Mi esposa y yo nos vinimos a vivir al campo. Llegamos la tarde de un sábado, estrechas, en un carro lleno de cosas, con nuestros gatos encerrados en guacales y maullando como si se les fuera la vida en ello y con nuestra perra sobre mi regazo, feliz, después de haber visto paisajes en fuga y presintiendo un paseo increíble. La mudanza fue difícil; la decisión había sido apresurada y la compañía encargada había llegado con un camión casi tan pequeño como un carro, en el que, como acto de payasos de circo, metieron nuestros coroticos y los amarraron con cuerdas para evitar una caída estruendosa sobre el pavimento. Ese resto de día y todo el domingo no tuvimos un respiro, nuestras manos, junto con las de mi padre y de mi hermano, que habían venido a ayudarnos, se movían de manera apresurada para despejar rincones, liberar a los muebles del polvo que los ahogaba, armar, desarmar, sacar y acomodar los objetos que, si supieran hablar, podrían contar los secretos de nuestros siete años de camino compartido.

Yo, a pesar de la fatiga y del estrés, estaba muy ilusionada. Era la tercera vez que me mudaba a la casa de campo de mi padre, y esta vez la estadía iba a ser mucho más prolongada. Esa casa, construida en un terreno que había visto por primera vez cuando tenía unos diecinueve años, había sido mi refugio durante mis retiros del mundo; sus ladrillos eran testigos de mis largas sesiones de meditación, de mis rituales de reconexión con la conciencia, de los atardeceres balconeros con un libro abierto y una taza de humeante café, de las caminatas hacia el bosque que siempre me acogía en su seno verde, y del nacimiento de muchas de mis canciones.

Esta vez no llegaba sola o con la única compañía de Gatú, mi gruñoncito panzón y peludo que, aunque no lo sostengo frente a los demás felinos, es mi preferido. No, esta vez llegaba con toda mi familia, huyendo del arriendo de un apartamento embutido en la ciudad, cuyo pago se nos hacía cada vez más difícil debido al enflaquecimiento inexorable de nuestras fuentes de ingresos. Veníamos dispuestas a comenzar ese capítulo que tanto habíamos anhelado: una vida campestre lejos del caos, el ruido y la contaminación de Medellín.

Al principio me sentía en un cuento de hadas: el friito de las tardes, el concierto de la lluvia en el tejado, los despertares bajo los cantos hechiceros de las guacharacas, la visión de las diferentes tonalidades de verde y de los rastros coloridos de las plumas escondiéndose en el paisaje, el aire menos viciado, los días dedicados a las pocas clases que estaba dictando y a los quehaceres de la maestría que estudio y que amo, y lo más importante: las noches silenciosas, las silenciosas noches. 

Pero aún más felices que Juli y yo, se mostraban nuestros hijos cuadrúpedos. Liberados del confinamiento y las tediosas tardes, los gatos, escondidos tras los eugenios rojizos, movían sus nalguitas de un lado a otro, planeando un gran salto que sorprendiera a un pajarito, un grillo, una mariposa, o cualquier otro insecto despreocupado. Inti, la perra, demostraba su increíble agilidad de criolla larga y esbelta, corriendo como cervatillo tras un pequeño disco volador o trazando círculos enormes alrededor de sus nuevos amigos perrunos. La vida nos sonreía, realmente no podíamos pedir más.

Y entonces, cuando nos acostumbrábamos a esa placidez imposible, llegó la tragedia para recordarnos que vivimos en un planeta de dualidades. Un día, cuando Inti y yo fuimos a saludar a una cachorra vecina, a la cual Juli y yo llamamos microbio rastrero, por chiquita y porque siempre arrastra su pancita cuando juega, la vecina humana de esa casa me advirtió que teníamos que tener cuidado al ir al lago porque esa mañana habían encontrado a dos zarigüeyas y a un perro envenenados. Absolutamente impresionada pregunté cómo era ese perro del que estaba hablando. Ella respondió que era ese peludo que se veía mucho en el condominio, ese de orejas puntudas y monitas… Un grito de rabia escaló por mi garganta, ¡habían matado a Lila! Lila, la única amiga verdadera que tenía en esta vereda, aparte de dos hermanas que ya habían partido a otro pueblo y que habían sabido conquistarme con sus libros, sus plantas y sus tardes de café, cigarrillos y tertulia.

