Isabel nació callada, no gritó ni pataleó como solemos hacer todos cuando nacemos. Tan pequeña y tan misteriosa, era una incógnita para todos aquellos que pasaban un tiempo con ella. Su madrina Sussy la llenaba de obsequios, muñecas hermosas casi de su altura, con bellos vestidos de todos los colores posibles adornados con los moños más grandes que se hayan visto. Las traía de Europa cada dos meses, magníficas muñecas con rostro de porcelana que, si no fuese por su textura suave y fría, uno pensaría que son de verdad. Pero en realidad Sussy tenía miedo de Isabel, era una niña pálida en todo momento, sin expresiones. Lo único que denotaba vitalidad era el rojo de sus labios. Jugaba en silencio con sus muñecas, Sussy la espiaba a veces para ver si Isabel hablaba con ellas y efectivamente lo hacía. Largas charlas mantenía con sus juguetes, los temas abarcaban todo tipo de discusiones filosóficas. Conversaciones acerca de la moral, la verdad, la vida y la muerte, le belleza y la fealdad. Un día en el patio salió con su tropel de muñecas a charlar como de costumbre y una de ellas cayó de su cochecito de plástico y se estrelló súbitamente contra la cerámica del suelo, la cabeza se partió en varios pedazos. La pobre muñeca quedó desfigurada ya sin arreglo porque no es posible pegar la porcelana sin que se noten las rajaduras. Sussy sabía que esa muñeca era la especial, tal vez por su extraño parecido con Isabel, ese detalle la convertía en la consentida entre la gran cantidad. Era a la que más peinaba, la que dormía junto a ella acomodada sobre la almohada y la que acompañaba a la niña casi en todo momento, menos cuando Isabel se bañaba, tal vez por pudor a que la viera desnuda, pero si estaba Isabel en algún lugar, la muñeca estaba allí, mientras merendaba, mientras escuchaba la radio, mientras leía. La acompañaba en las clases particulares, la muñeca oía con sus oídos falsos todo cuanto a la niña se le dijese.

Al verla partida y deformada Isabel quedó inmóvil con la mirada fija en la muñeca amorfa. Sussy estaba preparada para ir a reconfortarla, sería aquella la primera vez que la vería llorar, Isabel no lloraba nunca. Ningún golpe o raspadura hizo que de sus ojos brotaran lágrimas, cuando un niño llora puede ser lo más insoportable de oír pero en el caso de Isabel todos querían oírla llorar, que demostrase dolor o felicidad o algún sentimiento en realidad. Sussy pensó que ese sería el momento propicio para que lo haga, después de todo pasaba más tiempo charlando con esa dichosa muñeca que con cualquier otra persona. Pero se llevó una gran sorpresa cuando Isabel pateó la muñeca hacia un costado entre unas macetas que adornaban el patio, se sentó y sacó un cepillo del bolsillo de su vestido, tomó otra muñeca (una rubia en este caso), comenzó a peinarla y continuó con su conversación “-Como decía, susurró la niña-, hoy en día es muy difícil saber cuándo una está realmente preparada. ¿Nunca te pasó que…?»

Compartir
Artículo anteriorEl teatro XXX de Bogotá
Artículo siguienteVuelta a la página
Patricia Gi Tessari
Argentina de nacimiento y griega por elección. Patricia es una turista que escribe. Profesora en Letras. Vive actualmente en Atenas porque quiere vivir su propia tragedia griega. Escribe y lee pero más que nada toma café.

1 Comentario

  1. ¡Me ha gustado la historia! Bien escrita, exceptuando «Sussy pensó que ese sería el momento propicio para que lo haga». Me sonaría mejor » para que lo hiciera».
    Pero sí, me ha producido intriga el por qué la niña nunca lloraba.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

diez − 1 =