Ubicado en la carrera 7 con calle 24 en pleno centro de Bogotá, al frente de la terraza Pasteur, el que alguna vez fue uno de los centros comerciales más imponentes y sobresalientes de la capital colombiana, aun sobrevive y se niega a desaparecer el único y último teatro de cine porno, el entrañable Teatro Esmeralda. Desde afuera se observa un sitio acabado, que no genera ninguna emoción ni ganas de entrar y para tener esta experiencia yo decidí ingresar y dejar afuera los temores y liberarme de todo pudor.

Eran las 12: 45 de la tarde, ese día decidí que debía ingresar y conocer de cerca antes de que desaparezca el sitio que en los 80 y 90 era uno de los sitios frecuentados por muchísimos Bogotanos. La entrada es oscura y en el aire se respira cierto ambiente denso, las paredes rodeadas de algunos viejos afiches, en su mayoría de mujeres desnudas de poca sensualidad y con poses un poco más sexuales que sensuales. Cuatro metros adelante, detrás de una pequeña taquilla, hay una mujer que me sonríe. Viste un uniforme azul tipo enfermería, me da la bienvenida y me explica el funcionamiento del sitio, el precio por pareja es diferente al precio individual. Si vas en pareja te vale 12.000 pesos y si vas solo el costo es de 8.000 pesos, puedes entrar y salir las veces que quieras siempre y cuando pidas permiso del celador.

Pido la entrada para mí solo y recibo el tiquete que me da ingreso a algo completamente nuevo, me sonríe, yo le devuelvo la sonrisa y continuo. Unos pasos después hay una pequeña confitería y el olor a desinfectante se hace realmente fuerte, las ganas de comer o tomar algo se desvanecen por completo. Atiende una señora de edad avanzada también muy sonriente me pide el tiquete y me invita a seguir, tres pasos después la puerta de ingreso se hace presente, triste y deprimente, provoca devolverse, pero metida las manos, metido los pies. Al frente observo los baños: Adán y Eva, ingreso a lavarme las manos y la suciedad se apodera de sus paredes, pisos y lavamanos, el olor a poca limpieza abunda, letreros en paredes se hacen presentes, algunos con números de teléfonos y otros con mensajes de gente ofreciendo favores de todo tipo, entre ellos sexuales. Tomo mi teléfono y marco uno de esos números, empieza con un 310… y el número marcado me sale fuera de servicio, asumo que hace rato que no hacen mantenimiento a estos baños, salgo nuevamente, el vigilante me saluda e ingreso a la enorme sala. Esta no tiene nada que envidiarle en tamaño a alguna de cine convencional, entro y la luz es tenue, al fondo una enorme pantalla tipo video beam, a lo lejos se ve sucia, y en frente, como monumento a lo que una vez fue, se observa un arrume de sillas desbaratadas. Me ubico en una silla y observo todo lo que ocurre a mi alrededor. Hay hombres que entran y salen, todos de edad avanzada, entran sin sigilo, sin pena. Da la impresión que son clientes habituales. En total, contándome, hay 6 hombres, todos alejados el uno del otro.

Ya casi llegaba la 1:00 pm, que es la hora en la que se anuncia la próxima función: amanecer húmedo. Pero antes de eso, y como para no perder la costumbre, proyectan un corto-documental titulado Buenos días Gonzalo. la calidad es pésima, el sonido es bajo y desde donde estoy es poco lo que se alcanza a escuchar. Esta demora aproximadamente 4 minutos, y después empieza la proyección y confirmo que la calidad de la imagen es realmente mala. La película es de los años 90, realmente es poco lo que se puede disfrutar, para los Millennials (llamadas así a las personas nacidas entre 1980 y 2000) la imagen que este filme nos ofrece no es nada nuevo. Me detengo a observar lo que ocurre a mi alrededor, como lo que pasa en la proyección. Se escuchan sonidos, las luces se apagan por completo y solo se observan cinco letreros que indican que en ese espacio está prohibido fumar. El olor a suciedad se hace profundo a mi olfato, y casi nada de lo que todos los demás hacen se puede observar, pero si se puede oír. Pasados 20 minutos alguien ingresa, la puerta se abre y deja entrar un poco de luz, es una pareja con pinta de universitarios, una chica y un chico, se hacen en la misma fila en donde estoy, se abrazan y susurran entre ellos, creo que se ríen de alguien. La oscuridad nuevamente se adueña del espacio, los sonidos vuelven y la ansiedad por salir de ese sitio me invade en su totalidad, pero la misión que tengo para escribir este texto hace que me quede, igual es poca la posibilidad de que vuelva a este sitio. Los chicos universitarios que se hicieron en la misma fila empiezan a tocarse y a iniciar un contacto más próximo el uno del otro, por momentos pienso que intentan invitarme a que me una a su proximidad o que los observe, si algo he aprendido en la vida es que para los gustos están los colores, no siempre quieren contacto a veces solo quieren ser observados.

Mantengo mi distancia y continúo viendo con la poca luz que mis ojos alcanzan a ver lo que me rodea, sillas dañadas, polvorientas y sin usar, al menos en este día, la película demora aproximadamente 45 minutos, sin nada innovador o atractivo para mí. Los chicos universitarios que entraron después que yo, salieron antes de finalizar la proyección, yo espero que la luz tenue vuelva y que el video beam se apague hasta iniciar la siguiente proyección, los 6 hombres que estaban conmigo al momento de ingresar permanecen, imagino que por el perfil físico que tienen son pensionados y asumo de forma atrevida que en su juventud habían frecuentado el teatro Esmeralda, y que habían disfrutado de este espacio que en su momento sabía a gloria y que hoy en pleno 2017 solo guarda recuerdos, olvidos, suciedad y los mismos empleados de hace mucho tiempo.

Me levanto de la silla y salgo, intento entablar un poco de conversación con la señora de la confitería-cafetería, pero me esquiva las respuestas, solo sonríe, es una señora dulce, ante mi pregunta de quienes son los dueños del sitio, me ignora por completo, como esa pregunta me ignora casi todas, creo que en el fondo sospecha el objetivo que tengo de hacer entrado a ese sitio. Entro nuevamente al baño y me despido del vigilante, de la señora de la confitería y procedo a mi salida, una vez afuera la señora que atiende el local de bufandas que queda al lado me observa detenidamente, le sonrío, pero no obtengo respuesta, al menos no de forma amable. Intento tomar una foto del sitio, pero me es difícil, hay mucha gente sobre la avenida séptima, me siento en las bancas de afuera del Centro poco comercial Terraza Pasteur y permanezco allí por espacio de 20 minutos, en ese transcurso de tiempo nadie entra ni nadie sale del teatro, me levanto y me voy con dos dudas ¿cómo se mantendrá ese sitio con tan pocos clientes? ¿Cuánto tiempo más se mantendrá ese teatro?

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Un tal Andy dice...
Colombia. Comunicador social, viajero innato, adicto a ser feliz, intenta ser un buen escritor, un buen ser humano y un excelente anfitrión de este planeta.

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