Era tarde, me dirigí con paso apresurado hacia la sala de reclamo de equipaje, me coloqué frente al carrusel que permanecía inerte. Escuché unos pasos y vi como un hombre se aproximaba lentamente, era alto, piel blanca, cabello blanco, llevaba una gabardina negra y tenía un aspecto un tanto lúgubre.

—Buenas noches—. Me saludó, como si supiera perfectamente quien soy. La sala estaba vacía. Éramos solo el hombre y yo siempre tengo la mala costumbre de quedarme dormido en los viajes y despertar hasta que ha salido el último pasajero.

Miré al hombre misterioso y le regalé una sonrisa, un tanto falsa. En un parpadeo, el carrusel comenzó a funcionar. Busqué mi maleta con la mirada, pero no había rastro de ella. El carrusel estaba vació y solo daba vueltas sin ningún propósito. Trataba de pensar en otra cosa, el hombre me causaba mucho malestar, no lo puedo describir, pero su sola presencia me causaba terror.

—¿Está listo? —Me pregunto. Solo estoy esperando mi maleta, me limité a decir. ¿Listo para qué? Pensé, pero no dije nada.

El carrusel seguía dando vueltas. Empecé a perder la paciencia, viajar solo siempre es reconfortante al menos para mí, sin distracción ni nadie que te moleste. Pero en este momento pensaba lo mucho que me gustaría estar con alguien. El ruido de la maleta al caer por el pequeño tobogán hacia el carrusel me regresa a la realidad, el hombre se acerca a mí. Puedo sentir su frialdad emanando de él, es casi como un tempano de hielo.

Me agacho a tomar la maleta y él me ayuda a bajarla. Disculpe, pero ¿nos conocemos? Me atrevo a preguntar por fin. No, responde. Su mirada es tétrica. Me petrifico y siento un miedo inexplicable, quiero gritar, pero no puedo, un escalofrió me recorre por toda la médula, el estómago se me revuelve. Tengo miedo, mucho miedo.

Hay un largo silencio que, extrañamente, entibia un poco el gélido ambiente. El sentirme vulnerable y temeroso me hace reflexionar un poco, empiezo a cuestionarme cosas. Ya estoy un poco más despierto, me cuestiono quien soy en realidad, cuál es el propósito de este hombre, qué me quiere mostrar. Su expresión cambia y tal como si me leyera la mente me dice con un susurro: estoy aquí para mostrarte la verdad.

Abro los ojos, sorprendido. ¿Cuál verdad? Pienso.

Como si se tratara de una película en mi mente, recuerdo mi empleo, como llegue a este puesto, sacrificios, concentrarme en ser el mejor. Vencer a cualquiera que se cruzara en mi camino. Pensaba que estaba convirtiéndome en un dios, cuando en verdad estaba vendiendo mi alma al diablo.

Recuerdo la conversación que tuve por la mañana con Pía, mi esposa.

—¿Regresas el viernes?

—Haré lo que pueda—, contesté, aunque ambos sabíamos que no sería así.

—Nunca estás, te la vives encerrado en tu propio mundo, no dejas entrar a nadie, quisiera que viviéramos más, disfrutar de nuestro tiempo aquí, en esta vida.

Siempre daba ese discurso sobre lo materialista que soy. Enfadado la interrumpí: —mira todas nuestras cosas, quienes somos, somos exitosos, tenemos todo. ¿Qué más quieres? —

—¿Exitosos? Por favor, no me hagas reír, eres un esclavo, al igual que yo, nada de esto tiene propósito, estamos desperdiciando nuestra vida con apariencias, con citas, con agendas y compromisos sin ningún fin, no te das cuentas que nos vamos a morir.

Abrí la boca, pero no supe que decir, me giré y seguí deslizando mis dedos sobre mi móvil, tratando de evadir esta incomoda confrontación.

La sala seguía vacía. Entendí todo en ese momento. Había obtenido lo que quería, mi empleo, mis posesiones, pero aún me sentía vació. Pensé que sabía la respuesta a todo, las promesas que le hice a Pía nunca las cumplí, estaba más perdido que nunca, fue como si todo lo que yo creyera fueran solo simples láminas de cartulina.

Solté mi maleta y levanté la mirada al hombre, quien ahora me habló con una mirada compasiva: las emociones humanas son lo más preciado que tienen, me dijo, desperdician mucho tiempo tratando de suprimirlas, es conmovedor cuando entienden que, si no fuera por sus emociones, no existirían, pero es una pena, cuando se duermen en el viaje y no lo disfrutan.

Ahora lo recuerdo, el incendio, comenzó en el motor izquierdo, justo cuando aterrizamos, todos salieron, todos se salvaron, todos tuvieron otra oportunidad, menos yo. Una lágrima cae por mi mejilla, el cúmulo de todas las emociones de mi vida se enfrascó en una sola lágrima y mi último recuerdo: el calor de las llamas, el olor de mi piel quemándose, los gritos, los llantos, las suplicas por no morir. Por otra oportunidad. Pero el dolor se fue, ya no siento nada, ya no existo.

—¿Está listo? — Me pregunta otra vez.

Esta vez lo miré directamente a los ojos y contesté: —¿Acaso tengo otra opción? —

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Jennifer Ramos Morales
México. Nació el 6 de noviembre de 1989. Criada en Cuernavaca Morelos México. Una infancia solitaria la hizo refugiarse en su imaginación, adquirió el gusto por la escritura desde muy corta edad, escribiendo experiencias, poesía y cuentos cortos en diarios personales, pero nunca permitió que nadie la leyera. Al terminar la universidad, viajo durante un año a Francia, lo que la ayudó a abrir un poco su panorama, regresó a México para vivir Cancún, después de un año, una serie de eventos causaron una catarsis emocional, que la llevaría a regresar al refugio que ya conocía, por lo que eventualmente comenzó un blog en internet en el que sube algunos textos, asistió al taller “libertad bajo palabra” impartido por Macarena Huicochea.

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