Retrato de un bar: La Bastilla de ayer y de hoy

El bar La Bastilla comienza a llenarse a las diez de la mañana. Un grupo de jubilados discute sobre fútbol con cierto fervor, mientras se pasan una edición de El Colombiano que leen con algo de solemnidad. La barra luce impecable. Detrás de ella hay una vieja cafetera, gris y medio destartalada, que contrasta con el moderno televisor que retransmite un partido de Medellín. Iván, quien atiende, sirve los cafés con ritmo y habilidad. Es un hombre calvo y con arrugas prominentes en la frente. “Que me receten eso a mí”, dice sin pudor mientras detalla a una mujer que camina por el Pasaje. Pasa un trapo por la barra y sirve otro café. Un hombre viejo, apoyado en un bastón aparentemente endeble, se acerca y pregunta:
― ¿Ese es el partido de Medellín de ayer?
―Sí señor― respondo alzando la voz, consciente de su sordera.
―Medellín está bueno, está para ser campeón― hace una pausa y continúa.―A Nacional lo desarmaron.
―Es verdad― le respondo.
― ¿Qué?
―Que tiene razón.

El hombre sale caminando con lentitud, siempre apoyándose en el bastón que parece a punto de quebrarse. Iván escucha la conversación y añade con sorna:

―¿Que a Nacional lo desarmaron? Ese señor no sabe de fútbol. Espere que llegue el clásico y verá―su cara toma un aire serio.―Si yo fuera hincha de Medellín, ya me hubiera suicidado hace rato.

Río y me tomo un sorbo de Aguila Light. Afuera, una brisa comienza a caer con suavidad. El pasaje La Bastilla está ubicado en el centro de la ciudad, y puede decirse que está dividido en tres zonas: la primera comprende desde la Playa hasta Colombia. Allí está el bar La Bastilla, donde me tomo una cerveza mientras escucho a Iván hablar de fútbol. Pero ese no es el único negocio de este tipo, solo basta mirar al frente para encontrarse con el Bastilla Premium y los billares, que están en un segundo piso. Sumergirse en este tramo es perderse en una sucesión de bares que, en las mañanas, se llenan de pensionados que toman tinto mientras leen prensa. Los asistentes charlan y se regocijan al escuchar música andina colombiana y los éxitos de los Panchos.

El segundo tramo del Pasaje comienza en Colombia y va hasta Ayacucho. Allí los bares no hacen ya parte del paisaje, son los loteros lo más característico de este sector. Uno de ellos, que usa un tapabocas, llega hasta donde Iván para ofrecerle una cantidad increíble de loterías. Al verlo, este le dice con gracia:

―Ve, ¿usted qué, hombre? Yo pensé que ya lo habían exhumado.
El lotero, después de quitarse el tapabocas, sonríe y deja ver su escasa dentadura. Negocian un par de billetes y el hombre desdentado sale del bar.

A ese tramo asisten quienes todavía creen en la suerte, como lo hacía Oswaldo Juan Zubeldía, técnico de Nacional en la década del 70. La historia del argentino Zubeldía está plasmada en una bella crónica escrita por Hernando González, publicada en El Colombiano en el 2012. Nacional había sido campeón en 1981, sus hinchas había celebrado jubilosos aquel diciembre. Pero la tragedia vendría para opacar el éxtasis verdolaga. En 1982 Zubeldía caminaba por La Bastilla, su intención era hacer una apuesta hípica. La suerte le dio la espalda y su corazón sintió ese abandono: un infarto acabó con su vida. La hinchada de Nacional pasó de la gloria a la tragedia.

Hoy, tres décadas después, las apuestas y las loterías siguen siendo paisaje común de ese tramo de La Bastilla. El Pasaje siempre está atiborrado por las mesas de los loteros, quienes se ubican a lado y lado de la calle. Para protegerse del sol y del agua despliegan unas sombrillas que, miradas desde arriba, parecen unos hongos coloridos.

