A la manera de los astros que sin reposo efectúan constantemente su recorrido,
[al hombre] no le está permitido detenerse ni ocuparse de lo suyo.
-Séneca

Antes de doblar en la esquina, se apostó detrás de un contenedor de basura. Revisó en su chamarra: la membresía estaba ahí, dentro de su cartera; sobresalió del fajo de billetes. No había nadie en rededor. A diferencia de otros sitios donde se también se realizan apuestas ilegales, aquél se hallaba en una zona industrial, lejos del bullicio y conglomerado de los casinos más lujosos. En la siguiente cuadra un montón de tarimas cubrieron un montacargas abandonado. Al lado, una flotilla de camionetas permaneció estacionada. Nadie vigilaba el patio de la bodega. Él miró con detenimiento la inscripción de oro en la tarjeta: CORTESÍA. No supo con exactitud en dónde se localizaba el sitio. Sin embargo, acudió con la certeza de que lo dejarían ingresar sin ningún inconveniente. No había estado ahí anteriormente. Encontró por casualidad esa tarjeta en un escritorio de la oficina, cuando todos los demás se ausentaron para participar en una junta. La tomó sin averiguar a quién pertenecía. El rumor acerca de un casino donde miembros de la directiva de la empresa derrochaban su fortuna en juegos de azar le interesaba mucho, y por fin lo esclarecería. No dudó en hurtar la tarjeta y aventurarse a ir y, de ser necesario, usurpar el nombre de otro; aunque esto le causara problemas.

Se dirigió a la entrada; dos sujetos permanecían apostados ahí. Fornidos y con semblante serio, nunca se apartaron, pues se encargaban de decidir a quién permitían y a quién denegaban el acceso. No portaban ninguna insignia ni aditamento especial. Él avanzó seguro de sí; no titubeó. Al mostrarles la membresía, uno de ellos la tomó; de inmediato se la devolvió. Sujetó la manija y abrió sin cuestionarle su presencia ni motivación para llegar con tanta demora. El hombre entra en silencio, con aire desdeñoso para aparentar cierta alcurnia. Dobló a la izquierda; al frente colgaba una boca de incendio, la cual incluía un gran extintor. Siguió caminando. Unos estantes vacíos y tambos con el logo de una extinta empresa confirmaron su sospecha: se trataba de un viejo almacén. Se detuvo en el centro del cuadro. No había tragamonedas ni otro tipo de máquinas para jugar, sólo amplias y lujosas mesas donde se jugaba póquer, black jack y la ruleta. Al fondo, había una barra sin sillas enfrente, pues los meseros se encargaban de llevarle sus tragos a cada cliente a su lugar. A algunos de éstos los acompañaron escorts o guaruras. El hombre se percató de que portaban en su saco un pin distintivo, personalizado con letras, quizá las iniciales de sus nombres. El sitio, aunque lúgubre, se halla escrupulosamente limpio. Las viejas lámparas no alumbraron como debieron; el humo se empozó, proporcionándole a los rostros un velo de impunidad.

Entró al salón. La mesa más próxima permaneció vacía. Un cenicero con muchas colillas se hallaba justo en medio del tapete, muy cerca de las casillas; habían acomodado varias copas en línea, rebosantes de Martini. Las fichas aún sobre el tapete, quedaron acomodadas sobre el tablero. Alrededor de la mesa permanecen 5 sillas, pero no quedan de frente sino de lado; todo indicó que los apostadores las abandonaron precipitadamente. Un mozo apareció de pronto y lo condujo entre las mesas; debajo de cada había finas alfombras. Los dos ventanales estaban cerrados; las gruesas cortinas no dejaron traslucir la luz de los faroles de la calle. «Esto es ilegal —afirmó para sí mismo—. Seguro que no es el único en la zona». El mozo le preguntó si quería beber algo; él declinó el ofrecimiento. Enseguida le señaló que era ahí enfrente donde podía iniciar sus apuestas, en el momento en que lo considerara oportuno. Como el invitado que era, nadie lo obligó a ir al ritmo de los demás apostadores. Discretamente el hombre se acercó a la mesa. Siempre se caracterizó por su aguda capacidad de análisis; por ello, decidió ponerlo en práctica con los otros jugadores: rebasaban los 35 años, pertenecían a una clase social alta y apostaban montos de 2 mil a 3 mil dólares en cada ronda, ni siquiera lo realizaron en pesos, y los emocionaba más perderlos que multiplicar dichas cantidades. Eran 7 hombres; él memorizó las iniciales de cada uno de los pines, de izquierda a derecha. Sin embargo, fue en la probabilidad de conseguir el triunfo en lo que enfocó su atención. En promedio, 2 jugadores apostaron a 4 números en cada turno; con ello buscaron ganar por cada dólar otros 8; 3 jugadores apostaron a 3 números, con la idea de multiplicar por 11 su ganancia; por su parte, un jugador muy ambicioso apostó por 2 números, para así obtener 17 dólares por cada intento; por último, otro jugador (más precavido) apostó a 6 números para multiplicar por 5 su premio. El hombre calculó entonces los porcentajes de la posible victoria o fracaso de los otros. No se inmutó por mantenerse al margen; disimulaba su plan fingiendo indecisión.

