En la sala de espera, el muchacho sintió cómo se le revolvía el estómago. Unos retorcijones constantes y punzantes le inquietaban; hacían que tuviera que pararse de la silla, dar una caminada y estirar las piernas y los brazos. Afuera, una lluviecita constante caía sobre el pavimento y comenzaba a formar charcos que los aviones revolvían al carretear. Detrás de él, una pareja de señores discutía sobre las ventajas de volver a casa; no podía verlos, pero sabía que era un señor y una señora de más de 60 años. El hombre hablaba con ese acento único y musical del Caribe. La señora, que hablaba mucho más que él, comenzaba con un español también caribeño y pasaba al inglés con una naturalidad sorprendente. El señor, con una voz ya cansada por la edad, se limitaba a responderle con monosílabos.

—Me va a dejar el avión de Chicago.
—Esperemos que no, pelao.

El vuelo, que se supone saldría de Miami hacia Chicago a las 4:55 de la tarde, terminó despegando a las 6:30. El problema era que el muchacho debía tomar otro avión en Chicago para así poder llegar, a eso de las 9 de la noche, a Lacrosse, un pueblito de Wisconsin a orillas del Mississippi.
—No me va a dar el tiempo, qué maricada.
—Esperemos a ver qué pasa, pelao.

Después de una hora de vuelo, la impaciencia le comenzó a inquietar más. Los retorcijones se habían hecho más intensos. Intentó leer El general en su laberinto, pero no pudo concentrarse. En la silla del lado tenía a un tipo que masticaba chicle como un caballo, abría la mandíbula y la movía como si estuviera triturando caña de azúcar. De repente, se volteó y le habló:
—chamo, ¿faltará mucho para llegar a Chicago?
—Que llegamos a las 8:40, eso dijo la azafata.

Era un tipo de unos 40 años, hablaba con un marcado acento venezolano. Le dijo, en medio de lamentos, “que la situación en Venezuela estaba ruda”.
—Chamo, pero mi vuelo de Chicago sale a las 7:40 para Grand Rapids.
—¿Grand Rapids?
—Sí, en Michigan.
—Pues el mío sale a las 8:30, pero la azafata dijo que vamos a llegar a las y 40.
En ese momento, la tripulación dio algún anuncio por el altoparlante. El Venezolano hacía un esfuerzo tremendo para prestar atención a lo que decía el piloto. Cerraba los ojos y fruncía el ceño, luego parecía darse por vencido y desbloqueaba el celular para fijar su atención en él.
—¿Qué fue lo que dijo?
—Que las ventas de Duty Free están abiertas, creo.

El avión entró en una pequeña turbulencia, que hacía que todos se mecieran con suavidad hacia los lados. Como no había comido nada desde el desayuno, sentía que su estómago se iba a derretir por la acción de corrosivos ácidos estomacales. Otra vez intentó tomar el libro, pero lo soltó después de leer tres veces el mismo párrafo.
— ¿Qué voy a hacer si me quedo en Chicago? No tengo el número de ellos, el celular no me funciona.
—Vamos a ver, pelao. Esperemos a ver qué nos dicen en la aerolínea.

La turbulencia se hizo más leve. El avión pareció entrar un profundo sopor. La gente dormía mientras las azafatas cuchicheaban en la parte trasera, junto a los baños. Pensó en el litro de aguardiente que llevaba dentro de la maleta, “que no se vaya a explotar. Si se explota, mejor no voy a la boda. Yo no me voy a emborrachar a punta de cerveza”. El venezolano se movía sobre su silla, miraba por la ventana y parecía admirado por las interminables llanuras que se posaban bajo sus ojos. Entonces, el hombre rompió el sopor en que habían estado sumidos para hacer una pregunta que parecía obvia:

—Chamo, ¿por qué fue que se demoró tanto el avión para despegar?
—Porque le estaban reparando algo. No sé, eso fue lo que dijeron.
—¡Verga! Más les vale que les haya quedado bien.

