La mujer cantaba horrible. El estertor de la música llegaba a mí desde más allá de un punto invisible entre los primeros hombres, sentados frente a mesas circulares en grupos de dos o tres y los cuerpos agitados de las jóvenes meseras que se esforzaban por ver terminada la noche al fin. Había salido muy tarde del trabajo y al llegar al lugar, me había sido dado el poder inmenso de escoger entre la última mesa y la pequeña silla absurda y solitaria situada junto a la puerta del baño de las señoritas.

En la última mesa —ajeno a mi sarcasmo—, había un anciano que movía la boca con desagrado cada vez que tomaba un trago de licor. Al toser, se cubría la boca con un pañuelo delgado y luego lo perdía en la invisibilidad del bolsillo derecho de una vieja chaqueta color marrón. Le hice una señal a una de las jóvenes y me instalé sin decir palabra. Emprendí el simulacro de un saludo que no terminé, pues el anciano no alzaba la cabeza. Fue violento el gesto con el que colocaron la botella y sin embargo, no me percaté de que el objeto estaba en mi mano sino hasta cuando ya había bebido la mitad de su contenido.

Pensé que él estaba loco y que hablaba para sí. Después, cuando vi cómo inclinaba su mano y balanceaba un poco la cabeza, entendí que desde hacía un momento había comenzado a narrarme algo. Un leve sentimiento de tristeza me embargó de repente. No se trataba en realidad de que yo quisiera oírlo, era que ya nunca podría rechazar su historia, simplemente la había perdido sin saberlo y en contra de mi voluntad…

…A donde van ahora,
los soldados tristes.
¡Mira! mece el viento
sus cabellos grises,
es lo único que puede ya
mover de las almas jóvenes.

La mujer seguía llenando la falsa transparencia del aire con su voz. La imaginé desnuda, volcada en la noche sobre un legajo de papeles, componiendo las letras de aquella melodía. El viejo susurraba sin decirme adiós; sin adivinar que me había abandonado a su anécdota sin treguas. Vi cómo se ponía el pañuelo sobre los labios y me acerqué un poco para escuchar cómo tosía…

—Esa fue la primera vez que la vi— dijo en seguida —Pero como usted sabe, son difíciles de entender. Fue a verme más tarde; una noche cuando preparábamos la escenografía sobre las tablas, estaba muy hermosa y llegué a pensar que podría enamorarme de ella. El papel, claro está, ya lo tenía la esposa del actor principal y yo no podía inmiscuirme, después de todo ya lo habíamos ensayado así. No había además mucho tiempo… —

Otra señal y pronto descubrí otra botella. El gesto de sorpresa, nacido de mi descuido, divirtió al anciano. Su sonrisa mutilada –le faltaban varios dientes-, me pareció una sentencia de muerte entremezclada con la frágil pureza en su alegría infantil. Más allá de las mesas en las que todavía habían hombres departiendo ruidosamente, yo adivinaba a la mujer –no podía verla-, que bebía de un vaso con agua y se preparaba para la última canción de la noche.

Un subterfugio: Alcé la mano delicadamente y luego volví la mirada. Cuando la mano de la joven puso la botella sobre la mesa, la seguí hasta su más alta consecuencia. El rostro –cansado y fugitivo-, parecía desnudo pues su cabello negro era como la hondura y la oscuridad en la noche. Los labios rojos, delgados y humildes, avanzaron una sonrisa de muerte temprana en cuya necrótica me abandoné por un instante…

Me doy a la nostalgia
y doy mi ser al olvido.
Abuso de todo mi tiempo
y otros lo abusan conmigo.
Qué triste es tener el alma,
el alma prestada al olvido.
Qué triste es darse nostalgia
y saber que ya no me tengo
conmigo…

El anciano bebió otro sorbo y dijo —La noche del estreno se había hecho correr el rumor de que habría un importante agente extranjero en el palco de honor viendo la función. Todos los actores se habían preparado durante mucho tiempo. Todos, hasta los de papeles más pequeños, guardaban la esperanza de cambiar su destino con ese mágico golpe de dados. El actor principal se había acercado a mí, en confidencia. Me dijo que en caso de ser él el escogido por el agente, pediría el divorcio y se radicaría en el extranjero. Después de todo, hablo francés fluidamente, dijo. ¿Y qué pasa si es tu esposa la escogida?, le pregunté. Pues entonces nos vamos juntos, contestó.

