Era tarde en la noche cuando se lo llevaron. Llovía. Llovía incesantemente. Hacía frío. Cuando di la vuelta para mirar hacia donde aún dormía el nenito me di cuenta que no sabría qué decirle cuando notara su ausencia: ese vacío que había quedado en el costado de la cama que siempre había ocupado, donde las sábanas revueltas conservan aún la tibieza de su cuerpo, ahora unida a la tibieza de las lágrimas de mamá. Ella mordía su falda en un llanto seco, quizá para no despertar al nenito, quizá para no mostrarse débil, ahora no, ante mí. No supe llorar. Aún ahora, veinte años después, no he sabido hacerlo.

Detrás del rumor de la lluvia se instaló el silencio.

Yo recuerdo claramente esa noche, Jose. El pueblo parecía dormido, inmóvil en la incertidumbre pastosa que siempre dejaba el ruido de esa camioneta al salir del pueblo, tomando el camino de La Montaña. Estábamos solos en casa. Todos permanecíamos como idos, esperando que tu alma volviera de ese profundo silencio, de esa mirada vacía que todo traspasaba y a todos nos alcanzaba: tras la ventana de mi casa (Desde donde pude ver una silueta con la cara tapada y las manos atadas a la espalda en medio de dos fusiles que brillaban con la lluvia: esa fue la última vez que vi a tu papá sin saber que era él, en ese momento), en el campanario de la iglesia (el doblar de las campanas era ya una música habitual, una parte más del paisaje sonoro de nuestro pueblo, como las voces que anuncian las ventas de quibbes o panes de queso, desde que nos ha estado visitando esa maldita camioneta: La última lágrima), en las gradas casi vacías del estadio a no ser por ocasionales jóvenes amantes refugiados en su soledad herrumbrosa, en las calles… en las calles desérticas donde ya no quedaban al atardecer ni los perros, ni los puercos. Ojalá lo podamos enterrar, entró diciendo papá escurriéndose el agua, sin imaginar, siquiera, que a él también llegaría a alcanzarlo la muerte en el camino que lleva a La Rinconada, agitado por la visión de unos hombres armados (dos camiones repletos, a decir verdad) recibiendo agua y provisiones cerca de la emisora, al filo de la media noche. Ese día velábamos al señor Agapito, el único muerto natural que habíamos tenido en los últimos meses.

Antes de materializarse el miedo se nos presentó de una forma, tan eficaz como un balazo, que nos sacó de inmediato de nuestra inamovible cotidianidad, transformándola irremediablemente. No pudimos ver, entonces, a las Lascarro alzarse nuevamente con el campeonato de baloncesto femenino, ni a los Polos disputarle la final de micro fútbol al siempre difícil combinado del barrio Diez de marzo… En la bomba central de la cancha del parque centenario encontramos una gran mano negra pintada, destilando una sentencia: “La muerte ha venido para quedarse”. En la fachada de la alcaldía y en el atrio de la iglesia aparecieron panfletos con una larga lista de paisanos que debían abandonar el pueblo en un plazo dado para no ser asesinados. Conocimos el terror, pero nunca pensamos que en verdad llegara para quedarse. Y se quedó.

Vivíamos entonces en el callejón de los micos, cerca al estadio, en una casa que, ahora que he vuelto, no se parece en nada a la que habitábamos: ya el techo no es de palma amarga, ni las paredes de barro y boñiga, ni se le pelean los espacios a la oscuridad con mechón ni se espanta a los mosquitos con musengue, pero, a decir verdad, las cosas si han cambiado en el pueblo, pero ha sido para empeorar: La Mano Negra es quien gobierna ahora o lo hacen en su nombre unos peleles. Los tentáculos ponzoñosos del paramilitarismo se apoderaron de lo público y lo privado, cosa que pasa por la determinación de los alcaldes y sus funcionarios, los asesinatos selectivos de quienes se atrevan a llamarlos por su nombre: ¡paracos! Y señalarles sus obscenidades y el desplazamiento de aquellos que les sobreviven y sin embargo no logran amoldarse a la sociedad enferma en la que se ha convertido mi pueblo, hasta llegar a incidir en los precios de la mercadería de los comercios basados en impuestos paralelos a los del gobierno para poder permitirles el funcionamiento e incluso al señalamiento de los horarios en los que la vida retoma su normalidad aparente o su resignación, que en este caso es lo mismo.

No sentí miedo. Sentí rabia: Me dolían las tripas de solo recordar cómo se lo habían llevado y ver que pasaban los días y no recibíamos noticias de su paradero: mamá conservaba la esperanza de que aún viviera, pero algo en sus ojos me decía que sabía que estaba muerto. Al amanecer, luego que terminaba el toque de queda impuesto por La Mano Negra, todos tratábamos de volver a la normalidad. Mamá hizo lo posible para que el día transcurriera sin sobresaltos para el nenito: todavía me parece sentir las miradas de lástima de algunos vecinos sobre nosotros, Jose, algunas otras miradas tenían en su silencio algo de reproche y señalamiento: Papá tenía que ser un cuatrero o asaltante o informante de uno u otro grupo de los que se pasean por el pueblo como Pedro por su casa, para que se lo hayan llevado. Sé que eso decían entre sí, al ver pasar a mamá conmigo en sus brazos para llevarme a la escuelita. Su marido sólo había decidido hablar cuando los demás optaban por callar o hacerse los güevones, nada más. Nada más. Aún sigue hablando desde su tumba, porque el silencio no es ausencia de discurso, el silencio también es una protesta, aún más el silencio de papá.

