Primera situación.

Un chico de cinco años reparte chocolates en los vagones del tren San Martín. Camina, ofrece su producto, comunica el precio e intenta convencer. Algunos se sorprenden del costo -relativamente bajo- del dulce que contiene maní. Otros, los más callados, quedan impactados por la escena. El chico que vende y que trabaja es un chico que aún no ha cambiado la voz. Es un chico con cachetes prominentes, pelo negro, tez morena y vestido con ropa deportiva. Es un chico con ojos pequeños que ocultan un cierto cansancio o decaimiento.

Este pibe, una persona desubicada en este contexto, intenta dejar sus chocolates arriba de cada respaldo de cada asiento del tren San Martín. Intenta, se esfuerza, porque no llega con facilidad a colocarlos donde quiere. Intenta, se esfuerza, porque sus brazos son pequeños o porque los respaldos son altos o porque, en verdad, es un simple niño acorralado por presiones diversas que no debiera tener.

El pequeño vendedor, pese a todas las dificultades, busca deshacerse de todos los chocolates. Con cuidado, deja las golosinas en los respaldos y luego, grita.

– Estimados pasajeros, aprovechen la increíble oferta: chocolates con maní a diez pesos.

Ofrece y comunica gritando. Un grito para convencer a los pasajeros. Un grito para reprimir sus tristezas. El grito, sin embargo, no es escuchado por nadie. Y los chocolates, luego de su parada en los respaldos, vuelven a su lugar de origen sin saber qué destino les tocará el día de mañana.

 

Segunda situación.

En el barrio de Once, hace más frío que en Palermo, Recoleta o Belgrano. Hay más nubes, más ráfagas, más opacidad. Es una diferencia que no se debe a una razón estrictamente climatológica. Más bien, hay un motivo social que desencadena esta sensación. En Once, hay más cartoneros, manteros y vendedores ambulantes que en otras zonas. Es un barrio olvidado pese a formar parte del mismo territorio que encierra a Palermo, Recoleta y Belgrano. Una Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con pluralidades y singularidades, con diferencias conexas por colectivos, trenes y subtes, a cargo de un solo gobierno que no hace más que consolidar las características de cada barrio.

En el cruce de Avenida Rivadavia y Avenida Jujuy, los movimientos de transeúntes y automovilistas se potencian. Algunos se apuran en cruzar calles con el semáforo en rojo. Otros, más cuidadosos, chequean cada andar en su entorno. Allí, en Rivadavia y Jujuy, en una de las cuatro esquinas, delante de una pizzería, dos niños venden alfajores. A un precio más bajo que el establecido por los kioscos y el sistema, los chicos ofrecen dos dulces pagando solo uno. Un ofertón que es imperdible pero que todos se lo pierden. Nadie se detiene frente a los niños, hermanos quizás por su similitud física, de unos cinco o seis años. Niños chiquitos, bajos en su estatura, delgados, sin ya un par de dientes de leche, a la espera inclaudicable por el Ratón Pérez.

Mujeres y hombres pasan por delante de estos chicos, sin atisbo alguno. Si los miran, rápidamente le sacan los ojos de encima. No quieren saber nada. Los pibes no hacen más que trabajar.

– Señorita, ¿me compra un alfajor?

Los alfajores amarran a estos niños y los impulsan a vender. Son una atadura, una soga, que los envuelven y les deparan una sola forma de vivir. Vivir en Rivadavia y Jujuy, trabajando y recibiendo la ignorancia del sistema. Los chicos, rubios y con ojos pequeños que exhiben también un visible decaimiento si se los analiza, están desubicados en tal contexto. Pero están allí porque están obligados a trabajar. Están allí porque están atados, incapaces de desatarse ellos mismos. Es una atadura difícil de desatar, que necesita de una ayuda externa. Aun la esperan.

El chico del tren y los niños de Once son dos casos de los cientos que encontramos en la Capital Federal. Ni imaginar si pensamos en toda la Argentina. Son casos que representan el actual estado de nuestro futuro. Porque los chicos de hoy son los adultos del mañana. Y la próxima generación está hipotecada desde hace tiempo, aunque hoy con mayor peligro.

Pese a que la mortalidad infantil en Argentina vaya en franco descenso, la pobreza en este sector ha aumentado. Según el informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), entre 2016 y 2017, la pobreza infantil creció del 60,4% al 62,5%, es decir, hay 8 millones de niños privados de algún derecho. Así, teoría y práctica, cifras y hechos, pobreza infantil y sus casos representativos en Capital Federal y en toda Argentina, muestran una realidad de la que no se debe escapar. Un problema del que hay que hacerse responsable. Un desafío que hay que afrontar, sin hipocresías y con soluciones genuinas.

Se supone que los chicos debieran crecer en óptimas condiciones para, luego, poder desarrollar sus capacidades. Se supone que pudiesen satisfacer sus necesidades básicas -un plato de comida, un par de prendas de vestir, un techo donde vivir, una educación de calidad- para, luego, poner en práctica pensamientos y afrontar objetivos determinados. Se supone que habría que pensar en el futuro, y para ello, en el presente. Se supone, pero esa suposición no es propia de todos. Hay minorías -por lástima de las mayorías- que ni siquiera piensan tal suposición.

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Federico Esteban
Argentina. Escritor de pura cepa, empedernido y creativo. Cronista de diferentes ambientes, abierto a interpelaciones del mundo exterior. Analista político y reflexivo de los fenómenos sociales. Estudia Comunicación Social con orientación en periodismo en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como productor en Radio Palermo y Radio Sentidos, colaboró con notas en El Informante, Cronómetro en Cero y la Agencia de Noticias de Ciencias de la Comunicación (ANCCOM). Actualmente, forma parte del programa "Rebeldes en patas", emitido por Radio Sur FM 88.3.

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