El concepto que tenía Platón en la Grecia antigua de la poesía y el poder, lo adquiere sin meter las manos en la política de la democracia, hoy en día exclusiva para lo macilento de la masa. De manera velada, la poesía natural considerada dañina, superflua, no por culpa del filósofo considerado una especie de extranjero-sedentario, sino por una lista de mandarines de lo más ridículos, mediadores del entorno de las torturantes miserias del tiempo.

El comentario lleva cierta melancolía, tristeza, enojo por no haber vivido la década de los treinta del siglo XX e insistir en apuntar como en su momento lo hizo Walter Benjamín, en París, que la tendencia política correcta incluye una tendencia literaria.

Innumerables ejemplos me vienen a la memoria de productos culturales conformados indistintamente por la publicidad que somete la parte creativa, resultando para ello, la separación entre autores y lectores. Ha pasado una eternidad de aquel discurso de Benjamín, “El autor como productor”, y todavía la cultura no se constituye en un instrumento eficaz en manos de nadie. Nos define el sabernos a veces parte de la empresa global. Como el decir sin ambages de las ventajas que se encuentra en escribir notas sin sentirnos por ello espirituales, porque eso sería caer en las lecturas obligadas de los consejos de redacción, en el arte de pensar en la cabeza de los otros. Nos lo hemos permitido desde hace años: redactar lecturas intensas que nos obligan a desechar el “sano entendimiento común”. Desdibujado el ego nos creemos Brecht.

Parafraseo muy mal las dudas que tenía Walter Benjamín del sí mismo. Me encuentro como un elemento de utilería, falseo, pues siento vivísimo el alejamiento del arte posaurático.

Quizá esa sea la causa de que Eduardo Subirats al final de su libro Una última visión del paraíso declare muerta su conciencia. Ante la destrucción mediática de las memorias culturales expresa frases como las de aquellos “carburantes para la manufacturación y falsificación industrial de nuevas identidades lingüísticas, raciales y religiosas y sus exclusiones sociales”.

En el ensayo que lleva el nombre del libro relata la experiencia intelectual que atravesó la aventura antropofágica brasileira de Oswald de Andrade y Tarsila de Amaral, en los años veinte del siglo pasado, en la que se aparejó la nostalgia y se creó un proyecto innovador, el de integrar la moderna civilización tecnológica dentro de una concepción radicalmente pagana.

La crítica a la civilización industrial reaparece en otro libro de Michel Maffesoli, que ha escrito El tiempo de las tribus, El conocimiento ordinario: compendio de sociología y el que nos interesa mencionar, El nomadismo. Vagabundeos iniciáticos. Maffesoli dice que hay un “alma desconocida” dentro de cada individuo en el conjunto social. Las errancias como las concebía Walter Benjamín es un éxtasis que permite librarse simultáneamente del enclaustramiento del tiempo individual, del principio de identidad, y del confinamiento domiciliario social y profesional.

Se pregunta Maffesoli si este fenómeno del nomadismo no sería la reapropiación de los arquetipos latentes, donde lo individual se ha despojado de las etiquetas, conminaciones, posturas intelectuales y corporales compuestas por la sociedad, Concede que más allá o más acá de la historia y de lo político existe un “no ser nadie original”, un tanto trágico, pero no por ello menos gozoso, que ya no se asigna una meta por alcanzar o un proyecto que deba cumplir, sino que se dedica a vivir una forma de eternidad, lo que representa siempre algo novedoso.

Los pájaros migratorios, emblema de Maffesoli se sienten cómodos en todas partes y se sitúan al mismo nivel en las relaciones con sus congéneres. Para Maffesoli existe una innegable relación entre el nómada y el iniciado: uno y el otro condenan el conformismo del ser.

Se pregunta Benjamín del aura, o sea, del reposar en una tarde de verano, seguir la línea montañosa en el horizonte o la extensión de la rama que echa su sombra sobre el que reposa: eso quiere decir respirar el aura de las montañas y la rama. El flanêur comenta Maffesoli puede ser considerado como una forma de resistencia que acentúa la ociosidad con todo lo que la moral económica designa como vicios engendrados por ella: es dueño de una vida más abierta poco domesticada; es la nostalgia de la aventura al ritmo de Muddy Waters (Soy una piedra rodante) o el caso ejemplar del antropólogo Nimvendajú que no sabía de dónde venía, pero lo que encontró en tierra guaraní fue otra humanidad desesperada que vivía, cientos de años atrás, un éxodo sin fin. Gracias a él se nos legó una parte del tesoro de la literatura universal.

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México. Publica textos literarios desde hace más de 40 años. Su formación se dio en los diarios y revistas del país, desde 1969. También ha colaborado en plataformas culturales como la de Conaculta y ahora en Secretaría de Cultura. Ha sido reportero, corrector, redactor, coordinador de Comunicación Social de diversas secretarías de Estado. Estudió filosofía y psicología. Es psiquiatra en activo. Ha publicado dos libros, uno de ensayos literarios, Ensayos, y otro de notas periodísticas.

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