“Now from darkness, there springs light
Wall of Sleep is cold and bright
Wall of Sleep is lying broken
Sun shines in, you are awoken”
-Black Sabbath

La copa vagó con un rasguño lento por toda la mesa hasta detenerse en la A. La frase “Ya llega” se podía formar al ordenar cada letra donde se había posado antes. Un silencio penetrante cubrió todo mientras la luz de una nueva vela le hacia un hueco al rincón oscuro del living. La copa volvió a moverse buscando las letras. Zigzagueaba con una velocidad cada vez mayor. Subía, bajaba, iba de un lado al otro deteniéndose solo cuando quería marcar una de las tantas letras que se pintaban en la madera. “T-O-D” se escuchaba decir a una profunda voz que venía de la biblioteca ubicada al otro lado de la habitación. “A-S” fueron las dos últimas letras que dijo la voz con un enfado que se notaba. La copa había escrito “NO SALGAS” antes de colocarse sobre el lado inferior de la mesa.

El aire que se generó cuando uno de los libros cayó de la biblioteca, hizo que las llamas de las velas se achicaran un poco y volvieran a su lugar. La copa se agitó como empujada por un ínfimo golpe, se movió un poco y finalmente volvió a arrastrarse por la madera. La biblioteca dejó caer otro libro por donde salió un gruñido ahogado. La copa se aferró con más fuerza a la madera, como si esta la imantase, pero sin dejar de moverse. La mesa empezó a temblar con una fuerza impalpable y constante. El gruñido del mueble de la otra habitación crecía en decibeles, tapando el ruido del arrastre de la copa que iba dejando las astillas de cristal adheridas a las letras por las que pasaba. La velocidad del cáliz aumentaba. Tomaba mayor envión letra tras letra. La mesa seguía moviéndose. Ya no vibraba sino que levantaba sus patas. La copa se movía con una velocidad que parecía multiplicarla. Formaba palabras sin sentido aparente, en un idioma a simple vista desconocido. Desde el librero, el gruñido era ahora una voz de sonido húmedo y viscoso que repetía una a una las letras.

Todo se detuvo de repente devolviéndole al lugar el estático silencio de la soledad. Retumbó el ruido de la cerradura girada por la llave. La mesa había dejado de moverse un segundo antes y los libros yacían aun en el piso. El joven entró y activó el interruptor sin pensar, la luz del departamento continuaba cortada. Dejó las velas que acababa de comprar sobre un mueble. Vio que había algunas prendidas por la habitación y se recriminó no haberlas apagado al salir. Nunca se preguntó si realmente fue él quien las encendió. Un ruido de madera tras de sí (que no dejó de oírse hasta que el joven terminó de voltear) lo atrajo hacia la pequeña mesa de madera. La copa estaba en el centro, con un movimiento rápido se posó sobre la letra “S”. El susto lo hizo retroceder en la oscuridad hasta casi chocar la biblioteca que estaba en la pared. La copa volvió a moverse hasta encapsular esta vez a la letra “A”. Con la mano temblando y el aire atrapado en su garganta por el miedo tomó la base del instrumento de cristal. Intentó despegarlo pero no pudo moverlo ni un milímetro. La copa saltó una vez más moviendo incluso la mano de quien la sujetaba. El joven la soltó y dio un paso atrás extremadamente lento. El librero cayó con una violencia que lo sacó de la parálisis del miedo. Desde la pared que contenía la biblioteca salió una luz azul que brillaba con cierto contraste morado. Le contrajo las pupilas ya acostumbradas a la oscuridad del lugar. La llama de ambas velas fue cortada por una fuerte ráfaga de viento aun cuando la ventana estaba cerrada. Sólo quedó el fulgor del muro. Algo que podría compararse con un tentáculo, pero que se dividía en la punta en siete partes más pequeñas, comenzó a salir de la luz. El tamaño era tal que no podía avanzar sin chocar los muebles de la habitación. La copa aún se movía por la mesa; la voz que se escuchaba salir desde atrás del muro de la biblioteca decía una a una las letras por las que la copa iba pasando. El joven sentía las ganas de gritar pero hasta el último de sus músculos se había paralizado. Ya no sabía si por el miedo, por la luz o por alguna otra cosa. “R-A” dijo la voz, al tiempo que la punta del tentáculo tomaba el brazo del muchacho. La copa cayó al piso, “SAL AHORA” fue lo último que escribió antes de explotar con violencia al tocar el piso.

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Ezequiel Olasagasti
Argentina. Escritor de relatos y estudiante de periodismo en el Instituto Eter. El hueco del relámpago (ed. Expreso nova), su primero libro, se publicó en el año 2015. Espejo convexo (ed. Imaginante), su segunda publicación, en abril de 2017. Muchos de sus cuentos fueron publicados en revistas literarias argentinas y de países latinoamericanos, así como en blogs y demás medios digitales.

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