¿Quién puede ser feliz viviendo en la calle? ¿Quién puede ser feliz durmiendo en el piso? ¿Quién puede ser feliz caminando la ciudad sin ningún destino? ¿Quién puede ser feliz trasladando continuamente sus objetos personales? ¿Quién puede ser feliz sin un hogar?

Enrique trata de ser feliz pese a todo ello. Vive en la calle, duerme en el piso, camina la ciudad sin destino alguno, traslada sus pertenencias de un lado a otro y no tiene casa. Enrique trata de ser feliz con lo que tiene. Apenas dos mantas y tres bolsas donde caben sus pequeñas cositas valiosas -que otros calificarían de “cachivaches”- conforman su fiel y leal equipaje. Enrique tiene unos 50 años, es delgado, se rapa la cabeza cada vez que puede pero su barba es larga y despareja. Su ropa arrastra los años de uso, al igual que sus bolsas. Las sábanas, visiblemente desgastadas, también las lleva de aquí para allá. Quizás sean el objeto más preciado porque sin ellas, no podrá hacerle frente al frío. Ni siquiera al cubrirse debajo del techo de la confitería que suele elegir cada noche de cada día de cada semana de cada mes.

Porque todos los días, todas las noches, desde hace meses, los vecinos de Caseros ven la lucha y el padecimiento de Enrique. O más bien, algunos vecinos. Las personas lo ven y no lo ven. O más bien, lo ven pero no lo registran. Con seguridad, son más las que no lo registran, entiéndase, no lo observan, no lo comprenden, no logran la empatía que deberíamos tener todos pero, aún más, cualquier gobierno de turno. Enrique es pobre porque sus necesidades básicas no las puede satisfacer. No tiene hogar, no tiene vestimenta de recambio y, a veces, pasa mediodías o noches sin degustar ningún tipo de comida. Enrique es como todas las personas que viven en la calle. Sufre las faltas que un Estado debiera garantizar que no existiesen en ningún habitante de una nación. Pero, por encima de tal carencia, sufre la marginalidad social. La indiferencia de la gente, la reticencia al contacto, la “distracción” intencional. Enrique es un problema particular de un problema general. ¿La pobreza? Más bien, la riqueza concentrada.

Todas las noches desembarca en la confitería de la avenida Urquiza, al lado de la sede de Correo Argentino. Allí, una vez cerrado el local, acomoda sus pequeñas cosas, arma su humilde cama, prende la radio y se acuesta. No se duerme, solo escucha las voces que emite el aparato, voces que le hablan a los oyentes en general, pero que Enrique siente que le hablan a él. Por eso, a pesar de que las sábanas sean fundamentales, la radio lo es aún más. Es una compañía que rompe la marginalidad social. Sin embargo, afortunadamente, no es la única valiosa compañía que posee. Todavía hay personas desinteresadas con interés en hacer sentir bien al hombre. Un café, un plato de comida o una simple conversación le hacen la noche más llevadera. Son personas del barrio, vecinos, comerciantes, cuidacoches. De vez en cuando, la Cruz Roja llega a la confitería y también le hace compañía, valor inestimable para Enrique.

Por las mañanas, antes que la confitería abra sus puertas, Enrique termina su trabajo. Deja de cuidarla para marcharse hacia otra parte. Sabe que el local debe recibir gente y él no quiere ser un estorbo. Sí, se puede vivir en la calle y ser educado. Sí, se puede vivir en la calle y no molestar a nadie. Nuestro famoso y pobre vecino de Caseros a veces habla con los encargados de algunos edificios de la zona. También habla durante las mañanas, a primera hora, con los “trapitos” que van llegando a su calle correspondiente. Habla y escucha. Observa y agradece. Enrique se hace querer.

La marginalidad, la indiferencia y la estigmatización social en torno a los pobres es un hecho palpable. Le pasa a Enrique y le pasa a todos los que se encuentran en su misma situación. Son dos problemas. Son dos caras de una misma moneda que debe ser reconfigurada. Depende del gobierno de turno, del Estado y de la sociedad, cambiar. De lo contrario, todos los Enriques seguirán viviendo en la calle, durmiendo en el piso, caminando en la ciudad sin destino alguno, trasladando sus pertenencias de un lado a otro y no teniendo casa. ¿Permitiremos eso?

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Federico Esteban
Argentina. Escritor de pura cepa, empedernido y creativo. Cronista de diferentes ambientes, abierto a interpelaciones del mundo exterior. Analista político y reflexivo de los fenómenos sociales. Estudia Comunicación Social con orientación en periodismo en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como productor en Radio Palermo y Radio Sentidos, colaboró con notas en El Informante, Cronómetro en Cero y la Agencia de Noticias de Ciencias de la Comunicación (ANCCOM). Actualmente, forma parte del programa "Rebeldes en patas", emitido por Radio Sur FM 88.3.

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