Y es que la casa que mis padres construyeron no está aislada en una montaña. No. Se eleva entre varias casas, las cuales hacen parte de un condominio que queda en la vereda La Hondita, en Guarne. Todavía recuerdo la enorme decepción que sentí cuando mis padres nos llevaron a mis hermanos y a mí a conocer el terreno que habían comprado. En mi cabeza, vivir en el campo significaba estar rodeado de árboles y ver las casas de los otros como puntos lejanos y hasta borrosos, en vez de tener un lote de unos cuantos metros desde el cual se podía ver el interior, o por lo menos la fachada, de las viviendas vecinas con total nitidez. Sin embargo, cuando la casa ya estaba construida y comencé a pasar tiempo en ella, pude ver la belleza que se encuentra más allá de las estructuras de ladrillo. Rodeado por montañas frondosas e imponentes y cercano a una fuente de agua limpia, el condominio iba creciendo en un pequeño valle escondido. Y visitando ese lugar que apreciaba cada vez más, fue como conocí a Lila, una perra tricolor y despeinada a la cual nombré de esa forma en recuerdo de otra parecida a ella que había encontrado en las calles de Medellín y a quien tuve que entregar en adopción porque en esa época vivía con mis padres y a ellos no les gustaba tener animales en la casa.

Por su estado físico saludable y por su forma desprevenida de acercarse a los humanos, yo sabía que Lila tenía una familia. Durante nueve años, cada vez que subía a Guarne, ella llegaba completamente mojada y meneando la cola en movimientos frenéticos para reclamar las galletas que siempre se escurrían en el carrito del mercado, junto con las otras cosas indispensables, y las pequeñas sesiones de mimos, masajes y juegos que yo le proporcionaba. Sabía que la perra era feliz en todos los mundos por los cuales transitaba; a veces sentía curiosidad por saber quiénes eran los humanos que la cuidaban, pero finalmente lo único que me importaba era poder contar con su amigable presencia cuando decidía huir del ruido y de mis problemas.

Así que el día que supe de su muerte solitaria y violenta, corrí a la casa lanzando un grito tan desgarrador, que Juli abrió la puerta con cara de espanto, antes de que mis llaves se introdujeran en la cerradura. Ese mismo día, en una cartulina amarilla y con letra temblorosa, escribí un contundente mensaje, en el cual tildaba de asesinos a quienes eran responsables de ese acto cobarde y les advertía que estaríamos atentos. Un atentos del que tenía total seguridad porque una gran parte de las personas que habitan este condominio tienen mascotas y porque creía que un acto tan horrendo como ese haría surgir manifestaciones de indignación y de rechazo. Nadie merece una muerte tan dolorosa, y menos un ser tan entregado como Lila. Las zarigüeyas tampoco lo merecían y su muerte me dolía, pero el hecho de pensar que mi Lila nunca más aparecería en medio del jardín para llenar mi día de sonrisas, me sacudía el alma y el estómago en contracciones dolorosas.

¡No podía ser un accidente! ¿cuáles eran las probabilidades de que tres animales aparecieran muertos en el mismo punto, separados apenas por unos centímetros? El suceso me llevó en un viaje terrorífico en el tiempo, hasta lanzarme, como en un embudo, a una tarde de domingo en la que me enfrenté a una vecina que se había acercado a mi casa vociferando que yo era una bruta. Unos minutos atrás yo había visto, desde el jardín delantero, que un niño muy pequeño estaba lanzándole un palo a uno de los hermosos pavos reales que se contoneaban con orgullo por todos los lotes. Indignadísima ante semejante espectáculo y sin importarme que fuera un niño, le grité que era un bruto por hacer lo que estaba haciendo. Entonces, el chico salió corriendo y fue tragado por la misma puerta que unos segundos después escupió a una señora furibunda que venía a insultarme. Cuando, entre berridos, le dije la razón por la que le había gritado al niño, ella me dijo que la orden de ese acto violento había salido de su propia boca.

