Viniendo desde Temuco, me adormezco en el viaje.
Súbitamente, me despiertan los fulgores del paisaje. El valle de Repocura aparece y resplandece ante mis ojos, como si alguien hubiera descorrido, de repente, el telón de otro mundo.
Pero estas tierras ya no son, como antes, de todos y de nadie. Un decreto de la dictadura de Pinochet ha roto las comunidades, obligando a los indios a la soledad. Ellos insisten, sin embargo, en juntar sus pobrezas, y todavía trabajan juntos, callan juntos, dicen juntos:
—Ustedes llevan quince años de dictadura —explican a mis amigos chilenos— Nosotros llevamos cinco siglos.
Nos sentamos en círculo. Estarnos reunidos en un centro médico que no tiene, ni jamás tuvo, médico, ni practicante, ni enfermero, ni nada.
—Una es para morir, no más —dice una de las mujeres.
Los indios, culpables de ser incapaces de propiedad privada, no existen.
En Chile no hay indios: sólo hay chilenos —dicen los carteles del gobierno.

-Eduardo Galeano

—¿De dónde es él? —Un hombre cualquiera pregunta sobre mi procedencia a una de mis tantas compañeras de causa.
—¿Él? —Señalándome—. Es de acá, ¿por qué?
—Es que no parece de acá.
—Vecino, —Le digo al escuchar la charla— ¿de dónde cree que soy?
—Pues pareces peruano…

Peruano, porque ni siquiera colombiano del altiplano cundiboyacense o de cualquier municipio del departamento de Nariño, donde las facciones de peruano son más comunes. ¿Pero qué puede llevar a un paisano a pensar que alguien como yo –con marcados rasgos mestizos- no pueda ser oriundo de Medellín, de Antioquia o de Colombia?
Es frecuente que en Medellín a los nacidos en Antioquia se les llame paisas. El paisa, ese campesino cafetalero típico del suroeste del departamento, de tez blanca, mejillas sonrosadas, barba, bigote y una estatura que supera los ciento setenta centímetros en el caso de los hombres. Él es símbolo de la antioqueñidad, de la pujanza, de la raza que predomina.

¿Y en dónde están los peruanos que habitan en el departamento? En Antioquia existe diversidad de familias y grupos étnicos repartidos por todo el territorio. Comunidades como los embera chamí-katío-dóbida, senues y tulé. Muchos de ellos todavía habitan sus territorios ancestrales y sus resguardos, otros tantos viven en Medellín y municipios aledaños.

Desde un principio –el principio de la llegada de los españoles- el indígena empezó a sentir con la implacable fuerza de la cruz, el trabajo forzado y el rechazo por ser diferente. Con las capitulaciones otorgadas por la corona, sus territorios se vieron achicados de manera sustancial. El oro fue arrancado de las entrañas de la montaña por los propios brazos del indígena: eran brazos esclavizados, brazos golpeados por el látigo de la colonia y, peor aún, por el de la indiferencia.

Quinientos años antes de la era cristiana el ahora llamado Valle de Aburrá ya estaba habitado por comunidades indígenas. Pero no fue hasta 49 años después del arribo de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales que el valle fue descubierto por Jerónimo Luis Tejelo, esbirro de Jorge Robledo. Desde entonces la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria empezó a ser ocupada por colonos y criollos, mientras el indio, habitante originario de un valle que antes de la conquista sólo tenía nombre en lengua indígena, comenzaba a ser relegado a la periferia.

La urbanización colonial y el blanqueamiento de las calles, las construcciones y las gentes de la creciente ciudad -todavía villorrio- obligaron a los indígenas a salir del valle y a dejarlo en manos de los paisas, de los blancos, de los que creen que este espacio físico siempre ha sido de blancos y antes de ellos era una selva inhabitable.

¿Qué pasó entonces con los indígenas originarios de Antioquia y Medellín? Al parecer son invisibles y cuando alguien se atreve a mirarlos es sólo para asumir que, por su aspecto físico -piel morena, baja estatura, color y textura del cabello y prominentes pómulos- vienen directamente desde el Perú.

—¿De dónde es usted? —Pregunta la acompañante de mi amigo.
—Soy de Medellín, nacido en la León XIII. —Respondo con cierto énfasis de disgusto.
—Es que no parece paisa. Tiene las orejas muy pequeñas.
—¿Y de dónde le parezco? —Le pregunto con molestia ante dicho diálogo trivial.
—Hmmm, no sé.
—Seguramente peruano, ¿verdad?

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Alfredo Madrid
Colombia. Antropólogo y periodista. Encontró en la crónica la mejor manera de ver el mundo, porque aunque son cuentos, también son verdad.

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