La voz de Kristóf era similar al ruido de una caverna oscura. Kristóf tosía mucho, tanto que le caía sangre de la boca. Tenía la costumbre de despertar por la madrugada. Su cara se arrugaba cuando lograba imitar los ladridos de nuestro perro. Entonces desperté con los pies congelados, tenía la frente como una estufa a leña. La garganta me daba saltos, se estremecía al igual que Kristóf por la noche luego de una pesadilla de campo. Sus pesadillas transcurren en planicies, campos infinitos. En mis pesadillas hay bosques profundos, colinas rodeadas por una espesa nube.

Mamá nos llevó al médico. El doctor dijo que no saliéramos de nuestra cama. Tienen los pulmones enfermos, no salgan de sus camas. Luego papá se daba la vuelta y la luz de la habitación se iba con él. A la noche despertábamos asfixiados, Kristóf me miraba desde su cama y volvíamos a toser. En penumbra, desde una cama a otra nos comunicábamos en la lengua de los animales.

Kristóf lo tenía tomado por las patas delanteras y yo de las traseras. Llevábamos gorras como las que usaba el tío Gábor. Un día cruzábamos el Danubio, los tres en bicicleta y una ventisca se llevó su gorra. El tío Gábor obligó a Kristóf a meterse al Danubio. Era invierno. Para recoger la gorra había que adentrarse un poco en el agua. Kristóf era un gran nadador, mucho mejor que yo, por eso el tío Gábor no estaba preocupado cuando mi hermano no pudo mover los brazos por el frío. El Danubio le congeló parte de los dedos de las manos. Tuvimos que quedarnos a dormir una noche más en su casa. Kristóf durmió cubierto por una manta a un costado de la chimenea. Al día siguiente, Papá nos vino a recoger.

Kristóf iba delante mío por en medio del bosque. Kristóf lo tenía tomado por las patas delanteras y yo de las traseras. Era un día de sol, pero el sol estaba muerto. Mis manos temblaban con el frío de los árboles. Kristóf tenía las mejillas rojas como la sangre que le caía de las narices. Recorrimos un sendero extenso hasta que llegamos a una especie de rotonda. En el centro había una roca circular con la superficie plana, por alrededor, pisadas de visitantes desconocidos. La cría de ciervo tenía los ojos negros. Pusimos al cervatillo encima de la roca y Kristóf me dejó resguardando al animal, pero el cervatillo no mostró jamás alguna intención de escapar, daba la impresión de la ceguera. A un costado de la roca había un fogón encendido y a su lado estaba Kristóf arrodillado. En su mano tenía una navaja, la cual puso en el fuego durante varios minutos. La hoja del cuchillo tomó un color rojizo como las paredes de un fogón de barro. No te llamas Gergö, tu nombre es una maldición del bosque. El cervatillo articulaba sonidos como los loros adiestrados, pero yo solamente podía mirar la navaja de fuego que Kristóf tenía en su mano; y de su mano salía vapor pero no se quemaba. Tomé la cabeza del cervatillo y la afirmé contra la piedra. Reparé en que la cabeza del animal y la mía eran del mismo tamaño. Por momentos me imaginé decapitado, con los ojos anegados en sangre negra. Ser un cervatillo es una maldición de Dios, pensé, luego de que Kristóf empezara a rajar su cuello. Del cuello del animal salía vapor y algunas lenguas de fuego. Los ojos del cervatillo pasaban de Kristóf al cuchillo, luego por mi cara y otra vez el cuchillo. De su boca salían sonidos como los de un perro ahogándose en el río.

Cuando Kristóf y yo nos quedábamos en casa de nuestro tío, acostumbrábamos dormir en la habitación de su difunta esposa. El tío Gábor disfrutaba mucho cuando recordaba del amor y el romance al borde del Danubio. Nuestro tío tenía la voz profunda como un pozo. Luego de oír sus historias, Kristóf solía tener pesadillas durante la noche. Mientras tiritaba a un costado de la chimenea, tío Gábor se refirió al relato de un ciervo mágico en los bosques de Gemenc.

Hunor y Magor, príncipes de antiguas tierras, cazaban en las profundidades del bosque. De pronto, un ciervo blanco del tamaño de tres hombres apareció delante de todos. Su nombre era Csodaszarvas y entre sus mil cuernos brillaba el amanecer. El ciervo atacó a los cazadores e hirió a cincuenta soldados de muerte. Si los príncipes no se marchaban, la próxima vez tomaría sus vidas, pero Hunor y Magor eran príncipes de gran poder. Reunieron su ejército desde el oriente hasta el occidente para luego sitiar el bosque. Csodaszarvas, enterado de su pronta muerte, engendró doscientos cervatillos y así su linaje sobrevivió a la cólera del hombre. Cuando los príncipes encontraron al ciervo, tomaron su cuerpo y le dieron caza. Su cabeza fue cortada y fue la noche durante tres días. Se dice que sus hijos intentaron muchas veces tomar venganza, pero Hunor puso la cabeza del ciervo a la entrada de su reino. Entonces, al llegar a las puertas de Sculú, los cervatillos regresaban corriendo a las profundidades del bosque, derramando lágrimas mientras cantaban canciones sobre un antiguo ciervo blanco. Esto ocurrió miles de veces, hasta que los cervatillos olvidaron su lengua y la capacidad de preservar la memoria.

De regreso a casa, Kristóf mantuvo su cabeza pegada a la ventana, mientras dormía, sus ojos saltaban por debajo de los párpados. Al rato entré en un profundo sueño. Estaba sentado en la parte trasera del automóvil, mirando desde la ventana los árboles enfilados al borde de la carretera. Las ramas crecían como largas manos y las hojas eran pequeñas bocas. Luego alcanzaron la calle y el automóvil con nosotros dentro. Ceguera. Por detrás de los troncos, pequeñas narices de animales. Cervatillos. De sus bocas salían lenguas de fuego.

Al despertar, papá llevaba en brazos el cuerpo de mi hermano. Cuando terminó por fallecer, largas marcas de navajas le recorrían el cuello.

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Victor González Astudillo
Chile. Finalista del XIV premio internacional Gonzalo Rojas Pizarro en categoría relato con el cuento Primeras letras y escrituras. Tercer lugar Concurso de Microrelatos Club de lectura Universidad de La Frontera 2016 con el cuento Canicas. Tercer lugar concurso Relatos de verano, Universidad Alberto Hurtado. Ha sido publicado en diversas revistas literarias, entre ellas Kaleido, Espora, Nuevo Milenio, Monolito, Libro de arena, Letramía, Palabrerías y el Fanzine Geogra Tabvla Aphica Regni Chili, como miembro del taller Operaciones Narrativas impartido por el escritor chileno Bruno Lloret. Actualmente cursa una Licenciatura en Lengua y Literatura en la Universidad Alberto Hurtado.

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