Iván pone otra cerveza sobre la barra, la agarro y me doy cuenta de que está helada. Son ya las once y el bar está cada vez más lleno; casi todas las mesas están ocupadas y ahora un par de señores me acompañan en la barra. No hay ninguna mujer. Un hombre que usa gafas se acerca a donde está Iván, pide un café y espera mientras se lo sirven. Comenta algo que no logro entender, entonces me doy cuenta del inmenso parecido que tiene con Woody Allen: cabello blanco y medio desordenado, cara alargada y cuerpo menudo. Recuerdo, entonces sin proponérmelo, una película de Allen: Medianoche en París. Allí, uno de los personajes es un prospecto de escritor. Una noche de copas decide caminar solo por una vieja y adoquinada calle parisina. Un carro pasa y desde adentro lo invitan a subir, el hombre entra al carro y con estupefacción se da cuenta de que ha llegado al París de la década de los 20.

El protagonista, por medio de ese viaje en el tiempo, conoce a uno de sus autores favoritos: Ernest Hemingway. Además, asiste a las suntuosas y desenfrenadas fiestas de los Fitzgerald. Ir al pasado en La Bastilla sería una aventura estupenda, llena de historias inesperadas y personajes formidables. En 1920 abrió allí el Café La Bastilla, del que el pasaje toma su nombre. Este se convirtió en el sitio de encuentro de los intelectuales de la ciudad. Las charlas sobre literatura, historia o política se amenizaban tomando café o algún aguardiente que servía para avivar los argumentos.

El café La Bastilla se convirtió, desde entonces, en el sitio predilecto de la bohemia medellinense. En el libro La ciudad y sus cronistas, una compilación hecha por Miguel Escobar Calle, está incluida una crónica que, desde su título, muestra la vocación de ese lugar: La Bastilla, refugio de novelistas y poetas. El autor1 nos dice que “nunca fue un café atiborrado ni ruidoso. En diez años de frecuentar nunca estuvo repleto y jamás vacío”. Además, nos cuenta una anécdota de increíble belleza: Carrasquilla se paseaba por La Bastilla, como solía hacerlo de costumbre, hasta que un hombrecillo le arrebató la tranquilidad y comenzó a hacerle preguntas. El hombre quería saber si era cierto que don Tomás estuviera escribiendo una obra de teatro. El novelista aceptó, pero, además, admitió el fracaso de su obra. Pues, según él, todos los personajes se parecían a sí mismo. En sus palabras, los personajes eran cinco “Tomases Carrasquillas”.

El cronista añade, con bastante nostalgia, que tuvo que dejar de frecuentar ese lugar especial para irse a trabajar en El Espectador. Pero la verdadera sorpresa se la llevó cuando volvió: el paso del tiempo y el progreso habían acabado con ese refugio de literatos. Envuelto por esa tristeza, se pregunta:
“¿Cuánto duró La Bastilla del viejo Medellín, con su vieja casa propia, su especial ambiente, su andén de ladrillo rojo y sus pesadas puertas de madera, cuando dejé de verla y frecuentarla después de diez años de amable cotidianidad, para irme a Bogotá a ingresar a la redacción de El Espectador?”
A paso seguido, logra darse una respuesta que, en parte, trata de aliviar la pena por esa infausta pérdida:

“No lo sé. Mi villa Bienamada, la de los juveniles sueños y la dulce aventura vital, ambiciosa y romántica, tomó de repente un ritmo de progreso y transformación que nunca igualó ciudad alguna de Colombia”.
Hoy el sitio sería irreconocible para los asiduos asistentes a aquellas tertulias. “El progreso” ha pasado como una retroexcavadora y ha cambiado el lugar, dejándolo tan diferente que ni el mismo Carrasquilla podría reconocerlo. No sería verosímil ubicar a don Tomás en medio de esos borrachos desaforados que se acuestan en el duro asfalto. Como un pez fuera del agua quedaría Barba Jacob si lo pusiéramos en el actual Pasaje; el ruido y la ebullición de hoy les impediría hablar con sosiego y desparpajo, como lo hacían en la Medellín de otrora.

El imaginario sobre El Pasaje La Bastilla fue cambiando con el tiempo: no es hoy un sitio de encuentro de intelectuales bohemios. Ahora, hay que decirlo, es un lugar de bares y loterías, a donde van borrachos y jugadores. Pero, además, cuenta con otra faceta, tal vez más fascinante que las anteriores: es un sitio por excelencia para comprar libros. Quedó aquí, pues, una reminiscencia de los tiempos aquellos que el cronista rememora con cariño y gran nostalgia. El imaginario ahora está supeditado a esas tres facetas.

