24 horas

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Tres de la mañana, llueve a cántaros en Santa Marta. Me subo a un taxi rumbo al terminal de trasporte para abordar un colectivo que va para Cartagena. Voy sobrado de tiempo, llego al terminal y me doy cuenta de que de allí no salía mi transporte. Un taxista, muy amable, me explica que debe llevarme a un sitio que queda a media hora, ese es el sitio del que parten esos colectivos. Llegamos y no hay nadie, miro bien mi boleto y este sale al día siguiente. La cosa empezó mal. El señor me dice que me lleva a otro lugar, que justo a las cuatro y media salen las berlinas. Llegamos a las cuatro y cuarenta y alcanzamos el transporte. Yo salgo volado a hacer el pago en la oficina y… justo a tiempo. Al salir, veo que el taxista me estaba esperado, me dice que dejé una de mis maletas en su carro y me la entrega, en esa maleta llevaba mi compu y mis papeles. Le doy las gracias y me subo. Tengo rabia conmigo mismo, tres errores absurdos en menos de nada. Eso me pasa por andar metido en tanta joda.

El aire acondicionado del colectivo está cual frío bogotano, la gente se queja, pero el conductor no lo cambia; por suerte llevo un saco en mi maleta. Por la ventana veo cómo amanece en la ciénaga: pescadores en sus canoas, muchas aves y un cielo despejado. Trato de dormir, pero la rabia conmigo no me deja y a la vez este es un paisaje hermoso que vale la pena observar. Veo nombres cómicos de varios lugares, uno de estos es un montallantas llamado Dios existe y publicidad política por todo lado. En la carretera, un grupo de muchachos con disfraces de carnaval, están parando a los carros para que les den monedas.

Llegamos a Cartagena y hay inundaciones. Un taxista me lleva al Claustro de la Merced, me cobra $20.000, me dice que lo normal son $15.000, pero que para llegar ahí le tocó pasar por mucha laguna y entonces, ¡ajá!

En el claustro me reciben y me muestran el sitio para la posible exposición. Allí están las cenizas de Gabo y su esposa, le cuento a quien me está haciendo la guía que alguna vez lo escuché hablar en vivo en Guadalajara. En la calle turistas por todo lado y yo aquí en plan de trabajo, pero a la vez aquí, quiero ver muchas cosas para el poco tiempo que tengo. Hago la típica foto del lugar que todo turista hace.

Después de esperar varios minutos, tomo un taxi rumbo al centro comercial Paseo la Castellana, el lugar en el que me voy a encontrar con mis compañeros de taller e ir a una comunidad de la zona. El taxista es un joven con un inmenso reloj dorado en su brazo izquierdo. Me comenta que para donde voy queda muy lejos, pero muy, muy, muy lejos.

Mientras hablamos, se ve la ciudad inundada en muchos lugares, hay trancones por todo lado y un calor horrible. En una parada me muestra en su celular que el día de ayer un arroyo se llevó el taxi de un amigo y este casi se ahoga. Se detiene mientras muestra su celular, varios carros pitan y él por fin se mueve. Luego me pregunta: «Oiga, ¿y dónde está su esposa? ¿Está casado? ¿Vino solo? ¿Cuánto tiempo se va a quedar aquí?» Yo le digo que soy soltero y vine a dar una charla, él pregunta y pregunta y me dice que si quiero a una amiga, le digo que no, me insiste y me insiste con el cuento de sus amigas. Quiero bajarme del taxi, pero no conozco bien Cartagena y me toca aguantarme sus quejas y sugerencias de «amigas». Por fin llegamos al centro comercial y me dice que son $120.000 porque esto es más lejos que el aeropuerto, le digo que no le voy a pagar eso, el tipo se ofende porque ajá. Termino dándole $60.000, es un robo, pero estoy en un lugar desconocido, estoy llegando tarde y me queda poca carga en mi celular.

