Para Liz. Por los buenos recuerdos, la inspiración y las risas.

Ya van a dar las cuatro y tu programa favorito está por comenzar. Sí vas a querer que le deje en el canal, ¿verdad? Por más que lo pienso menos me cabe en la cabeza la idea de que los chismes de farándula fueran tu pan de cada día. ¡Perdón! No te pongas así. Yo sé que tú siempre fuiste un pan de Dios, y ese tipo de expresiones te chocaban hasta la médula.

Ay, Samantha, si supieras lo que Roberto ha hecho en tu ausencia. Es triste que pensaras que tomando el papel de víctima te liberarías de toda presión. ¿Viste que no fue así?

Y ya empezó. La musiquita de tu programa siempre me degradó, y ahora más que nunca me gustaría confesarte que más que desgrado sentía un malestar general justo cuando empezaba el primer sonido. No estoy segura, quizá fuera por los recuerdos que me llegaban a la mente de las primeras veces que me invitaste a tu casa. Tu vocecita chillona, en conjunto con la voz de Andrea Legarreta en la tele, me fastidiaba hasta el punto de tener que pedirte prestado el baño. Era el único lugar en el que podía respirar en paz sin tener que llevar en la cara la sonrisa estúpida de una “amiga cercana”, como me decías.

Y ahí en el baño me sentía más patética que nunca. Rumiando tus historias románticas con Roberto, tus desamores con él, y cómo es que él se quedó con la custodia de Manuelito. ¿¡Y a mí que chingados me importaba todo eso!? Pero no, ¿verdad? una damita como tú necesitaba drenar sus descontentos, y, como tu perrita se escapó de la casa, pues tenías que ir con la vecina.

(Yo entiendo muy bien a esa pobre perra)

Luego de despotricar tanto, ¿de verdad te sentías bien? ¿o era puro teatro? ¿Como cuando me invitabas a ver películas de Luis Buñuel para luego presumir tus conocimientos superiores de cine mexicano? A ti ni te gustaban esas películas, no te hagas, era pura pantalla. Todo aquello lo hacías por y para Roberto, y cuando se te fue no pudiste soportar el perder tu castillo en el cielo.

A pesar de todo, Samantha, yo siempre lo esperé de él. Fue un imbécil contigo y con Manuelito. Y por más que te decía tú siempre optabas por ondear la bandera de mártir y poner la otra mejilla. Dejada, pendeja y soñadora a no poder más. ¿Y yo qué tenía que hacer en tu cuento de hadas? ¿en tu historia de cenicienta? ¿era el Hada Madrina? ¿los ratones? Pues, según sé, ni fu ni fa, un personaje más de relleno, seguramente. Y tú, como siempre, tratando de mantener la serenidad más falsa, cambiabas el tema justo cuando yo podía encontrarte una salida (no a mí, a ti) y te ibas a preparar limonada. ¡Limonada! Con lo mucho que me desagradaban los sabores ácidos. Y siempre te lo dije.

¿Te acuerdas cuando llevé unas cervezas a tu casa? Te juro amiga que nunca me pudiste caer más gorda. Te las tomaste como si yo estuviera maldiciendo a tu madre en su cara; no creas que no me di cuenta de la falsedad de esa tarde. De cómo tus ojos parecían lagrimear, no sé si de coraje o de otra cosa y te mantuviste muy seria todo el rato. Te dije que si no querías no te la tomaras y que si te había faltado al respeto me disculparas, pero preferiste jugar a que yo lo “había hecho adrede” para lastimarte y que cuando llegara Roberto te tachara de borracha (obvio, nunca dijiste nada). ¿Pero él siempre podía tomarse unas los domingos, no? En ningún momento perdiste tu sonrisa. Jamás me reclamaste nada, y todo te lo tragabas. Te estabas envenenando tu solita Samantha. ¿Por qué lo hacías?

Cuando se fue Roberto yo pensé que lucharías por tu hijo, pero me equivoqué. Tan casada estabas con tu papel de víctima boba que esperaste todo de él, o del cielo, no lo sé. ¿Y yo? Pues con una formación académica en tu institución de señoronas trágicas por poco me trago la farsa.

¿Tenías que llegar tan lejos, Samantha?

La policía ya llegó. Voy a abrirles la puerta. Y les aventaré la carta que tú, muy cómodamente, colocaste bajo el jarrón con flores marchitas (flores que pusiste hace poco, a mí no me engañas. Para que fueran el complemento ideal de tu tragedia). 

***

Mi muy querida amiga:

Sé que no tengo derecho a incordiarte, pero espero que esta breve lectura no interrumpa tu trabajo o cualquier tarea que pudieras estar realizando. De cualquier cosa te ofrezco mis disculpas, a cambio de que, una vez más, me dejes platicar contigo. Nunca agradecí tu amistad como fue debido. Ahora sé que fui bendecida por tenerte a mi lado en momentos difíciles. Es una lástima que no pueda ver a Manuel crecer, pero estoy segura de que continuarás viéndolo por mí. Perdona a Roberto, por favor, él no tiene nada que ver con las decisiones que yo he tomado. Solo quiero que tú, mi fiel amiga, consigas algún día un hombre que te ame y te respete como mereces.

Yo lo tenía todo, pero mi corazón siempre fue débil y no podía fortalecer aquello que tú tenías de sobra: valor.

Espero que nuestra amistad no se pierda en el tiempo y que le cuentes a Manuel los buenos recuerdos que cosechamos juntas.

Te estimaré por siempre, mi queridísima Laura. Por cierto. El pastel de nieve que está en el refrigerador es para ti. Yo sé que nunca te gustó la nieve de limón, pero me disculpo nuevamente: no había de otro sabor en el super.

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José Santillanes
México. Nacido en Chihuahua, en 1995. Prefiere que le digan Pepe. Textos suyos han sido publicados en diversos medios digitales e impresos. Ha sido galardonado en varias ocasiones por su trabajo creativo en diversos medios literarios. Amante del teatro y, más aún, de la dramaturgia. Actualmente trabaja en la revista Fósforo literatura en breve.

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