Francisca, indígena rarámuri; alumna mía, a la que llamaban Chica, como diminutivo; cursaba el segundo año de telesecundaria; caminaba una hora para llegar a la escuela, cruzaba las veredas que conocía como la palma de su mano, acompañada de su hermanito que estaba en la secundaria; ella por ser la mayor y considerando que según sus usos y costumbres a los doce años, se llega a la adultez, era la responsable de su hermano, incluso su mamá Virginia se ausentaba durante la temporada de pizca de manzana, ya que se trasladaba a trabajar a otro municipio durante el cultivo de esa fruta, les ofrecían trabajo, venía por ellas una camioneta, se montaban en la parte trasera y se marchaban dejando una estela de polvo, perdiéndose en el horizonte, sin mirar hacia atrás, con el corazón palpitante y la seguridad de volver; por que los indígenas podrán perder todo, menos el lazo entrañable con el terruño. No hay promesa de volver, solo certeza del retorno.

Los niños permanecen al interior de la casita de palo rollizo, calentándose junto a la estufa de leña, sin salir a despedir a Virginia…pues tienen la certeza de su regreso.

La escuela es ese lugar tan diferente que tiene piso de cerámica, butacas, ventanas con vidrios y puertas metálicas, a Francisca le gusta su salón; tiene sus libros debajo de su asiento y una bolsita con sus bolígrafos y lápices, los cual atesora; no tiene mochila, utiliza un morral que le regaló la señora de la tienda, por unos encargos que hizo.

Virginia fue un día la escuela, solicitó permiso para llevar a Chica a la clínica de un poblado próximo donde ese día vendría un doctor a consultar. El diagnóstico fue contundente: Chica resultó embarazada, se desconocía el nombre del padre…y se desconoce, ya que al preguntarle a Chica sobre ese tema solo agachaba la cabeza y no respondía.

Chica no dejó de asistir a la escuela durante el embarazo y después de parir siguió acudiendo con regularidad.

Las actividades propias de la escuela en el medio rural son todo un acontecimiento; en especial los encuentros deportivos: durante tres se llevan a cabo carreras de atletismo, partidos de futbol, voleibol, basquetbol y juegos tradicionales. Diecinueve pequeñas escuelas que conforman la zona escolar, trasladan a sus alumnos y permanecen esos días celebrando justas deportivas y permitiendo la convivencia entre los muchachos.

Al organizar los equipos, Chica tenía mucha disposición para participar en todas las actividades; así que, al considerarla miembro de nuestro contingente, debíamos proporcionarle todas las facilidades para su asistencia; esto incluía llevar a su pequeño con nosotros, ya que lo estaba amamantando y a Virginia, para que lo cuidara mientras Chica, participaba.

Se nos asignó como escuela, una casa de las más amplias de la comunidad; preparamos “tendidos” para dormir, es decir acomodamos cobijas en el piso; por fortuna abril fue benévolo sin frio y gozamos de un lugar acogedor para pernoctar.

Durante las noches el bebé de Chica no nos permitía dormir porque lloraba y gemía; Virginia roncaba, pues se engripó y dormía durante el día y la noche; posiblemente el pequeño también tenía malestares.

Los días de convivencia son enriquecedores. Pasamos mucho tiempo con los jóvenes, preparamos comida para ellos, participamos en sus juegos, damos instrucciones, animamos, regañamos y bromeamos. Un día de esos, tomamos una foto que el día de hoy encontré; es una imagen que se convirtió en uno de esos recuerdos que la memoria atesora.

Siempre he admirado el arte pictórico, que desconozco mucho; sin embargo, mi ignorancia no ha sido impedimento para que disfrute de las pinturas, en especial de una que se llama Madre Niña de David Alfaro Siqueiros y la asocié de inmediato con Chica, con su historia.

Y en esa encrucijada de la historia de mi vida y la vida de Chica, se encuentra ese momento en que las dos coincidimos; Madre Niña, captura en un cuadro la visión de un hombre y con su imagen nos hizo enternecer y estremecer los corazones. Madre Niña me recuerda a Chica, su carita redonda, su cabello lacio, su tez de bronce, con su sonrisa disimulada y su niño en brazos.

Compartir
Artículo anteriorPájaros
Artículo siguienteEl favor
Ana Verónica Torres
México. Apasionada de los procesos de enseñanza – aprendizaje, con amplia experiencia en educación intercultural; Licenciada en Derecho y Contador Público, como formación inicial; Licenciada en Enseñanza de Historia y aspirante al grado de Doctor en Educación. Se desempeñó como docente en la Sierra Tarahumara durante 10 años, en comunidades rarámuris y tepehuanas, es columnista del Sol de Parral, en su versión impresa y digital; participó en el Maratón de las Letras convocado por la Sociedad de Escritores, de Cd. Juárez. Speaker en las charlas TEDx Jardines de Satélite en Febrero de 2018.

3 Comentarios

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

diez + nueve =