El muchacho no pudo evitar soltar una pequeña risa después del asombro del venezolano, que pareció contrariado por lo que acababa de escuchar. El hombre se puso serio y se quedó callado por un rato más; de su cuello colgaba una cadena de oro que dejaba caer sobre su pecho. En su muñeca posaba un reloj grande y vistoso, que miraba a cada rato con más impaciencia. El muchacho pensaba: “¿Qué será de Max, estará vivo todavía? Ojalá no haya corrido la suerte de la perra Malpapeada, eso sería una lástima para el pobre animal. Y el inglés, el inglés se me está olvidando, ¿cómo me voy a comunicar? Me va a dejar el avión y voy a tener que dormir en las calles de Chicago”.

—Chamo, mira. Llegamos a Chicago, ahí está.
Incrédulo, miró por la ventana, pero solo alcanzó a ver un pequeño pueblito que ponía fin a los extensos campos de maíz.
—Eso no es Chicago, eso es un pueblo muy pequeño. Chicago es una ciudad grande, eso de ahí es casi un caserío—. Dijo con tono irónico.
—No, chamo. Ese es Chicago, te lo aseguro.

“Y dónde está el lago, gran güevón. Eso no puede ser Chicago, a lo sumo será un pueblo de cincuenta mil habitantes”. Después de un rato, el piloto dio otra indicación que el venezolano tampoco logró entender. Pero esta vez decidió quedarse callado y no preguntarle al muchacho, que estaba en el asiento del lado con los ojos cerrados pero la cara bien crispada. El avión empezó a perder altura, dio un leve giro sobre la derecha y los pasajeros alcanzaron a ver los alargados rascacielos y el gigantesco lago Michigan. “Esto sí es Chicago, viejo bruto. Cuando aterricemos voy a salir corriendo, tengo que llegar a la puerta 22c. El que se me atraviese lo levanto”. Los pasajeros notaron con alegría el momento en que se desplegó el tren de aterrizaje. Las señales del cinturón se iluminaron y las azafatas corrieron desesperadas para sentarse.
Una vez en la pista, los viajeros pudieron ver un avión calcinado, del que todavía brotaban unas llamaradas amenazantes; un grupo de bomberos intentaba vencer el fuego que ya había destrozado por completo la aeronave.

Era verano, pero una brisa fría soplaba sobre la ciudad. Los hombres más elegantes usaban largas e impecables gabardinas. En el aeropuerto se mezclaban diferentes lenguas que daban un tono de universalidad al lugar. Hombres y mujeres, de todas las razas, se cruzaban por los pasillos sin que nadie pensara en lo inusual que sería eso hace 500 años. “Corro, corro, corro. Chino, permiso que me deja el avión. ¿Dónde está la puerta 22c? Cura, camine más rápido que es a mí al que van a dejar”. Detrás del muchacho andaba, como podía, el cura que había conocido en Miami. Era un hombre de gestos apacibles y de una tranquilidad imperturbable. Hablaba despacio y caminaba sin afanes. Tenía una barriga prominente que le imposibilitaba ir al paso del muchacho.

Al llegar a la puerta, el muchacho se estremeció de la emoción: pudo ver que el avión, que tanto había anhelado, estaba todavía inmóvil en la pista. Trató de hablar con la mujer que atendía la puerta 22c. “Dios es bueno”, había dicho el viejo cura unas horas antes. “Sí, Dios es bueno”, había contestado el joven por inercia. Aunque nunca se había podido convencer de la existencia de Dios, el muchacho pensó que, tal vez, este le mandaba una señal. La asistente de la puerta se llamaba Marisol; era una mujer joven, menuda, de rasgos finos.
The plane is gone—. Dijo mientras bajaba la mirada.
Shit.