Ella no era mi persona favorita en el mundo; algunos vecinos se quejaban de haber sido víctimas de su odio irracional hacia los animales, y se rumoreaban historias tétricas sobre venenos puestos en el jardín y hasta en el techo de los carros, y sobre el macabro vuelo de objetos punzantes. El lenguaje es mi mejor aliado, siempre he sentido una atracción enfermiza por la lectura y me expreso muy bien, pero cuando tengo rabia me transformo en un irrigador de palabrotas, y si me siento muy agredida, me defiendo con la ferocidad de un animal acorralado. Ese día volaron los insultos de un lado hacia el otro, y si no hubiera sido por la intervención conciliadora de mis padres, quién sabe lo que habría pasado.

Desde aquella fecha lejana no nos dirigíamos la palabra, y aunque las historias horríficas estaban gravadas con cincel en mi alma, me había acostumbrado a ignorar su presencia y a absorber la paz que el lugar ofrecía. Volviendo a salir del embudo, pensé que era imposible que fuera ella, ¿después de tanto tiempo había vuelto al ataque? Dicen que tenemos derecho al beneficio de la duda, y fue dudando que me acosté esa noche. Pero al día siguiente Juli, después de haber visto frustrada una pequeña caminata con Inti, llego gritando a todo pulmón: “¡Lindaaaaaa! ¡Envenenaron a otro perro!” Con la furia dibujada en su cara, Juli me decía que fuera al lago, lugar donde se habían reunido varias personas, a mirar de cerca lo indecible.

Cuando llegué, impulsada por la adrenalina, vi que los miembros de una familia que vivía muy cerca del lago, estaban afuera. Sin embargo, no se veían rastros del perro, ni de nadie más, así que sin saber bien lo que había pasado, me les acerqué para pedirles que estuvieran atentos a cualquier movimiento sospechoso y que me mantuvieran al tanto para actuar de una forma más eficaz que las simples rondas de inspección que Juli y yo habíamos hecho desde que todo había comenzado. Entonces ellos me relataron los hechos de los que habían sido testigos: dispuestos a aprovechar la calidez de esa tarde festiva, arreglaban algunas cosas en su jardín con vista al lago. El abuelo de la familia, un señor dulce y bajito, al que yo solo había saludado levemente, atraído por la belleza del sol reflejado en el agua, dirigió su mirada a un solitario pescador que, con una gran parsimonia, sostenía su vara. Este último, al verse observado, dijo que había un perro al que habían envenenado y que se había caído al lago.

Actuando con rapidez, el abuelo y uno de sus hijos se tiraron a las aguas lodosas para sacar a un gran pitbull negro, que hacía evocar la imagen de Cerbero con su boca llena de babaza y sus ojos totalmente enrojecidos. Un lavado estomacal, hecho con una manguera, hizo que vertiera en el suelo el contenido de su estómago, después de lo cual fue llevado a un médico veterinario que no daba un peso por su futuro. El yerno y cuñado de quienes se habían lanzado al lago, fue quien llevó, junto con su esposa, a Ramsés al veterinario. Él tampoco sentía mucha simpatía por la vecina de mis amargos recuerdos, debido a viejos altercados relacionados con sus perros. Mientras ellos estaban en el veterinario, Juli y yo recorríamos el lago en busca de alguna evidencia; y muy cerca del lugar en donde habían encontrado a las otras tres víctimas, descubrimos otra desafortunada zarigüeya y un hueso… ¡un hueso con una coloración azul-verdosa! ¡Ese tenía que ser el veneno! Yo lo cogí con una bolsa, tomamos unas cuantas fotos y volvimos a la casita del lago, donde había varios vecinos reunidos alrededor de Ramsés, que ya había vuelto de la consulta.

