El país del río, libro de Cristina Iglesia, de la editorial Eduner, se publicó en el año 2016 y recopila las crónicas de dos autores, para Iglesia irrepetibles e inimitables de la literatura argentina. Se trata en el primer caso de las escrituras de Roberto Arlt, cuando realizó su viaje al río Paraná enviado por los editores del diario El Mundo en 1933. Las recopilaciones de las notas de ese viaje fueron publicadas con título de Aguafuertes fluviales de Paraná. Treinta años más tarde Rodolfo Walsh y su fotógrafo Pablo Alonso viajaron por el río Paraná y Paraguay y sus crónicas fueron publicadas por la revista Panorama y Adán.

Tomando dos crónicas de este libro, una de cada escritor, se pueden encontrar diferencias como grandes similitudes. La crónica de Arlt que se titula “Rancherío de Reconquista” cuenta como el escritor llega al pueblo de Reconquista, donde se encuentra con mujeres negras, barro y techos de paja, y lo que no se esconde, la marginalidad. Comienza su relato: “Orilla de barro, arenal africano y la cáfila de ranchos más inmundos que espero ver en mi vida terrestre y en la otra si existe”.

El maquinista le propone recorrer los ranchos que para él son inmundos. Llama cuevas a las viviendas, ya que las paredes son de barro y los techos de paja. Dice que en el lugar hay un mástil con la bandera argentina, para que no podamos dudar de que estamos en ella en vez del África.

Nunca logra empalizar con la población, ni siquiera los menciona por sus nombres en su relato, “me atiende una vieja”, la dueña de la ranchera “se queda mirándonos y sonriendo estúpidamente”. Ve a esas mujeres con un desprecio, las llama gordas, que están despeinadas, sucias como perras y que “llevan una roña a cuestas que asombra”. A una de ellas la menciona como “Monstruo de los tres dientes” cuando los invita a pasar al rancho, pero tienen que tomar el barco: “otra vez será” le dice ella, (en el infierno pienso yo), expresa Arlt.

Tiene una mirada crítica a los habitantes de Reconquista, su forma de vivir primitiva entre la mugre y la dejadez dice: “hasta los perros aquí son haraganes para ladrar”. Todo lo que ve le parece un horror y quiere volver al barco o a su amada Buenos Aires. En el fondo de la crónica está latente la miseria y el abandono de este sector del país.

En la crónica de Walsh que se titula La isla de los resucitados, el escritor y el fotógrafo Pablo Alonso llegan a la Isla del Cerrito en la selva chaqueña. El doctor Iglesias, director del sanatorio, les da la llave de su propia casa. El hospital Maximiliano Aberastury, es considerado el primer centro en el país para el tratamiento de enfermos de lepra. En 1927 comenzó sus obras pese a la resistencia de políticos y pobladores porque afectaba el potencial turístico. Dato curioso ya que cuando Arlt llega al litoral las obras habían comenzado aludiendo a que esta enfermedad ya se hacía presente sobre algunos pobladores.

Lejos de extrañarse con los leprosos Walsh y Alonso conviven con ellos dejando atrás el prejuicio: “Antes de salir de Buenos Aires, se nos dijo que usaríamos guardapolvos, gorros y guantes. No fue así, por suerte. En todos esos días entramos y salimos libremente de la zona, hablamos con los enfermos, visitamos sus pabellones y sus ranchos, nuestros grabadores y cámaras fotográficas reposaron en sus camas o en sus sillas”.

A diferencia de Arlt, hablan con la gente, logran empatía con ellos. Los relatos se componen de nombre y apellido: “Gabina Sánchez salió una mañana a cortar leña para su rancho. Cuando se hincó en el suelo, le brotó sangre de la rodilla. A Isaías Obregón le aparecieron unos granitos en la cara. A Beatriz Tamayo, una mancha, cuando tenía siete años”. Logra darles voz a los enfermos para que cuenten sus historias, sumergidas en soledad y vergüenza. Los expulsados del mundo los llamará Walsh: “Me querían mucho, pero cuando oyeron lepra, cambió la cosa. Ya me mostraron desprecio, y al fin me pidieron que me fuera”. Cuenta que nadie quiere acercarse a ellos y ningún hospital los quiere recibir.

El escritor hace hincapié que la desocupación afecta al sesenta por ciento de los enfermos, la lepra ataca a los que viven hacinados y en condiciones higiénicas paupérrimas: “La lepra ataca casi siempre a la gente pobre, mal alimentada, que trabaja de sol a sol. Hay zonas de la campaña donde viven siete u ocho en una pieza”.

Otra vez se muestra la pobreza que vive el noroeste argentino ya que los enfermos pertenecen a un mismo sector social, gente que vive en la miseria y en las zonas más desamparadas. La misma marginalidad de los años 30 cuando Arlt realizó su viaje sigue presente en la crónica de Walsh donde la lepra es considerada una enfermedad de los pobres. Han pasado tres décadas de distancia, pero ambos dan cuenta que las condiciones de vida siguen siendo primitivas en el Noroeste argentino. Pareciera que el paso del tiempo no afectó este lugar, de alguna manera se ha congelado la imagen.

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Nahir del Buey
Argentina. Estudiante de comunicación social en la UBA con orientación en periodismo. Le gusta la música, las series, la comida, además de escribir, pintar y tomar fotografías, aunque no se considera profesional en la materia. Gran apasionada de viajar, conocer lugares, personas y conocerse. Habla sin parar, pero sabe escuchar. Carismática, testaruda y un poco extrovertida.

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