El mundo en el que vivo está dividido en dos: los que viven en la calle y los que viven en una casa. Hubo una época en que yo vivía en una casa, pero no me di cuenta de que la podredumbre estaba ingresando por debajo de las raíces. Poco a poco, sin notarlo, una humedad pegajosa y repulsiva fue carcomiendo los cimientos de mi casa. Justo justito cuando yo la había dejado tal y como la quería. Le había comprado ventanas nuevas, unas grandes ventanas. Cortinas que hacían juego con el mantel y el centro de mesa que conseguí en un pequeño bazar cerca de la casa de Mabel. La humedad pegajosa y repulsiva fue implacable con mi colección de muñecas de porcelana. Los vestiditos bordados de pintitas se llenaron de hongos malolientes y cuando quise detener el deterioro ya era demasiado tarde. La humedad pegajosa había comido todo. Fueron en vano mis intentos de detenerla. Me atacó cuando menos lo esperaba. Se fue formando alrededor de mi cama hasta que la tuve encima, durmiendo conmigo, pegada a mí. Nuestra respiración se mezclaba y ya no era mi aliento el que inundaba la reducida casita, sino el de ella. Cuando yo hablaba, era la humedad quien elegía las palabras. Cuando yo reía, era ella quien contaba los chistes. Cuando yo cavilaba era ella quien seleccionaba los pensamientos que se introducían en mi cabeza. Cuando te besaba, no era yo, era ella. La humedad pegajosa y repulsiva se apoderó de todo y no pude hacer nada para evitarlo. Vos tampoco hiciste nada, así que la dejamos ser. Dejamos que la humedad repulsiva y pegajosa nos envolviera y nos volvimos mohosos y me dejaste. Ahora vivo en la calle, oxidada, solitaria, rota. Intento no pensar en mi casita, en nuestra casita, pero a veces se me hace insoportable, inaguantable.

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Patricia Gi Tessari
Argentina de nacimiento y griega por elección. Patricia es una turista que escribe. Profesora en Letras. Vive actualmente en Atenas porque quiere vivir su propia tragedia griega. Escribe y lee pero más que nada toma café.

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