El perro temblaba y a veces orinaba sangre. A quilómetros se notaba todo el dolor que estaba sufriendo. Juli, tan amorosa como siempre, fue a la casa a buscar una cobija y lo envolvió en ella. Entonces, después de una escena caótica en la cual se invocaban nombres antiguos, y se decidía qué se iba a hacer con el hueso mortal, el grupo se fue disolviendo y quedamos la familia heroica, Juli y yo, consolando a ese ser desgraciado, sin saber si iba a sobrevivir.

En el caos anterior, sospechando ya de la actitud indolente de quien seguía pescando sin inmutarse, a pesar de los gritos y el revuelo, y ya sabiendo que era un huésped de la casa de la vecina de mis recuerdos amargos, dos personas se enfrentaron a él diciéndole que lo habían pillado. Y la verdad es que las piezas del rompecabezas comenzaban a juntarse en la mente de algunos, creando un escenario que tenía lógica, pero del cual no se tenían pruebas: una semana antes la administración había recibido una queja porque Blue, una loba blanca con espíritu aventurero que vivía en la casita del lago junto con la familia heroica, había hecho algunas excursiones a otros lotes. La administradora les hizo saber a quienes la cuidaban sobre la queja, pero mantuvo el anonimato de su autor hasta el día en el que Ramsés casi pierde la vida, y ustedes, lectores de esta crónica no tendrán que hacer un esfuerzo muy grande para adivinar de dónde provenía esa voz delatora. Unos días después de la queja, el pescador apareció como por acto de magia, para meter, día a día y hasta la puesta del sol, su anzuelo bajo el agua, y algunos de los que frecuentábamos el lugar con nuestros perros, comenzamos a sacarles de la boca restos de pescado y huesos, que traían como trofeos de las orillas del lago. Esos hechos, sumados a la actitud de haber observado con indolencia cómo un animal se ahogaba frente a sus ojos, sin soltar su vara, sin intentar ayudarle y sin pedir socorro a gritos, sumado a su desaparición súbita dos días después del escándalo, lo dejaban muy mal parado.

Mi sangre hervía; quería encontrar a toda costa al responsable, y que se supiera lo que pasaba. La administradora había llamado a la policía, pero estos nunca aparecieron, así que en mi cabeza ya nacía la idea de poner un denuncio mientras acariciaba la cabeza negra del enorme animal que a veces dejaba escapar unos casi inaudibles quejidos. El humano que cuidaba a Ramsés era también el responsable de Lila. Alertado por una vecina que tenía su número telefónico, llegó cabizbajo, sin saber en cuál estado iba a encontrar a su perro. Asomado por un alambre de púas, nos dijo que lo pasáramos al otro lado, que él lo cargaría hasta la casa. Juli le ofreció llevarlo en el carro para evitarle más sufrimientos al can, pero él se negó. Preocupado, nos dijo que no habían sospechado nada con la muerte de Pinina (por primera vez escuchaba el verdadero nombre de Lila) porque a ella le daban unos ataques de los cuales solo regresaba con un suave masaje en el pecho, pero que les había parecido muy raro que la hubieran enterrado en vez de entregarles el cuerpo y que ya estaban alarmados porque solo después de dos días de haberla perdido a ella, su otro perro estaba al borde de la muerte.

Yo lo animé a poner un denuncio y le dije que estaba dispuesta a acompañarlo. Él me dio su número telefónico y recibió al enorme pitbull, quien sacó energías desde lo más hondo de su ser para saludarlo con un movimiento de cola. Los dos desaparecieron al otro lado de las púas y del bambú. Un hombre perdiendo el aliento bajo el enorme peso del fin de la tarde, y un perro envuelto en una cobija rumbo a su hogar.