Antes de que nos rondara esa camioneta uno se preguntaba: ¿por quién doblan las campanas? Era un hecho escaso y cuando se daba era una cuestión bastante poco trágica, a pesar de que la muerte nunca deja de serlo: entonces sabíamos bien por quién doblaban, cosa rara, repito, pero hoy en día nadie sabe bien por quién doblan, cada que suenan: por el mismo monaguillo que las tañe con más tristeza que nunca porque los muertos de los sepelios a los que convoca son también sus muertos, por… por ti, por mí, por aquellos. Las campanas doblan por todos, hermano, ¡por todos!

El pueblo nunca ha podido darse cuenta con claridad cuándo empezó todo. Algunos dicen que este martirio tomó su lugar entre nosotros la noche que acribillaron a Lucho, Chile y Tine en el billar de la calle 9 y quizá sólo hasta muchos años después llegue Guamal a tener conciencia de lo que va a vivir, con la muerte apeñuscada en el cementerio y las distancias a los otros pueblos medidas por las cruces regadas en los caminos. La vida apenas si se podrá aferrar a algún girón de normalidad en las misas de los domingos y la afanosa jornada de mercado al final de ellas. Ni siquiera los fantasmas habituales han vuelto a recorrer las calles: al suicida del caño de la calle del Carmen lo vieron dando vueltas por el Botón, aburrido. Los mismos feroces indios de Las Guayabitas que repelieron las huestes de la Marquesa de Hoyos prefirieron dejar sus tierras ancestrales, en Juangrande, a los muertos de otros tiempos, más recientes, preferiblemente, porque ni siquiera ellos con su doble cerca de dentadura y sus tres chilangas bien puestas se sintieron capaces de enfrentar a estos nuevos invasores: Los seres más crueles y despiadados que hayan podido conocer en sus cientos, miles de años, en este país de Pocabuy.

La idea de la muerte que yo tenía hasta ese entonces no iba mucho más allá de la de mi padrino corriendo con mi bisabuela en sus brazos hacía el hospital, desmenguada, y la de las cuatro tablas donde habían metido a mi tío Oscar una mañana que pasé por donde la abuela antes de ir al colegio: a él no quise mirarlo, ¿para qué?, era mejor seguir con su imagen a caballo por la finca, con su bello sombrero, su peinilla y su bayeta de cuadros. La muerte me estremeció por primera vez cuando supe que Carlos se había ahogado, tratando de cruzar el río por tercera o cuarta vez, unos minutos después de haber estado jugando fútbol con nosotros y por poco me manda al suelo hace un par de años cuando al llegar de la escuela, encontré al abuelo con la boca llena de espuma en la mecedora donde siempre me cuenta o me canta sus cuentos, pero el abuelo le supo hacer el quite y aún sigue cuidándome, ahora más que papá no ha vuelto. Ya no lo esperamos.

Los ojos cansados de mamá miran el suelo de la calle del cementerio, que es la única que tiene pavimentada el pueblo, haciendo lo posible y lo imposible por detener las lágrimas en la cima de sus pestañas: encontraron el cuerpo de papá tumbado, en posición fetal, bajo el puente del Quemao, en la vía a Astrea, que es la guarida de esos sinvergüenzas. Trajeron a mamá sus botas y ropas todas llenas de lodo y el anillo de matrimonio que habían mandado a hacer en Mompós donde los Trespalacio yentonces sí reventó a llorar y, entre dientes, comenzó a maldecir al alcalde por no hacer nada para detener esa carnicería y a los policías por ser cómplices de esos asesinos. Se secó las lágrimas con rabia, me tomó de la mano y se metió al cuartucho séptico y destartalado que hacía las veces de morgue siendo en verdad un nido de ratas y murciélagos. Lo abrazó fuerte, lo besó en la frente, en las mejillas, apretó sus manos, se recostó a su pecho desnudo y volvió a llorar sin levantarse de su pecho. Habían pasado dos días como en un suspiro, en medio de un sereno ininterrumpido y un ronroneo de sapos en los charcos de las calles: el pueblo seguía en esa lúgubre monotonía que solamente trastocaba el rugir del motor de esa maldita camioneta. Rugió al doblar la esquina en busca del matadero, volvió a rugir luego de un chillido de los frenos, en medio del tropel de cuerpos en forcejeo, rugió otra vez dando inicio al silencio indecible que precede a la transfiguración de la muerte en sus infames pasajeros.

Sentí miedo esta vez. Volvió a partir en su viaje desolador hacia La Montaña…

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Luis Carlos Ramírez Lascarro
Colombia. Ha publicado en las antologías: Poesía Social Sin Banderas, Editorial Manigraf (2005), Polen para fecundar manantiales, CIINOE (2008), Con Otra Voz y Poemas Inolivdabes, Latin Heritage Foundation (2011), Tocando el Viento, Taller La Poesía es un Viaje (2012) y la Antología Nacional de Relata del 2013. Ponente invitado al Foro Vallenato Clásico en el marco del 49° Festival de la Leyenda Vallenata (2016) y al VI Encuentro Nacional de Investigadores de Música Vallenata (2017). Su ensayo: El Vallenato Protesta fue incluido en el 4to Número de la Revista Vallenatología de la UPC (2017). Su artículo: El Clarinete mayor de Colombia, fue nominado a los premios del Círculo de Periodistas de Valledupar del 2017.

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