¡Qué trauma!, toda la vida mi madre me ha cantaleteado con ese cuento de que sea ordenado. Ya me tiene harto. No soporto esa voz chillona y aguda diciéndome cada segundo que levante, que bote, que deje, que no deje, que alce, que guarde, que ordene el cuarto ¡Madre, por favor, tengo 40 años!

—Si deja las cosas en su lugar, es más fácil para los dos —insiste ella y olvida que yo no funciono con sermones. No entiende que somos diferentes, fue por eso que decidí arrendar éste apartamento. No pensé que el destino me jugaría esta mala broma.
—No me asfixie, por favor —le grito.
—Entonces, ¿para qué me llama?, ¿para qué me pide que venga?
—Para que me ayude, no para que me fastidie.

Mamá se queda callada, bravísima; hasta la piel le cambia del enojo, la tiene más lisa. Me da la espalda y se concentra en limpiar la estufa. Ella nunca estuvo de acuerdo con que comprara la moto, «es muy peligroso, sobre todo con estas lluvias» me dijo hace un mes y a las dos semanas pasó el accidente. No fue tan grave, pero con muletas cualquier cosa que quiero hacer me toma el doble de tiempo; necesitaba una mano para poder concentrarme en el trabajo retrasado, por eso la llamé.

Mi madre no entiende que ya no vivo en su casa, no soy un niño chiquito y no estoy dispuesto a soportar la misma lora de veinte años atrás: que las visitas son en la sala, que la cena es en el comedor y no en la cama, que hay que llegar antes de las diez de la noche porque la casa no es un hotel…

Me levanto de la cama con dificultad, cojeo para dejar los platos del almuerzo en el lavaplatos y le digo: —Gracias, muy rico.

Los crespos se le ondulan más y ni siquiera me mira; de algún modo ella tiene razón. Debería pedirle disculpas, pero no lo haré, ese tipo de reconciliaciones me resultan algo extraño. Esperaré unas horas, ya se le olvidará.

Es obvio que somos diferentes y el orden es lo que menos me importa. Las órdenes de compra son las que me interesan en este momento. No le puedo fallar a mi jefe, esta vez lo cogí de buenas pulgas y me dejó teletrabajar; tengo un jurgo de procesos por terminar, 40 contratos en gestión y aún no cumplo con el indicador. Madre, la necesito, si se pone de orgullosa y me abandona, estaré en problemas.

Vuelvo a cama, acomodo el portátil sobre mi regazo, me ajusto los audífonos y pongo la emisora para desestresarme un poco. Suena mi banda favorita y dejo la quejadera. Las cuerdas del bajo vibran en mi tórax conteniendo el boom de mi corazón, los acordes, uno por uno, calan en mis huesos: C G C G C D Eb Bb Eb Bb G F Eb F G G F G. ¡Uff! y me llenan a plenitud. Las trompetas suenan como niños correteando, las notas altas atraviesan mi estómago y explotan allí adentro; solo quiero cantar. Contengo la emoción, no quiero que mi madre piense que me he aliviado y concluya que no la necesito; me muerdo los labios sosteniendo el sabor de las congas en mi cuerpo mientras con la cabeza marco el beat de la batería que acelera mi ritmo cardiaco. Debí haber estudiado música, si hubiera seguido mi instinto tendría menos dinero, pero más satisfacción, conocería personas más interesantes, artistas, productores, sonidistas y no solo decenas de proveedores y clientes malhumorados.

El estilo de la canción cambia a un blues sabrosongo. Chasqueo el ritmo en mis dedos. Mamá me da una miradita y señala molesta las muletas junto al sofá, ¿ese es el puesto? Leo sus pensamientos. Un poco de disco al final y llegamos al clímax. Los vientos se enloquecen, el sintetizador juguetea, un solo de batería, un corte sincopado, uno más, otro y otro ¡Tras! ¡Tras! ¡Tras!, la bella pieza remata entre redobles y platillos que estallan en éxtasis, el placer sube a mi cabeza, la canción acaba y sé perfectamente lo que tengo que hacer: es hora de ordenar mi habitación.

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Lisbeth Flórez
Colombia. Mujer apasionada por la vida, con ideas en la cabeza y gusto por el arte. Escribe desde que estaba en el colegio, sus profesores le animaron a hacerlo porque consideraban que tenía talento. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Católica de Colombia. Estudió un M.A en Escritura Creativa en la universidad de Greenwich en Inglaterra, ha escrito para tres fanzines: Cabeza de queso, Tiempo latino Londres y Doble filo, fue la directora de este último. Sigue escribiendo y estudiando porque sabe que no puede dejar de hacerlo. Escribir se ha vuelto una necesidad básica.

2 Comentarios

  1. Wow! !! Jajajajaja las mamas no! Cambian
    Nosotros si …..
    Gracias!
    Justo pensaba » como me gustaria que mi mama fuera otra » pero Gracias a Dios tenemos todavia una .

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