***

Ramsés sobrevivió, y el bocado venenoso que casi lo arrastra a la barca de Caronte, nos abrió las puertas a ese mundo que entreveíamos a través de los bambús. El mundo oculto de Pinina se mostró frente a nosotras en un hermoso día de sol en el que Inti, nuevamente liberada de la traílla, en territorio libre de veneno, y un Ramsés lleno de vida y fortaleza, nos acompañaron en una larga caminata en medio de un bosque nativo. Nuestros pies se arrastraban en el lodo siguiendo la voz de nuestra guía. Diana, la mamá humana de Pinina y de Ramsés, poseedora de un alma guerrera que se había enfrentado con el monstruo de la explotación minera en una batalla de la que salió victoriosa, nos contaba la historia de ese pedazo de tierra perteneciente a su familia. Hipnotizadas por relatos que invocaban a los espíritus protectores del bosque y al recuerdo amoroso y juguetón de Pinina, llegamos a una cascada cuyas aguas se precipitaban hacia una caída de varios metros, escondida en un rincón del mundo que arrebata el aliento por su enorme belleza.

Esta caminata fue el único solaz que tuvimos antes de que la amargura nos asaltara para lanzarnos a una caída más profunda que la de la cascada escondida; unos días antes, Diana, Juli y yo habíamos ido a poner el denuncio frente a las autoridades, y ahora esperábamos con ansia las instrucciones de la Personería, organización a la cual nos habíamos dirigido por medio de una carta, debido a que de la inspección nos habían mandado para la SIJIN [Seccional de Investigación Judicial], arguyendo que lo que había sucedido no era maltrato animal sino un crimen, y a que de ese último lugar nos habían sacado como si tuviéramos sarna. En resumen, nadie quería encargarse del caso.

Para acabar de ajustar, el ambiente del condominio se enrarecía; los eventos que yo pensaba que iban ser causa de gritos de alarma y de indignación, solo habían generado una preocupación general por el bienestar legal del condominio. No sé de dónde lo sacaron, pero temían una supuesta demanda. Los comentarios que oía no demostraban ningún tipo de compasión o empatía hacia esos animales que posiblemente habían muerto entre espasmos insoportablemente dolorosos y que ahora estaban bajo tierra. Al contrario, lo que decían era: “pero no nos pueden demandar”, “pero si nos demandan responderemos con nuestra abogada”, “tengan mucho cuidado con lo que se dice afuera” y cosas por el estilo.

La junta del condominio, de la cual mi papá es el presidente, organizó una reunión para hablar de los hechos. Yo quería asistir porque esta tragedia tocaba hasta lo más profundo de mi alma, pero no me dejaron porque se suponía que era un asunto privado. La vecina mencionada también hace parte de la junta, y a esta reunión envió, en su representación, a su esposo ¡y a su hijo! ¡Qué muestra de total imparcialidad la de la junta al no dejar entrar a nadie excepto al hijo de quien, por sucesos pasados, se veía involucrada en los hechos de alguna forma! Cuando supe esto, volví a sentirme como la Adriana adolescente que no sabía qué hacer con tanta rabia cargada en el pecho, al enfrentar las injusticias de la sociedad (como dice una canción de Tim Bernardes, uno de mis cantantes favoritos: Nada é justo ou injusto se não há justiça de fato[1]…)  Y esa rabia no fue nada, comparada con la marea de ira que sentí cuando se llamó a una reunión de convivencia al único que se había atrevido a decir lo que pensaba en voz alta, uno de los miembros de la única familia que había reaccionado con presteza para salvar al único sobreviviente de esa masacre a la cual ya se habían sumado como víctimas otra zarigüeya y una zorrita. A él lo citaban para que explicara cuáles eran los argumentos que tenía contra ella, y ella se libraba de una reunión similar, sin importar el hecho que, por medio de una carta que había enviado con su hijo infiltrado, el cual ni siquiera fue capaz de leerla, amenazara diciendo que iba a poner una denuncia frente a la Fiscalía para señalarnos a él y a mí como principales sospechosos, en caso de que a su familia o a ella les pasara algo. Él, un padre de familia responsable cuyo único “pecado” era decir las cosas de frente, y yo, que, aunque tengo un fuerte temperamento jamás he atentado contra la vida de nadie, éramos los principales sospechosos de una supuesta carta de amenaza que habría aparecido debajo de su puerta. Pues yo digo que quien haya llevado esa carta debe ser transparente porque la puerta de la casa está adornada con una cámara que se ve a metros de distancia.

