Como lo dijo Goethe: el ruidoso sonido de sus ladridos es solo una señal de que se cabalga. Esa era la señal, la de los perros, que anunciaba su entrada triunfal por cualquiera de las dos esquinas de la cuadra. Los de la calle salían a su encuentro y los caseritos se resignaban a sacar la cabeza por el balcón. Pero todos ellos ladraban y ladraban fuerte, como si el grito famélico de aquel individuo anunciando sus servicios fuera el más abrumador de todos los gritos que pueden salir por la boca de un pregonero.

Así era como se le daba la bienvenida al zapatero que, con mochila al hombro, caminar desprevenido, ropas manchadas por el trajín diario, el tinte para cuero y restos de pegante en sus vestiduras, entraba al barrio alivianando a los más desfavorecidos: los zapatos viejos que sus dueños se negaban a tirar, porque consideraban se merecían una segunda y hasta tercera oportunidad. Y es así como el hombre anónimo anunciaba sus servicios: desde pegar tapas de tacón hasta reemplazar la suela desgastada por el exceso de caminado diario. Era el zapatero desconocido, sin nombre, pero con el talento suficiente para revivir al viejo calzado.

Como un peregrino por el camino de Santiago, cual Quijote que llega al villorrio después de una larga marcha, anunciaba su arribo con gritos entrecortados. De los balcones y pórticos asomaban las cabezas de doncellas que a esa hora dedicaban su tiempo a preparar alimentos para restaurar sus proles recién llegadas de ilustrarse en la academia:

-Vecino, ¿qué cuesta la tapa para este tacón? ¿Será que estos tenis todavía tienen arreglo? ¿Si le pone tinte a estos zapatos con el agua lluvia se destiñen?

Casa por casa, puerta por puerta, el zapatero iba recogiendo, a veces en pares, a veces en nones, su razón de ser. Con gran ímpetu se postraba a la sombra de cualquier morada del barrio que tuviese más de dos metros de balcón, con el deseo incesante que el calor de cualquier día de mediados de semana no entorpeciera su labor como restaurador de calzado. De su mochila, reciclada de los escolares que consideraban a los Power Rangers pasados de moda, sacaba el burro, tenazas de montar, leznas, cuchillas, tintes, puntillas, amarras, neolit, bóxer y, los más pudientes, su mandil.

Cual si fuera perito en investigaciones judiciales y criminalísticas, se apresura a examinar el motivo de la inefable muerte del zapato. Cuando daba con el porqué procedía a realizar lo que le correspondía. Y así, con precisión quirúrgica, cortaba o remendaba, o simplemente, como un artista de barriada, rociaba el tinte para cubrir las imperfecciones que el estrés por uso llevaron al atavío a sufrir las penurias de unos pies que se movían al vaivén de un caminar acelerado.
-Vea doña, son quinientos pesitos [de la época] y creo que con este arreglito le duran un par de meses más. No se preocupe si siente un chirrido, que son las puntillas con que aseguré la suela.

Y así era como este hombre, de surcos en su cara, mirada cansada y manos de labriego, daba vida a los zapatos que resistíamos a tirar a la basura, ya sea porque fuere nuestro único par, porque aún no llegábamos a fin de mes o porque todavía estábamos pagando el crédito con el que los habíamos adquirido. Este semejante era quien, con sus manos embadurnadas de pegamento elástico, resucitaba de la muerte aquellos moribundos. Jesucristo reviviendo a Lázaro, don Arístides dándole vida a Croydon, Machita o Grulla.

¿Qué habrá sido de los zapateros que por culpa de las importaciones indiscriminadas de mercancía de origen oriental ya no pueden dar puntadas al calzado que ahora es de usar y tirar?

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