Entonces me miró. Yo no la conocía, pero sí la había imaginado incontables veces, y aunque la había confundido en otras ocasiones, estaba seguro de que esta vez ella era verdaderamente ella. Pues, la noche anterior volví a soñar con esos ojos. Ojos de estrella. Los mismos que ahora me observaban sin parpadear. De pronto, se sentó frente a mí, a un par de mesas de distancia, y me sonrió.

Le respondí con otra sonrisa y tomé un sorbo de café, mientras ella encendía el cigarrillo que apretaba con sus seductores labios, pintados de carmesí intenso. En ese momento, sentí un aire extraño, el presentimiento de que algo sucedería. Pensé en romper el silencio y decirle todas esas frases y versos que nunca publiqué, pero al tenerla tan cerca olvidé por completo qué decir, y la amé sin voz. No era su hermosa presencia, sino su mirada penetrante la que nublaba mi razón y aceleraba mis latidos que marcaban el ritmo de mi encuentro con el amor.

El secreto juego entre ambos continuaba, era un instante extendido en el tiempo, sin palabras, ni conversaciones rebuscadas: un vaivén de gestos que denotaban una conexión íntima entre dos desconocidos que se hallaban sentados por casualidad en la misma cafetería, apenas separados por tres sillas, dos mesas y un muro invisible.

Finalmente, bebí el último sorbo de mi taza, dejé dos billetes para pagar la cuenta, y me dirigí hacía ella, mientras veía cómo recogía, con nerviosísimo, su largo cabello hacía su hombro izquierdo. Dudé por un segundo, pero después confirmé mi decisión: me fui sin volverla a mirar a los ojos, para evitar el riesgo de enamorarme más, y crucé la puerta de aquel lugar sabiendo que posiblemente no la volvería a ver jamás.

Enseguida, desperté sin recordar nada más que unos ojos de estrella. “Ese sueño otra vez”, me dije a mí mismo.

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Carlos Andrés Torrico Monzón
Bolivia. es director de CIED y la revista Ciudadanía, coeditor de las revistas Cienciagro y Análisis, trabaja como consultor en Comunicación y además es fotógrafo y escritor.

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