Y así voltearon la tortilla; las verdaderas víctimas eran enterradas en el olvido, y una nueva víctima se alzaba triunfante señalando a quienes queríamos que la verdad saliera a flote. Mientras tanto la comunidad, en un afán de conservar la “armonía”, obviaba lo evidente, e inventaba teorías con pilares de un material tan estable como la arena: “que los mataron afuera”, jmmm (¿y todos decidieron atravesar alambres de púas y bambús para morirse dentro del condominio?, “que hay otros cadáveres afuera”, jmmm (¿y dónde están las fotos de ellos o de los vecinos que atestiguan haberlos encontrado?), “que se vinieron atraídos por el agua”, jmmm (¿y acaso afuera no hay una quebrada con agua más fresca?, “que fue un veneno de un cultivo”, jmmm (¿y por qué el día de esa caminata ni Inti ni Ramsés se envenenaron recorriendo maizales y bordeando el límite externo del condominio? ¿acaso ese hueso que desfiló frente a los ojos de muchos antes de ser botado por su evidente peligro fue un espejismo? ¿O es que los huesos con una coloración azul-verdosa son una manifestación de la naturaleza?), “que alguien está lanzando a los animales desde afuera”, jmmm (¿y para qué tomarse la molestia? ¿y por qué no quedan ensartados en las barreras? ¿o es que esa persona tiene vía libre para entrar hasta el lago?).

Es verdad que no podemos señalarlos frente a la ley por falta de pruebas, pero también es verdad que uno cosecha lo que cultiva, y esa familia, como el padre confesó en la mencionada reunión, sí había puesto veneno en su propiedad hace muchos años. Además, un derecho fundamental es sacar sus propias conclusiones basándose en hechos y en el raciocinio, y, aunque el veneno pudo ser puesto por la mano de otros, no hay que ser Sherlock Holmes para concluir que es mil veces más probable que la mano asesina se encontrara dentro del condominio. Tanto es así, que después del alboroto no hubo más muertes, ¿será que ese enemigo externo del condominio tiene oídos tan potentes que traspasan los bambús y los muros?…

Esa indolencia frente al sufrimiento animal, me arrastraba a la época en la que me escondía del mundo envolviéndome en mi ropa negra, esa época cuando salía a las calles levantando mi voz junto a las de muchos otros que, como yo, pensaban que ya era suficiente, cuando repartía volantes, cuando leía todos los ingredientes de un paquete para no consumir derivados de animales, cuando no me interesaba ser amiga de personas ciegas ante la pesadilla que viven esos nobles seres por culpa de nuestro sistema codicioso, egoísta y despiadado. Afortunadamente siempre hay quienes se rebelen, si no ¿qué sería de los negros, los indígenas, las mujeres, la comunidad LGBTI y las otras minorías? Aunque todavía no hemos llegado a una sociedad realmente equilibrada, estos grupos de personas tienen más derechos, y si nadie hubiera dicho nada, a lo mejor todavía habría barcos negreros y este escrito no existiría porque las mujeres seríamos esclavas de un sistema en el que no podríamos expresar nuestra opinión en público.

***

La abogada de la personería nos atendió una tarde de lluvia, en la que nos explicó que no se podía poner un denuncio porque no había pruebas, y que debido al tiempo que había pasado y a la negativa de la policía a acudir cuando se les había llamado, no se sabía si iban a abrir un expediente en el que por lo menos se relataran los hechos. Esto no me desanimó, al menos había sido escuchada por una persona externa e imparcial que se había mostrado más compasiva y a la cual la tragedia había horrorizado. Entonces esa misma noche, en los brazos de un insomnio que me obligaba a pensar qué podía hacer (porque definitivamente no iba a quedarme de brazos cruzados), entendí por enésima vez que el arte es el único camino.

