Adiós, muchachos

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Oye, Heriberto, oye con todo tu cuerpo, ya sabes que canción es, mas cierra los ojos y oye con cada parte de tu ser las notas de Cabalgata de las Valquirias, de Wagner. Hoy amanece el siglo XIX en esta habitación, que se me antoja huele al sudor de la noche que salió corriendo al alba por aquella ventana, y al peso de estos ochenta y tantos. ¡Pero estamos vivos, Heriberto! Por ahora le hemos ganado una batalla más a la parca, mas no la guerra, esa claro está, ya sabemos quién la pierde y, por tanto, quien cuenta la historia. ¿Acaso se imaginó el viejo Wagner que viviría tantos años y por tantos más en estos acordes? ¿Qué quedará de nosotros cuando no esté nadie delante en la fila, Heriberto? Esperemos enhorabuena quede al menos un grato recuerdo. Eso seremos, recuerdos que quizá se olviden, historias que tal vez se cuenten.

—¡Qué manera de despertar a dios y al diablo al mismo tiempo! Y tan de mañana, Antonio. Claro que nunca esperaría menos de vos. Por cierto, espero no sea mera impresión mía pero hoy te noto algo distinto, ¿sigue El ocaso de los dioses? Creo recordar muy bien el lado B de ese LP.

—Estás en lo cierto, Heriberto, y por partida doble. También me siento un poco raro. ¿Será que esta noche he dejado vida de más en las sábanas, o se aceleró este viaje cuesta abajo? Vaya uno a saber. Y sí, sigue El ocaso de los dioses.

—¿Seguro me lo estás contando todo? Estoy acostumbrado a tu fino sarcasmo, mas insisto, te noto raro y ya no es mera impresión.

—Déjate de bobadas, Heriberto. Ya estoy abriendo la ventana para que entre aire, así te oxigenas un poco y yo recobro colores. Pero abre esas orejotas, ayer en el Café del Tuvo pasó algo bien curioso. Gerardo, el abogado de oficio, se fue disgustado conmigo. ¿Sigues ahí, Heriberto? Ah, ya te veo de nuevo —Antonio regresaba de abrir las cortinas—.

—Claro, acá sigo. ¿Y a razón de qué se enfadó el viejo Gerardo?

—Vaya uno a saber. Aunque ahora que repaso con cabeza fría, pienso que el viejo barrigón ese me utilizó de comodín. Me acusó de darle un beso en los labios a la viuda Amparo. Y nada, solo fue en la mejilla, como de costumbre. Siento que el hombre necesitaba una excusa para irse pronto a otro nido, y encontró una de lujo.

—Seguramente. A estas edades ya no estamos para ponernos con pendejadas. Por cierto, ¿qué es de Julia?

—Durmiendo, Heriberto, durmiendo, que no hay afán. De resto, ella igual, con sus achaques, soportando los míos, con la melancolía a flor de piel, que le hace llorar a cada nada y por todo, con una canción, un relámpago o un pequeño susto, y con las mismas ganas de morirse o tirarse desde el balcón desde hace veinte años. Y acá seguimos los dos, después de todo, ella sin tirarse del balcón y yo esperándola acá abajo con mis dolores.

—Y así terminarán sus días, Antonio querido. Es una buena mujer. Ahora es que se ve quién es o no es, cuando ya los años están cansados, los pasos lentos y las fuerzas diezmadas. Cuando ya los bríos de la primavera de nuestros años no nos sesgan el juicio, ni nos nublan la mirada. Ya las cosas que fueron importantes dejaron de ser importantes, ya no esperamos casarnos, ni tener hijos, ni estudiar una carrera, ni coger el mundo por los cuernos. Ya no nos levantamos con esa ansiedad, nos levantamos a vivir al día, en el día está todo nuestro pasado, presente y futuro, ya no están ayer, ni mañana.

Hace treinta o cuarenta años todas eran buenas mujeres, para un rato, solo para una noche y un desfogue. Y no voy a entrar a juzgar qué es lo bueno y lo malo, lo moral o lo inmoral; cada quien sabe que es lo correcto para sí. Si al final siente culpas y remordimientos entonces se equivocó, de lo contrario solo actuó fiel a sus convicciones y a sí mismo, y eso es lo que cuenta. Ninguna persona debe ser definida por nadie más que por sí misma.

—Y nada tengo que contradecir al respecto, Heriberto. Estás en lo cierto. Mi carilinda es una buena mujer. Ya te acordarás cuando fuimos a México, y a otros lugares, lejos de todo y de todos y a los tantos pueblos de acá y de allá que hemos andado juntos. Son casi sesenta años, cincuenta y nueve para ser exactos, de historias, de subidas y bajadas, pero siempre juntos. Si se me diera, escribiría un libro, pero es una tarea para los que saben. Ella mantiene atormentada por la muerte, aunque mantiene con más ganas de irse para el otro lado que cualquier vivo o ánima en pena. Yo me río, aunque ya no se me ven los dientes y le digo que de allá nadie ha vuelto a decir nada, entonces no tenemos afán: cuándo toque, no antes.

