Conocí a Fabrizio en el peor/mejor momento que podría haber conocido a un hombre. Cuando comencé a trabajar en la Oficina, él no estaba. Había escuchado su nombre un par de veces escabullirse en boca de otros. Alberto, su compañero del equipo italiano, lo había descrito como un “chico especial”. No supe bien a qué se refería hasta que me vi nadando en el mar de invierno de noviembre griego a las 5 de la mañana.

Lo vi entrar un día y no me gusto. Me pareció tener una actitud de rebelde sin causa bastante patética, previsible y obvia. Lo vi coquetear con varias compañeras de otros departamentos. Me llegó el rumor de que una mujer del equipo alemán, ya entrada en años, le había pedido suplicando en una de esas noches de borrachera de entresemana que tuviera sexo con ella porque no soportaba más el deseo. La verdad es que tenía un encanto tan especial que te volvía loca, o tal vez era yo (y un par más) la sedienta de alguien como él. Ahora pienso que ambos estábamos sedientos realmente, yo de un cambio radical y él de cariño.

“He is fucked up” me dijeron por ahí también y fue lo necesario para que me interesara en él. ¿Por qué será que me surge la necesidad de arreglar lo que está roto? ¿De solucionar los problemas de los demás mientras mi cabeza se está prendiendo fuego por mis propias mierdas? Tengo una necesidad imperiosa de satisfacer, de hacerme necesitar, de hacerme indispensable. Siento que junté los pedazos rotos de algo que fue hermoso y ahora solo se puede apreciar de una forma extraña y confusa a la distancia. Era como un cuadro de Picasso no tan famoso, todo complejo y simple a la vez que puede pasar desapercibido en cualquier galería española. De su boca de cuando en cuando salían incoherencias propias de una madurez retardada o tal vez de una madurez que nunca llegó y está esperando a ser descubierta. Lo encontré saliendo de una relación tormentosa e idiota, llena de clichés telenovelescos que me hacían girar los ojos cada vez que los escuchaba. Pavadas, estupideces, gente que necesita del drama para llenar una vida vacía llena de consumismo y meritocracia. “Dimedóndevivesycuántoganasypodrásacostarteconmigo” clase de situación. Aburrido, muy aburrido.

El tiempo que pasé con él fue como haber encontrado la fuente de la juventud. Clarísimo era que estaba mal, psicológicamente hablando, pero dicen por ahí que los argentinos nacimos todos un poco psicólogos y por eso el consultorio las 24 horas al día.

La noche que fuimos a escuchar jazz, parecía que flotaba en la silla. La pasión que mostraba al escuchar cada nota me hizo sentir envidia, envidia sana (si eso existe) de poder sentir así tan fuerte, tan profundo, tan melancólico. Me hizo pensar en mí, en lo que estaba haciendo, en lo que estaba dejando pasar, en lo que era en ese momento. Me hizo pensar en mi situación, en mi cabeza, en mis años, en mi pasión. ¿Dónde estaba mi pasión? ¿Dónde la abandoné? Aunque la verdadera pregunta no era dónde, sino cuándo. ¡Cómo me odié esa noche! En el taxi a casa me iba odiando, por haberme dejado dormir de esa manera, apaciguar, cazar, presa de una anestesia general. Me odié tanto esa noche que decidí cambiar rumbos, cambiar de sonidos, cambiar de espacio, cambiar de movimientos, de ojos, de piel, de manos, de boca, de olores, de sentimientos y despertar.

Personas como Fabrizio te hacen abrir los ojos, te hacen dar cuenta de que tu vida está llena de mierda que, por alguna razón estúpida, estás soportando y realmente no te das cuenta del porqué, pero sentís que es tu deber soportarla. Te dejás estar en un pozo de tranquilidad, esperando que algo cambie tu situación, suponiendo que ese estertor de vida va a pasar en algún momento y tu vida-vida va a llegar, pero la realidad es tan aplastante como inamovible. Es ese espiral que convierte los minutos en horas, las horas en días, los días en años y los años en un dolor estable que aprendés a aguantar saliendo de paseo, teniendo relaciones casuales extramatrimoniales, presumiendo tu nuevo coche, tus nuevas uñas, tus nuevos dientes, tu pelo nuevo, sin poder ver la putrefacción de tu pasión, la putrefacción de eso que esperabas ser “de grande”, esperando que algo cambie milagrosamente y escondiendo ese pensamiento que te acecha la mente y que no te deja ver que le vendiste tu alma a la comodidad de la casa calentita, de la mesa puesta a las nueve de la noche, del programa de chimentos que te entretiene todas las noches mientras pensás que esa persona no sos vos, que esa persona que se dejó engatusar y dejó pasar su vida por no tener el valor para arriesgarse a la incertidumbre de lo inesperado, de lo peligroso, de la pobreza, del frío y del amor propio no sos vos, pero hete allí, esperando. Esperando algo cuando la música se acaba.

Compartir
Artículo anteriorVaras de medir
Artículo siguienteProcura llorar con la intensidad de las carcajadas
Patricia Gi Tessari
Argentina de nacimiento y griega por elección. Patricia es una turista que escribe. Profesora en Letras. Vive actualmente en Atenas porque quiere vivir su propia tragedia griega. Escribe y lee pero más que nada toma café.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

4 + seis =