De inmediato la situación se volvió monótona, con pérdidas constantes para ellos, las cuales apenas conmovieron al grupo de apostadores. Él contempló el lujoso tapete donde las fichas se desplazaban de una casilla a otra. Solo contaba con 4 mil dólares y supo que no debía arriesgarse mucho, pues de lo contrario no participaría en una cuarta ocasión. Entonces se dio a la tarea de calcular con la mayor exactitud, para no quedar sin un centavo y en ridículo tan rápido. El croupier continuó con su labor rutinaria sin detenerse a preguntarle si ya se había decidido a participar. Simplemente lanzó la bola sobre la enorme, desproporcionada, ruleta sin atender a ningún otro aspecto. La esfera pasaba por todas las casillas rojas y negras con una aceleración constante. Ninguno de los presentes notó la intermitencia de la luz; aquella mampara se suspendía justo encima del tapete. El hombre supuso que los destellos coincidieron con el parpadear de los apostadores. «No es algo como para distraerse —pensó—. No es para tanto, aunque siempre coincide cuando el croupier lanza. Deben de estar acostumbrados a esos apagones». Se detuvo la bola en la casilla 23; ganó el jugador con el pin KN37. El croupier junta las fichas con su stick y las colocó delante del ganador, quien con sus brazos las abarcó para luego acomodarlas en varias columnas. El gozo fue momentáneo: apostó el 80% en la siguiente ronda, la cual perdió. El invitado decidió arriesgarse por fin: el momento idóneo llegó, o al menos eso pensaba.

El croupier anunció: «Hagan juego». El hombre sólo afirmó su apuesta al «cuadro» que conformaban los números 16, 17, 19 y 20. El resto apenas efectuó una leve variación: ahora otros 3 jugadores también intentaron multiplicar su premio a 8×1; otros 2 a 11×1; el más arriesgado, por su cuenta fue a 17×1. El croupier cerró el juego al decir: «No va más». Arrojó de nuevo la blanca esfera. La luz se curvó frente al hombre; él se asombró ante dicho efecto. Intentó convencerse de que se trataba de una ilusión óptica, causada por sus sucesivos parpadeos, pues fue como si un halo negro se hubiera posado sobre la mesa. El vacío entorno se expandió. El hombre realizó mentalmente las operaciones necesarias para calcular el máximo puntaje a favor; sin embargo, una sensación de peligro lo invadió, y se tornó molesta en cuanto no pudo controlarla. Sin motivo alguno vaticinó su derrota; una corazonada lo convenció de ello. La esfera continuó saltando por las casillas negras y rojas a gran velocidad. La ruleta se hundió debido a su pesadez y los 6 triángulos de la cazoleta orbitaron de tal manera que se fundieron en uno solo. Bajó de súbito la temperatura. Los demás participantes ralentizaron sus movimientos, como si no les importara quedarse ahí toda la noche, y apenas atendieron aquel giro interminable, el cual presenciaron sin muchas expectativas. El hombre se mantuvo quieto, mirando correr la bola por el carril circular.

La torre plateada en el centro se encoge y queda como una espada, rotando sobre sí misma. El hombre ansiaba que la vorágine se detuviera de una vez y el croupier anunciara el número ganador. Mientras el movimiento no cesó, aquel hombre supo ya todas las posibles combinaciones de resultados, como si hubiese mirado sobre el hombro de cada uno de los jugadores y poseyera la ruina y el éxito de cada uno al mismo tiempo. Para su desgracia, eso no lo tranquilizó, por el contrario, debido a la inercia se sintió obligado a repetir el proceso de cálculo desde el inicio; su mente se colapsó en una elipse imaginaria en torno a la mesa, mientras los demás ralentizaron sus movimientos, dándole tragos a sus bebidas, sin atender en demasía el giro perpetuo de la ruleta. Si bien se sentía atrapado en aquella extraña situación, no consiguió resistirse al inexplicable deleite de sentirse poseedor absoluto del desenlace. Pensó en gritar y exigirle al croupier que detuviese la trayectoria de la blanca esfera, pero se contenía para no arruinar su triunfo, del cual se había convencido. Dueño de todos los desenlaces, permaneció apático ante lo que sucedido, sin la voluntad necesaria para adelantar el resultado último. Cada vez padecía un mayor debilitamiento; sintió como la entropía lo desgastaba definitivamente. No quiso gritar, mucho menos liberarse de la inercia. Bien pudieron marcharse los otros, escapar de esa trampa; él no, pues había entrado en una espiral cuya pausa no se conseguiría sino hasta que algún incauto, presa también de ese artificio, ocupara su lugar, desviara su rotación y lo expulsara así a cualquier otra parte.

Compartir
Artículo anteriorComo tú
Artículo siguienteUna de esas horas
Edgar Loredo
México. Autor del poemario Cardinal (2015) y del volumen de cuentos Jaramagos (de próxima publicación). Corrector de estilo ocasional en algunas editoriales mexicanas.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

doce − ocho =