—Qué más libro que todos esos recuerdos que ahora te sacan una sonrisa de bajo de ese blancuzco bigote, viejo picarón. Si los demás no alcanzan a leer tu historia, que vivan la propia, que escriban en sus días la suya. También le dan miedo las tormentas, lo recuerdo bien, y siempre le decís: acá no nos vamos a mojar —ambos se soltaron a reír —.

—Es preciso, Heriberto. Y ahora que ambos estamos más alegres, acompañados por el tornamesa y buena música, sí debo confesarte la razón por la cual no me ves ni me veo igual hoy. Es la primera vez que me dices que me notas raro, tras estos más de ochenta años de hablar y conocernos. No te equivocas, y no voy a mentirte a vos, a vos no puedo, a Julia quizás, pero a vos no tendría sentido… Tengo cáncer, Heriberto, un cáncer en la próstata, que con el paso de los días hará de las suyas con este estuche ya viejo, maltrecho y sin fuerzas para la última cruzada, y el fin será inevitable —los colores del rostro de Heriberto cambiaban de pálido a sepulcro—. Sabes que fumo desde los doce, pipa, puro y cigarros, y no me voy a morir enfermo de los pulmones, me va a diezmar un cáncer.

¡Qué ironías las de la vida, Heriberto! He bebido como un borrego desahuciado, porque sí y porque no, he trasnochado, me he excedido, y no me va a empujar al hueco una cirrosis, ni un atraco a medianoche camino a casa, sino los dolores demenciales y tormentosos de un cáncer, para el cual su más eficaz analgésico es dar el último suspiro. Tampoco me va postrar la rudeza de mis palabras, ni mis errores, mucho menos mis miedos, solo este mal que ha ido creciendo como semilla y ya está por dar fruto, la estocada para una herida que no cierra.

—¡Por dios, Antonio! No juegues conmigo, no me mientas, ni digas sandeces. Esto no puede estar pasando —Mientras tanto repicaba en las paredes El ocaso de los dioses, haciendo de telón, de conspirador para esta tragedia griega—, ¿Ya te vio Hinestroza?

—Si me ves irracional e inexplicablemente tranquilo, Heriberto, es justo porque el parte médico me lo ha dado el doctor Hinestroza. Y ambos sabemos que el jamás nos mentiría, ni siquiera en estos casos. No sé si será la rudeza que les da ver morir a tantos y de tantas formas, de rajarles el cuero y decir que han hecho todo lo posible, lo que los hace cruelmente necesarios. A veces no se necesitan embellecer las palabras, ni dar rodeos. A veces lo que no se necesita es anestesia.

—¿Cuánto te queda? ¿Cuánto nos queda?

—En estos casos no se sabe a ciencia cierta. Unos meses más, un año, cualquier número es igual a lanzar una moneda al aire, justo antes de que caiga ya sabes qué quieres. Pero cálmate, Heriberto. Sabes que no hay miedo a despedirnos. Nos hemos preparado durante ochenta y cinco años para ese día. Nadie ha regresado a decir que del otro lado sea maluco, así que ha de ser bueno. No lo olvides, hay que reírnos de todo, hasta de nuestra propia muerte.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo y jocoso?

—Los años dan cierta calma, ya uno no espera muchas sorpresas, ya no se tienen tantos miedos. Y en cambio sí, la serenidad que otorgan, y después de haber vivido ya uno sabe que se tiene que acabar el viaje. Si al terminar el día, tenemos el valor de seguir en pie, y las ganas de respirar a la mañana siguiente, valió la pena.

—¿Y yo a dónde iré, Antonio, si vos no estás?

—Conmigo si querés, Heriberto. Vamos que vamos.

Antonio se acabó de peinar en el espejo para salir a buscar su café de la mañana, picó el ojo y Heriberto hizo lo propio de su lado del espejo hasta que se perdió en el marco de sauce del mismo. Antonio tomó su pipa de palo de rosa y salió a vivir el sol de sus últimos días. En el parque se encontró unos amigos de vieja data que pasaban a misa como de costumbre, les blandió la mano diciendo: adiós, muchachos. Ya se empezaba a despedir, pero sonriendo, pero viviendo.


*A la memoria de Olmedo Antonio Ospina Aguirre (1934-2023).

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Colombia. Es ingeniero industrial de la Universidad Tecnológica de Pereira, un escribidor de historias y lector de corazón. Con sus cuentos ha participado en diferentes concursos, obteniendo el cuarto lugar en el Concurso de cuento breve Relatos Plurales, de la universidad que egresó (2017). Segundo lugar en el XIII concurso de cuento breve Municipio de Samaná (2019). Primer lugar en la categoría adultos del concurso de cuento Fundeagro Promueve las letras (2020). Retazos (2021) es su primera antología de cuentos.

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