Marisol le dio unos pasabordos para que, al día siguiente, pudiera viajar a Lacrosse. Se sentó en la sala de espera e intentó conseguir internet. No lo pudo hacer. “Cómo les aviso que me quedé en Chicago. Deben estar esperándome en Lacrosse. La boda es dos días, ¿estará Max todavía vivo? La botella de aguardiente está en la maleta, más vale que no se haya explotado. Me deben estar esperando, creerán que algo me pasó”. En esas regresó el cura, que había estado buscando la puerta por la que partía su vuelo:
—¿Qué pasó? ¿Qué le dijeron, pelao?
—Nada, pues me dieron tiquete para mañana. Hoy paso la noche en un hotel.
El cura volvió a mencionar la grandeza de Dios y se despidió del muchacho.
—No pasa nada, pelao. Qué le vaya bien, pelao.

El muchacho salió del aeropuerto, sintió la brisa otoñal que soplaba, a pesar de que era verano. Fue hasta donde le dijeron que debía tomar el bus. Preguntó varias veces, señaló el pasabordo que le habían dado con la dirección del hotel. Nadie supo darle razón. Fue hasta la zona de taxis y tomó uno. Abrió la puerta y se llevó por sorpresa la reacción del taxista, que parecía colérico y manoteaba con vehemencia. El conductor dijo cosas que el muchacho no logró entender.
What?— preguntó con timidez.
Get in the fukcing line!— Respondió el taxista.

Logró recomponerse de la sorpresa como pudo. Dio media vuelta y se dio cuenta de que una fila de casi cien personas esperaba por los taxis. Caminó con la cabeza gacha mientras pateaba una piedrita. Escuchó conversaciones que no logró entender. Cuando se posó en la cola de la fila pudo distinguir una figura conocida; era un hombre que estaba de espaldas a él. Arriba, en el techo, unos calentadores expulsaban un viento denso que servía para mantener la temperatura corporal. Era una atípica fría noche de verano, pero el muchacho no pensaba en eso, ni en lo imponente del lago Michigan; ni tampoco en la gigante Sears Tower. De repente, la figura de adelante se iluminó. Era un hombre de unos 40 años que trataba de prender un cigarrillo, pero la intermitente brisa hacía difícil su cometido. El hombre dio media vuelta tratando de resguardarse de la brisa, quedando así de frente al muchacho.

—¿Entonces qué, chamo? ¿También te dejó el avión a ti?— Dijo el hombre mientras soltaba una espesa bocanada de humo.
El muchacho sintió un alivio gigante al ver al venezolano. Se ilusionó pensando que, tal vez, a los dos los habían mandado para el mismo hotel. Compararon direcciones y se dieron cuenta de que iban para sitios diferentes. La fila avanzaba y, mientras tanto, el venezolano se consumía su cigarrillo con paciencia. El joven, por su parte, daba pasitos hacia adelante mientras se sumergía en profundos pensamientos.

—¡Verga! Mi familia debe estar preocupada. Voy a llamarlos para decirles que estoy acá.
—Al menos usted tiene celular, yo no tengo forma de comunicarme con nadie.

Avanzaron hasta llegar a los taxis, se despidieron con efusividad y cada uno se montó en un carro. El muchacho saludó al taxista de manera cordial. Revisaron la dirección en un GPS y se pusieron en marcha. Subieron un puente y desembocaron en una gran avenida. Los ojos del muchacho resplandecían y se reflejaban en la ventanilla. Una tímida luna se asomaba por entre las nubes, que amenazaban cada vez más con descargar un fuerte aguacero. Los árboles habían recobrado la vida y lucían verdes y vigorosos. Sintió, mientras contemplaba la ciudad, que estaba en la vieja Chicago de Al Capone, que el licor aún estaba prohibido y que, no muy lejos de allí, se escondía el sagaz John Dillinger.

Salió de esa pueril ficción cuando el taxista le hizo una pregunta que él no entendió. Logró contestar algo que tampoco comprendió muy bien. Seguía mirando la ciudad, fascinado. Y, mientras se reclinaba en la silla, pensaba: “La boda es en dos días. No tengo cómo comunicarme con ellos. Cuando llegue voy a acariciar a Max, pasar mi mano por eso negro pelaje. Sí, eso voy a hacer. Que no se haya explotado el aguardiente, si se explota no voy a la boda”.

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