Alba

Mi cuerpo se quedó pequeño y muchas veces creen que tengo ocho años. Pero no, tengo veinte; mis ojos son grandes, eso veo cuando me miro al espejo, tengo el busto grande, la cadera estrecha. Mi madre dice que por detrás parezco una lagartija.

Soy mulata, mulata de mula y en ocasiones me he sentido esclava, coartada de la libertad. Nunca he sido lo que he querido, más bien he cumplido los deseos de los demás y me he quedado en un vacío, como autómata o robot, que me dirigen, que me dicen qué hacer, qué pensar, qué hablar, hasta qué sentir: que no llore, que no hable cuando los adultos se reúnen, que atienda al papá, que haga, que no haga, que usted lo tiene todo, que no se sienta triste, que hay gente peor… Una vez caminando por el cafetal pensé que lo que yo pensaba o decía era dictado por otra persona; eso sí, nunca escuché voces, eso es para los locos.

Ayudé en una casa de familia desde mis doce años y eso porque salí del pueblo, de Peque, cansada del trabajo en el campo, cansada de subirme a los mangos para esconderme, cansada de correr porque me perseguían. Sentí miedo de ser violada y asesinada. Mi infancia fue así: cada vez que los muchachos estaban rondando la finca, me colgaba de los palos de mango para protegerme y comer, desde ahí atisbaba los cuerpos bocabajo de los muertos, me deslizaba por el tronco y bajaba sigilosa, metía las manos a los bolsillos y a veces sacaba algunos billetes o monedas.

Llegaba tarde a la casa. Un día caminé casi nueve horas, fue una desaparición voluntaria. No sé cómo, pero después de caminar tanto llegué a Medellín, descalza, con un vestido blanco que de la mugre parecía gris.

Eran las tres de la mañana aproximadamente, sentía frío, todo en silencio, un olor desconocido se impregnó en mi nariz, olía a ciudad: orina de perro, comida, fritos, grasas, humo de carros. La neblina se levantaba pesada sobre las calles grises que dejaban ver algunas rayas blancas y otras amarillas. Esos colores eran diferentes porque yo veía en tonalidades verde-café, el campo es así. Caminé sobre las líneas lisas y húmedas del pavimento, imaginé las líneas como una cuerda floja, abajo un precipicio. Pensé que no tenía trabajo, no sé qué es trabajar en la ciudad, solo sé del trabajo en el campo, con los cultivos y los animales.

Amaneció y vi un anciano, tembloroso, cargaba un costal, olía a pescado, creo que lo vi en la noche durmiendo en la acera. Sentí hambre. Una señora elegante iba en su camioneta y me ofreció una coca llena de comida, sabía a jabón, agradecida me subí en su carro y me dispuse a trabajar en su casa. Elena vivía con su esposo, quien murió unos meses después. ¡Alba, hágame! ¡Alba, tráigame! Alba, Alba, Alba… Esclava, esclava otra vez. Hasta que el señor se murió trabajé allá.

Aprendí a leer y a tejer en casa de la señora. Mientras estudiaba me hice amiga de una compañera que me abrió las puertas de su casa. Conocí a un joven que me decía niñita, le gustó que yo fuera pequeña, que tenía los ojos grandes, saltones y curiosos, que le gustaban. Yo tenía quince años y me enamoré y lloré… Él era: ¡Alba hágame, tráigame…! También se murió, pero me dejó con dos hijos. Antes de su muerte recorté un mechón de su cabello, le puse cinta transparente y lo tengo en el cajón de la mesa de noche. Imagino que toco su cabello y que me habla, que respira una vez más. Él ya no me espera, ni me manda ni me dice nada más. Sin embargo, cuando necesito una palabra alentadora cojo el mechón y hablo con él como si estuviera ahí, a veces creo que me sigue, que me acompaña, que se da cuenta de todo lo que hago y eso me tranquiliza.

He querido regresar a Peque. Intenté volver, fui a la terminal y allí me encontré con él: un campesino. Me miró, me volvió a mirar, agaché la cabeza, con la segunda mirada supe que quería acostarme con él. ¿Quiere un ron? Me preguntó. Fuimos a su casa, ahí en Moravia, caminamos de la terminal hasta allá. Este encuentro fue pura casualidad, hubo alegría, no quise conversar, me quedé ahí. Nos separamos. Me dijo con rabia que me fuera. Volví a quedar en embarazo, pero quise abortar. Aborté antes de que se me abultara el vientre. Nunca fui bonita, ni nadie me arrebató la belleza, creo que no sé qué es el dolor, ni el odio.

Me dio piedra que me dejara, quise irme a casa, él era buena gente a pesar de su cara de amargura. Él me dijo que le parecía linda, yo no sé, me sentí fea siempre, fea, fea, fea, soy fea. No me dijo nada, me dejó. No quise que amaneciera otra vez. Cogí un bus y me devolví a casa, llegué y mi madre lloraba: negrita, mulata de mula… te extrañé, pensé que los muchachos te habían desaparecido, no te vi en los palos de mango.

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Colombia. Ha tenido acercamiento a la literatura desde temprana edad, no solo como lectora sino también como escritora inédita de cuentos, poesía y novela. Estudió Filosofía y Letras, es licenciada en Lenguas Modernas de la Universidad Pontificia Bolivariana y psicóloga de la Universidad de Antioquia. En el 2019 participó en el concurso Medellín en Cien Palabras, quedando finalista con el cuento El paisaje de uno mismo. En el 2021 hizo parte de Narrativa colombiana: antología, publicada por Elipsis Editores y de Cuentos capitales, en la misma editorial.

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