Woody Allen recibe el café con ambas manos y se sienta haciendo algo de esfuerzo. Me tomo el último trago de cerveza, que me dibuja un leve bigote de espuma que retiro con mi mano derecha. Son las 12 pasadas y el bar está ahora más lleno. Me despido de Iván y salgo al Pasaje.

 

Conversación en la Librería:

Entro al sector de las loterías. Los libros, exhibidos al aire libre, comienzan a mojarse antes de que los libreros puedan hacer algo. Movido por la lluvia y la curiosidad entro al centro comercial del Libro y la Cultura. Un hombre me pregunta si estoy buscando algún libro, lo esquivo y voy al segundo piso.
―Don Darío, ¿cómo está?― le digo mientras le estiro la mano.
―Hombre, ¿cómo me le va? Pase, mire sin compromiso.

Darío Úsuga lleva 54 años en el mundo de los libros. Comenzó cuando estaba jovencísimo, hizo carrera en la Librería Continental, considerada la más importante de Medellín en su momento. Tiene una voz grave y habla con parsimonia; sus gestos son suaves y su carácter sosegado.

Don Darío, librero de toda la vida. Entre charlas, recomienda a cada cliente qué leer.

― ¿Qué lee, don Darío?
Sinuhé, el egipcio. Una cosa bellísima.
Su respuesta me llena de entusiasmo.
―Una gran novela―le digo. ―¿Ya pasó la parte en que van a Babilonia?
―Claro, ya pasé por ahí. Yo aquí leo mucho, a veces tengo que parar. Es que a uno la ansiedad de leer lo coge y no lo suelta. Entonces, me pongo a organizar los libros, a limpiarlos. Así me entretengo.

Cavilo un poco antes de responderle.
―Claro, es que la lectura le cambia la vida a uno.
―Yo aproveché mucho la soltería para leer, es que me casé ya de edad. Yo me encerraba un fin de semana entero, leía y escuchaba música―hace una pausa para tomar aire.―Una vez, la vecina fue a mi casa para ver qué me pasaba. Pensó que me había muerto.

Después de trabajar en La Continental, Darío decidió montar su propia librería. Quedaba ubicada en la 65 con la Avenida Bolivariana. El proyecto, desafortunadamente, se vino al piso con el pasar de los meses: 28 para ser exactos. La librería cerró y sus sueños se esfumaron. Pero, como él mismo dice, hay que resistir; entonces decidió venirse para el centro comercial El Libro y la Cultura. Este abrió sus puertas en 1990, acogiendo así a los libreros que antes estaban ubicados en Junín, la plazuela Uribe Uribe y el Parque Berrío. Darío llegó hace 16 años.

―Esto acá era un solar―dice don Darío.―Si llueve como por ejemplo está lloviendo, el agua se nos entraba.
Ahora el centro comercial es un sitio fresco y agradable, no hay demasiada gente y el ruido es aguantable. Se puede hablar por horas, si se quiere, sobre literatura e historia con alguno de los libreros. Tal vez, es lo más parecido hoy al viejo café La Bastilla.

―¿Quiere tinto?―Me dice Darío.
―Sí, claro.
La lluvia cae ahora con violencia. Miro uno de los estantes, hay una riqueza inmensa de autores: Joseph Conrad, E.M Cioran, Mario Vargas Llosa, Fiodor Dostoievski. Don Darío se pone algo nostálgico.

―Antes la gente leía más. Acá venían profesores y eran ansiosos. Miraban qué había de nuevo y se lo llevaban―hace una pausa, toma café y continúa.―La lectura viene en caída.
Su voz es interrumpida por la de un joven.
―Amigo, ¿de casualidad tenés algún libro sobre músculos? De esos que tienen dibujos y esas cosas―. Dice el joven.
―Tengo uno, pero muy básico.
―¿Y de casualidad tenés algo de Dostoievski?―añade el joven.
Don Darío abre la persiana de un local aledaño, saca una vieja edición de Crimen y Castigo y se la enseña al muchacho. El joven no lo compra, da las gracias y se va. La Bastilla es, en el imaginario de los medellinenses, el sitio donde se encuentran los libros más raros y descatalogados. Yo mismo he hallado aquí material dificilísimo de encontrar en librerías convencionales, como por ejemplo, las novelas F. Scott Fitzgerald.