Los humanos somos seres duales, dentro de nosotros habita una maldad tremenda que se materializa a través de todos los modos de violencia que hemos creado, pero también, aunque a veces muy opacado, poseemos un hilillo de luz que nos recuerda que somos parte de un cosmos, y yo creo que la mejor manera de activar esa lucecita es actuar con compasión o transmutarlo todo a través del arte. Un día, en un club de conversación que dirigía, les pregunté a los participantes sobre la importancia del arte, y escuchando sus respuestas, concluí para mis adentros que un mundo sin esta forma de expresión es un mundo en el cual no me interesaría vivir. El arte es vida, cultura, expresión, libertad, catarsis, la mejor cualidad que tiene el intelecto y la emoción del ser humano.

¿Qué mejor aliado que la literatura para dar a conocer una muerte contemplada con indiferencia? Este papel que tienen en sus manos, posibles lectores, no es más que un manifiesto contra la violencia infundada que hace de nuestro planeta un infierno para muchos seres, es un homenaje a las verdaderas víctimas de esta horrible historia que nunca habría tenido que suceder si no fuera por la brutalidad de ese ser cobarde que, por diversión, venganza, o qué sé yo, decidió condenar a esos seres inocentes a una de las peores muertes posibles.

Sé que esto no es lo único que está pasando; en esta época de confinamiento el hambre aruña las entrañas de muchos, y el crimen, el odio y la muerte vigilan satisfechos las fachadas de las casas; los niños sufren, las mujeres son golpeadas, los animales son abandonados, y si sigo con la lista tendría que escribir otras siete páginas. Pero no por ser una aguja entre el pajar de sufrimiento que las manos humanas han construido, significa que no tenga importancia.

Pinina (Lila, para mí) nunca más atravesará ríos y montañas en busca de aventuras, nunca más será el consuelo de un anciano y de dos dulces niñas que lloran su ausencia, nunca más acompañará a Diana en sus reencuentros con los espíritus ancestrales, nunca más vendrá a mi encuentro para empantanarme con sus patas mojadas. Esas zarigüeyas, símbolo del amor materno, jamás embellecerán el paisaje corriendo con sus hijitos a sus espaldas, esos marsupiales que perdieron la vida ridículamente, dejaron a la espera semillas no esparcidas, y pasaron a ser parte de la estadística que refleja las extinciones en masa, que el humano, ignorante y egoísta, ayuda a acelerar exponencialmente. Y esa zorrita que tenía un pelaje color paja como nuestra amada Inti, tal vez haya dejado unos cachorros hambrientos encerrados en una madriguera, ese ser ágil, tótem fuerte y leal de quienes buscan una conexión con el todo, jamás alumbrará los caminos nocturnos con sus ojos claros, y el vacío de su ausencia aún se siente en el bosque que lamenta la pérdida de uno más de sus seres.

Esta crónica es un lamento por ellos, un grito de victoria por la vida renacida de ese gigante noble y juguetón llamado Ramsés, y una ovación a los únicos que se atrevieron a actuar frente a la inminente muerte de ese ser que se ahogaba en las aguas de la indiferencia. Si la justicia no existe, la palabra es el único remedio; mientras me queden fuerzas verteré esta historia en los oídos de quien quiera escucharla, y albergaré en mi alma la triste memoria de los que abandonaron este mundo en circunstancias tan deplorables.


[1] Nada es justo o injusto si no hay justicia de hecho.

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Adriana García Arriola
Colombia. Graduada del programa de Música con énfasis en Composición, de la Universidad EAFIT. Adelanta sus estudios en la Maestría de Hermenéutica Literaria de la misma universidad y hace parte del proyecto de investigación de traducción e interpretación de textos en lengua portuguesa. Ha dedicado casi toda su trayectoria profesional a la enseñanza del español y del portugués como lenguas extranjeras y su primer libro, titulado Cuentos Conjugados, fue publicado por Fallidos Editores. 

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