—Los esposos interpretaron maravillosamente sus personajes durante la primera escena. Yo estaba tras el telón contemplando la obra cuando la vi llegar. Tenía puesto un largo gabán y se había hecho maquillar. Me dijo que había sido un crimen no darle a ella aquel papel y yo estuve de acuerdo. Permaneció a mi lado durante el resto del acto. Incluso me tomó de la mano. Luego cuando fue el turno del gran monólogo a mitad del segundo acto, me soltó y se encaminó al escenario. Ambas actrices se miraron largo rato y luego comenzaron a hablar al mismo tiempo. La sincronía de sus movimientos hizo palidecer al público. Algunos llegaron a pensar que se trataba de un recurso nunca antes visto y hubo quienes adelantaron un aplauso precoz. Cerca del final, el palco de honor que hasta ese momento se había mantenido entrecerrado prudentemente fue revelado. No había nadie allí y solo una de las mujeres terminó el monólogo…—

Permanecí en silencio. La música se había acabado y los clientes comenzaban a marcharse. Como no vi pasar a ninguna mujer salvo a las meseras, me levanté de la mesa sin esperar a que el anciano terminara la historia. Más allá de las mesas circulares, ahora vacías, un hombre delgado acomodaba las sillas viejas. Me acerqué para preguntarle por la cantante. Me preguntó si me había gustado la música. Le dije que sí… él me dio las gracias.

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Arturo Hernández González
Colombia. Escritor, docente, músico, traductor y poeta. Fue honrado con el título honorario Embajador de la Palabra (Museo de la Palabra - Fundación Cesar Egido Serrano, España, 2014). Es posible encontrar reproducciones de su obra en la Revista Humus de la Universidad La Serena (Chile), en la Revista Literaria Pluma y Tintero (España), en la Revista literaria La Caída de la Pontificia Universidad Javeriana (Colombia), en la Revista Demencia (Colombia-México), en la Revista Monolito (México), en la Revista Cronopio (Colombia), en el Periódico Las2Orillas (Colombia), en la Revista Gregario del Centro Internacional de Estudios Literarios (México), en la Revista Cinosargo (Chile) y en la Segunda Antología de Poesía de EdicionesDeLetras (2013). Ha traducido al castellano a autores como el poeta búlgaro Stefan Tsanev, el poeta siciliano Ibn Hamdis y al Premio Nobel de Literatura (1981) Czeslaw Milosz. Prologó el libro de poesía Identidad del poeta y periodista argentino Leandro Murciego, realizó la introducción a la edición bilingüe de El Cielo Ajedrez y el prólogo del libro Altar de Luz y Luna del poeta español Antonio Agudelo. Le han sido realizado numerosas entrevistas, destacando sus intervenciones en la Feria Internacional del Libro (Colombia), en la radio argentina para el programa Noche de Letras 2.0, en la radio estadounidense en Punto y Seguido Radio para el programa Debajo del Sombrero, en la Revista Cinco Centros (México) y en la Fundación Universitaria del Área Andina (Colombia, 2016). Es autor de libros como Olor a Muerte, publicado en un compendio por la Red Distrital de Bibliotecas Públicas (Biblored, 2011; 2012) y Breviario de lo Incierto (2017). Ganador del I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía (2017). Es el Director de la Revista Internacional de Cultura y Artes Noche Laberinto.

3 Comentarios

  1. Un texto poético, musical y profundisimo como todo lo que escribe el maestro Hernández. Todo el cuento mezcla esa escénica del cine con la poesía. Y al final un giro a la trama. Me encantó.

  2. el maestro Hernandez es el poeta musical de la nostalgia, en todos sus cuentos esta como difuminada la linea entre la narrativa y la canción. Felicitaciones a Elipsis por estas publicaciones increíbles.

  3. Todos los escritos de Hernández tienen esa aura magnifica de sabiduría y de incertidumbre, por algo su poemario se llama Breviario Incierto, pero de verdad que hace preguntarse muchas cosas sobre el amor y la vida, gracias

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