Augusto Bedoya, otro librero de vieja data, asegura que a La Bastilla van principalmente estudiantes: “Vienen buscando mucho a los clásicos: mucho Cervantes, Shakespeare. Mucho Camus, Sartre. Los de humanidades están volcados leyendo marxismo, hasta al padrecito Stalin lo están buscando”. Los libros son casi todos de segunda, por eso es que aparecen verdaderas joyas.

―Ya estamos en una sociedad en la que todo es vicio―dice don Darío.―Ahora la gente bebe por beber.
―Cierto.
―Antes se tomaba para hablar de literatura. Hay una frase Efe Gómez que dice así―se pone recto sobre el asiento, pone la voz grave.―No se le pasa una idea por la cabeza a quien no se toma un aguardiente.
―Sí, muchos escritores han sido borrachos.
―Claro, Allan Poe dormía tirado en la calle. Cuánto diera yo por vender algo de Poe, no se consigue. Y lo que llega ahí mismo se va.
―Y la lista de borrachos es larga: Hemingway, Faulkner, Fitzgerald―. Añado, solo para nombrar a los norteamericanos.

El Libro y la Cultura vivió una noche aciaga el pasado septiembre. Unas llamaradas, que al parecer iniciaron en el primer piso, fueron tomando fuerza y se treparon hasta arriba.
―Imagínese que eran las tres de la mañana―dice don Darío.―Acá había un celador gordo, ese si bajaba no era capaz de subir otra vez. De todas maneras, cogió los extintores y los usó. Pero los locales de abajo se quemaron.
―¿O sea que los libros se quemaron?.―pregunto con ingenuidad.
―Claro. Las llamas llegaron hasta el segundo piso, ¿no ve eso como está de negro? Mire, allá; eso lo hizo el fuego.
―¿Y entonces, cómo paró el incendio?
―El gordo llamó a los bomberos y ellos vinieron, ahí lograron apagarlo. Es que esto es de madera, se prende muy fácil. Se recogió una plata para cambiar estos corredores y ponerlos de acero. No alcanzó, entonces solo cambiaron una parte. Mire, ese de abajo todavía es de madera.

Centro Comercial del Libro y la Cultura

El centro Comercial del Libro y la Cultura ardió como la biblioteca de Alejandría. La lluvia se va apaciguando y recuerdo El incendio de Alejandría, una exquisita novela de Jean-Pierre Luminet, que adentra el lector en el mundo antiguo y le presenta a sus genios más grandes; Arquímedes, Eratóstenes y Aristarco de Samos. Pero culmina, tristemente, con la quema de la biblioteca más célebre de la Antigüedad. Que se hubiera quemado el centro comercial habría sido un desastre para la ciudad. Pues, como dice el librero Augusto, “este es el bastión de la cultura en Medellín”.

La lluvia cesa casi por completo, termino el tinto y pongo el pocillo sobre un taburete.
―Don Darío, yo lo voy dejando. Ya va siendo hora de almorzar.
―Sí, yo también voy ya abrir la coca.―Dice don Darío de manera Jocosa.
Nos damos la mano y él añade:
―Lo espero por acá, ahí queda la obra periodística de García Márquez. Puede que venga y no se la hayan llevado.
―Ojalá, Don Darío. Suerte.

Salgo y me topo con los loteros, que se estiran después de haber estado guarnecidos bajo las carpas durante el aguacero. Entonces, entro al tercer tramo: el que va desde Ayacucho hasta Pichincha. Acá reina el comercio y hay un aparente orden que en los otros tramos no existe. De todas maneras, los pregoneros hacen de las suyas y la cantidad de gente dificulta el caminar. La contaminación auditiva es tremenda. Hago un grandísimo esfuerzo por imaginar a Carrasquilla en La Bastilla de hoy, pero no logro meterlo dentro de este bullicio. Intento hacer lo mismo con Barba Jacob, pero tampoco puedo. Entonces, forzando aún más mi imaginación, visualizo a Carrasquilla tomando tinto y hablando con don Darío; lo veo con su calva y su bigote espeso. Y entiendo, de una vez, que el centro comercial de El Libro y la Cultura es una reminiscencia palpable de esa Medellín bohemia del siglo pasado.

1. Conseguimos la crónica fragmentada, por lo que no conocemos con certeza el autor. Creemos que pudo ser escrita por Ernesto González.

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