo, el santo, pudiera cruzar el mar abierto hasta las costas de Nicaragua, fueron un manifiesto que todavía resuena en la casa del viento:

«Yo, la que encarna una mujer hoy camino entre la guerra. Asustada como un gato en la ciudad e inocente como quien reclama el derecho a no ser parte. Pero en la guerra nadie se escapa. No es verdad que se acabó la guerra, yo la estoy respirando y un nudo en la garganta agota mi lucha. La guerra tiene ojos de niño triste y de bocas calladas».

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Nastepcaliope
Colombia. Nastepcaliope o "la hija de Caliope" es una jóven colombiana, especificamente, cuyabra. A los 5 años participó en su primer recital con el poema "botoncito" de la nobel chilena Gabriela Mistral y a los 11 años Kaired eligió un compendio de su poesía infantil para publicar en el libro "encuentros con la palabra". Hacia los 15 años, Nastepcaliope habría escrito más de 200 poemas para la catarsis y habría conocido a Federico García Lorca, poeta que supuso un punto de inflexión en su estilo de escritura. Actualmente es psicóloga, se dedica a acompañar procesos pedagógicos y de desarrollo social en la Colombia rural y su escritura poética, toma cada vez más tintes de denuncia, de política, de ironía.

1 Comentario

  1. La delicadeza de la contundencia, el amor en la violencia, nos esperan cada vez mas y mas lecciones de vida

    Gracias por un regalo tan hermoso para describir tanto dolor, por ver lo que la humanidad es capaz de hacer, lo que el amor y la antítesis de la violencia producen en la sociedad, generando mas pobreza..

    Mujer maravillosa !!!!

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