En el centro comercial busco un lugar para comprar un cargador, la muchacha que atiende el sitio me dice que lo ideal es que use uno para iPhone, no el que le pido, y parece que tiene razón, me dice que si quiero me lo carga mientras espero a mis amigos. Nos ponemos a hablar, yo le digo que soy cartagenero y ella se ríe de mi acento. Me cuenta que no conoce Bogotá pero que de pronto viaja a que le hagan una cirugía, pues está acomplejada por estar pasadita de kilos y quiere que le quiten un pedacito de intestino, ese que provoca la ansiedad y el hambre. Me muestra fotos de cuando era más joven, cuando era flaquita antes de tener su hijo. Me dice que quiere tener tres hijos, que tienen que ser varios, pues a sus mejores amigas y a su hermana le han matado uno o dos hijos y que es mejor tener varios para no quedarse sola, pero que a la vez esa no es la razón. Después de quince minutos de charla, por fin llegan mis compañeros. Me despido de la muchacha y me dice que mucho cuidado, que con esas dos maletas con las que ando y la pinta de turista me van a tumbar en cualquier lugar.

Tomamos un taxi con mis amigos rumbo a la comunidad de la isla de León: muchas calles destapadas, barro, e inundaciones. Allí nos espera un grupo de mujeres migrantes y desplazadas por la violencia, con ellas hacemos el taller sobre sus vidas explicadas con plastilina.

Una mujer negra está con su hija de ocho años, la niña está haciendo su casa y a su mamá. La mamá le dice que se equivocó con el color de la piel, que ella es cafecita, la niña dice que no, que es mejor con color piel, la mamá ríe y le insiste en que ella es cafecita y no como la piel de los blancos, también le pregunta que por qué no hizo al papá y ella le cuenta que no le alcanzó la plastilina (tenía mucha plastilina, pero ajá).

Cada una expone su historia contada en cuadritos, hablan sobre su niñez en otros pueblos y la violencia de los paras que los sacó, también sobre su casa que ahora es en madera, pero que va a ser luego en material: la casa de tres pisos con la que sueñan, la adolescencia que se fue por un embarazo, la Venezuela de antes…

Al final, una de ellas que no quiere narrar su historia en público. Me dice: venga, a usted solo sí. Me cuenta que no tuvo infancia, que le tocó trabajar desde muy niña. Nos abrazamos.

Ya son las cinco de la tarde y nos toca irnos, el taxista que nos trajo dice que si queremos que nos recoja allí nos cobra $150.000, le decimos que no y vamos a buscar carro. Por el camino la gente de la comunidad nos saluda, nos mandan buenos deseos porque ajá.

Pasamos un puente de madera sobre un pequeño riachuelo lleno de basura, nos detenemos un momento y vemos un hermoso atardecer que es interrumpido por el pito de una moto, con un motociclista que necesita espacio para pasar.

Después de esperar unos minutos al frente de un lugar con champeta a todo volumen, por fin conseguimos un carro que nos va a llevar al aeropuerto y a la terminal. Nos cobra $50.000. El conductor agarra una variante para llegar al aeropuerto, llueve todo el tiempo, el parabrisas está dañado, la ventana del carro sucia, es de noche, hay muchos huecos, uno de ellos lo tomamos pleno y casi nos da un carro por detrás. El taxista, mientras esquiva huecos, nos habla de la corrupción en Cartagena, de que votó por Petro pero que todos los políticos son la misma… y que ojalá y llegue un Bukele a la presidencia de Colombia.

Por fin llegamos al aeropuerto, mi vuelo se retrasa tres horas y me pongo a escribir mientras tanto la historia de mi día. Llego a las tres de la mañana a una lluviosa Bogotá.

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Colombia. Animador, plastilinómano plastilínico que plastiliniza algunas de las cosas que pasan en nuestra realidad plastilínica. Colaborador de El Espectador y varios libros publicados relacionados con el arte de moldear plastilina.

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