Por fin llegó el gran día. Primer domingo desde la jubilación del marido.

Los domingos siempre habían sido muy cotizados por la familia, ya que permitían labores como pintar paredes, acumular en el garaje motores viejos y vigas de madera, lavar el coche en la calle o cubrir su recipiente de líquido limpiaparabrisas, pasar el paño a los muebles, taladrar paredes, arreglar grifos, arreglar.

El gran día, cuando los hijos llegaron a la casa paterna a colaborar en “la gran operación”, como la había bautizado el padre, se encontraron con una agradable sorpresa. No era el bizcocho de limón y chocolate, que bien podría alimentar a veinte comensales, que había confeccionado la madre el día antes con paquetes de harina, levadura y mucho amor, y que también constituyó una sorpresa agradable, sino el gato. Desde ese momento, el gato dejaría de vagar por la casa y de entrar y salir a su antojo para convertirse en un elegante gato de salón. Siempre lo había sido, por sus características, pero no fue hasta que la madre lo comprobó en Internet, apenas una o dos semanas atrás, cuando cayó en la injusticia a que habían condenado al animal. Había que repararla de inmediato. Sería el gato de las visitas y su nuevo territorio se circunscribiría al salón. Todos aplaudieron la nueva y justa medida.

El siguiente paso, antes de dar comienzo a “la gran operación”, era reubicar al perro. Se había hecho mayor, pero seguía siendo grande y cuadrado como la azotea. Igual de feo, con la trompa chata y negra, las lanas de un color impreciso desde que renunciaron a bañarlo. Un perro así debería estar en la azotea. Desde allí podría divisar a otros perros y a los intrusos, ladrarles y gruñirles. En suma, hacer de verdadero perro guardián. Por supuesto que dispondría de agua y comida, y no le faltarían la caseta donde cobijarse, que el padre acababa de construir, y unas caricias cada día. En fila india, el perro abriendo la marcha, la comitiva se dirigió a la azotea. El animal meneaba el rabo y ladraba de puro contento. Todos aplaudieron la idea.

Instalados el gato y el perro en sus nuevas dependencias, ya se podía proceder con “la gran operación”. Los hijos mayores se encargaron de trasladar a los contenedores de la esquina los motores viejos y las tablas de carpintería que habían colonizado la mayor parte del garaje. Después, las hijas y la madre baldearon el suelo. Ya podían ir bajando el sofá y los dos sillones de orejas. ¿Aquí? No. Un poco más a la derecha. Ahí. Sí. Ahí estará bien. Con cuidado. ¡Cuidado con los jarrones, que fueron regalos de boda de los abuelos! La mesa de cuatro patas torneadas que pesaba como un hipopótamo se ubicó frente al sofá.

El marido y los hijos resoplaban, se quejaban y maldecían al unísono. Las mujeres alzaban la voz, maldecían y se comunicaban sin necesidad de respetar los turnos de palabra. Los miembros del clan siempre habían estado muy compenetrados. Se sentían fuertemente unidos. De hecho, ninguno de los hijos se había mudado del barrio. Permanecían en calles cercanas. Por si acaso.

Llegó el turno del televisor. La pantalla plana gigante se extendía más allá de los confines de la mesa, pero los soportes estaban dispuestos de tal modo, que no había peligro de derrumbe. Uno de los hijos, el electricista, se encargó de instalar el cableado y programar los ciento cincuenta y cinco canales que alojaba el aparato. La madre protestó que no le hacían falta tantos, que con las noticias, el fútbol y el programa de cotilleo de las tardes, era suficiente, pero nadie la escuchó. Se acercaba el clímax de “la gran operación”. El clan tomó asiento. Por consenso, se decidió que el honor de abrir la puerta del garaje le correspondía al marido recién jubilado, en recompensa por todos sus años de trabajo y de cotización a La Seguridad Social. Consciente de la solemnidad del momento, el hombre abrió la puerta despacio. A cámara lenta. Cuando la puerta completó su periplo, alcanzados los últimos rieles, no evitó emocionarse. Se enjuagó las lágrimas, que casi no había derramado en público, con una de sus manos grandes, cuadradas, morenas, terminadas en garfios producidos por la artrosis. Contagiados por la emoción, fuertemente compenetrados, todos aplaudieron.

Al fin se había hecho realidad el sueño de toda una vida. Hacer del garaje el verdadero hogar de la pareja y los suyos. Un garaje abierto al mundo, sin fronteras, donde cualquiera, vecinos, transeúntes o turistas, sería bienvenido. Un garaje accesible, sin barreras arquitectónicas. Un garaje donde fumar no estaría prohibido. Donde el vino correría de parte del marido y los bizcochos de parte de la señora.

El hombre se acomodó junto a su mujer. Le correspondía a ella, por consenso, ser la primera en utilizar el mando a distancia. Un misil norcoreano de largo alcance ha estallado en el centro de la ciudad de Los Ángeles, provocando cientos de muertos y miles de heridos. Desde Pionyang, fuentes gubernamentales han mostrado su satisfacción por el éxito de la operación. Por otra parte, se espera que el presidente de los EE. UU. comparezca en rueda de prensa para ofrecer más detalles del impacto. Se espera, además, una declaración de guerra inminente.

El gato de las visitas las aguarda en su salón. El perro de la azotea ya se ha estrenado como eficaz perro guardián. La gente del garaje abierto al mundo cambia de canal.

El Real Madrid se ha proclamado, por séptimo año consecutivo, campeón de la Champions League.

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Javier Delgado
España. Tiene 45 años y es escritor y profesor de inglés. Ha escrito desde siempre y publicado relatos y colaboraciones en prensa. No fue hasta el 2016 cuando publicó su primera novela, "Mundo volátil", con el sello Mundopalabras. En la actualidad, además de atender su blog personal (algunas de cuyas entradas han sido publicadas en medios como Infolibre, Todoliteratura.es o Revista Eñe), el autor trata de publicar su segundo trabajo de ficción, mientras escribe una tercera novela

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