Cumplí la treintena entre sangre, heces y sudor; enroscado entre mis sábanas y luchando contra las pesadillas que se hacían reales en mi habitación y paralizaban mi sueño cuando les venía en gana. Acosado por las miles de voces que se aparecían detrás de mis párpados en forma de rostros femeninos y que susurraban con voz quebrada poemas que nunca antes había escuchado ni escrito; poemas que la propia muerte estaba componiendo para mí desde hacía unos meses.

A su vez, una idea oscura y tenebrosa no dejaba de dar vueltas en mi cabeza creyéndose, tal vez, un tiovivo que se movía al ritmo de un acordeón desafinado en tres por cuatro. Esa idea me hacía creer que la genética se había disfrazado de crueldad, provocando que la única herencia que mi madre me legase fuera el cáncer.

Y así, como digo, cumplí la treintena; viendo sombras pulular por mi habitación y tratando de aferrarme a la vida: mirando los ojos verdes del ángel de alas rotas que me acompañaba, permitiendo a mis oídos deleitarse en los ladridos de Eros y Gallaeh, observando la mirada de mi hermano que, inútilmente, simulaba despreocupación; y queriendo agarrar con mis dedos las canas de mi padre como si fueran unas lianas que no permitieran que la muerte tirase de mis pies hacia el abismo; mientras, todos ellos entonaban el Cumpleaños Feliz más extraño que había sonado jamás un 29 de junio.

No tuve una tarta, bizcocho o pastel como antaño. Solo un pequeño e insulso dulce seco de panadería, lo suficientemente insípido para que mi cuerpo, que llevaba semanas rechazando comida, pudiera aceptar.

Tuve miedo de soplar la única y solitaria vela que trataba de dar un poco de luz entre toda la tenebrosidad espesa del ambiente. Tuve miedo de soplar y que ese fuera el último aire que mis pulmones pudieran albergar. Si bien, recordé que la única y última vez que no había celebrado mi cumpleaños, fui atropellado días después por una moto y, no queriendo volver a tentar a la suerte y sintiendo como un trozo de hielo escarchado se derretía en mi nuca, cogí aire con el “te deseamos todos” y lo solté con el último “cumpleaños feliz”, deseando, como era imaginable, que aquellas diarreas teñidas de rojo, que llevaban semanas acompañándome, no tuvieran nada que ver con el cáncer.

Aquella noche, tras haber vuelto a pintar de pasión el retrete, arrepentirme de haber dado un mordisco al dulce de cumpleaños y despedir con un beso desganado y moribundo a mi ángel, abrí la puerta de mi habitación y, sobre la cama, sentada, mirándome fijamente, vi a una mujer hermosa y espeluznante. Una mujer que habló con voz quebrada y marchita y que pronunció su nombre, mientras se esfumaba justo un instante después.

Un nombre que siguió resonando en mi cabeza toda la noche, quedándose adherido a las paredes internas de mi cerebro y arañándome el alma con un desagradable chirriar que provocaba un fuerte dolor a cada latido de mi corazón: Leonor.

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Daniel J. Marcos
Ceuta. Estudia el Bachillerato de Humanidades y queda fascinado con la cultura, literatura, lengua y mitología grecolatina, naciendo así su amor por las letras. En 2007 se diploma en Magisterio por la especialidad de Lengua Extranjera en la Universidad de Granada. Inspirado por los poemas de Safo de Lesbos y Gustavo Adolfo Bécquer comienza a escribir poesía durante su adolescencia y completa su formación realizando cursos de escritura creativa y creación de poemas a través del Aula de Escritores (Editorial Hijos del Hule) de Barcelona, lo que le ayuda a ganar dos primeros premios (2013 y 2015) y un segundo premio (2014) en la categoría "Poesía Joven" de los Premios Juventud de la Ciudad Autónoma de Ceuta. Además de la poesía, es un gran aficionado a la fotografía y la música. Toca el piano desde su infancia y compone música para este instrumento desde hace algunos años. Actualmente compagina la escritura y la composición con su trabajo como profesor de idiomas y el estudio de un máster en Diseño Gráfico a través del Instituto de Artes Visuales de Jerez.

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