Mancuso insiste en farfullar oscuras explicaciones. Azuzado por el alcohol, olvida la prudencia más elemental y quiere contar cada detalle al cholo Dantón, ahí mismo, en pleno bar. El volumen de la música lo obliga a inclinarse sobre la mesa, para que el otro no se pierda ninguna de sus palabras. El gesto es inútil, sin embargo, pues apenas logra lanzar frases inconexas y preguntas sin sentido. “¿Qué hubieras hecho en mi lugar?”, repite cada tanto, alzando aún más la voz.

Dantón se limita a mover la cabeza y a sorber despacio una cerveza tibia. No se arrepiente de haber invitado un par de tragos a Mancuso, a pesar de su repentina borrachera. Está de buen humor y por eso tolera el incomprensible torrente de palabras de su antiguo camarada.

Cree comprender que algo salió mal en la inauguración del hospital, hace una semana, pero no logra saber qué, incapaz de darle algún sentido a los balbuceos que escucha sobre ancianas muertas y adolescentes solitarias.

Está seguro de que no hubo ningún incidente en la ceremonia. Estuvo ahí y sabe que el ministro incluso felicitó al equipo de Mancuso por la organización. Revisa sus recuerdos, despacio, y no encuentra nada fuera de lo común: discursos soporíferos, un público apático, periodistas aburridos. Nada extraño, nada que no hubiera visto cientos de veces.

El hospital se ha levantado en tiempo récord, la licitación no planteó ningún problema y todos han recibido las comisiones y sobornos que correspondían. Sabe que el ministro recibió su parte, así como el propio Mancuso, responsable final de contratar a la empresa constructora. Dantón todavía no ha cobrado, pero el dinero no tardará en llegar, como siempre. Todo parece estar en orden en el mejor de los mundos.

Mancuso deja de hablar, se enjuga una lágrima fugitiva e intenta ponerse de pie, sin éxito. Dantón no puede abandonarlo ahí y se ofrece a acompañarlo hasta su casa. Quiere asegurarse de que llegue vivo al menos, como en su época de universitarios.

El frío de la noche parece serenar a Mancuso. Se calla y decide concentrar la mirada en el pavimento. Dantón, por su parte, enciende despacio un cigarrillo, sin ganas, por puro aburrimiento. Tampoco quiere hablar. Así caminan un buen trecho, ascendiendo lentamente por las calles desiertas.

“No debían estar ahí, nadie debía estar ahí”, murmura Mancuso, como ofreciendo una disculpa. Dantón no responde y sólo atina a lanzar un resoplido, entre indiferente y cansado. “Es decir”, continúa, “era la inauguración del hospital, por Dios. Todo el mundo sabe que es un acto político, para que salga en la prensa, en la tele. Nadie espera que de verdad se atienda ese día. ¿A quién se le ocurre llevar a una enferma, a una mujer agonizante, a lo que no es otra cosa que un costoso decorado?”.

Resignado, Dantón escucha la historia. Preferiría estar en cualquier otro lugar, pero cierta inercia de la voluntad le impide cambiar de rumbo y alejarse.

Poco a poco, las frases de la noche comienzan a tener sentido. Una muchacha se ha presentado en el hospital, minutos antes de la inauguración. Junto a ella, apoyada a duras penas sobre su cuerpo menudo, iba una vieja mujer, su abuela aparentemente. La anciana apenas podía hablar o respirar. La muchacha imploraba una ayuda imposible. Mancuso, único responsable en medio del ajetreo de la inauguración, decidió encerrarlas a ambas en una de las salas vacías.

Tenía la intención de llevarlas a un verdadero consultorio médico, luego del acto, evidentemente. En ese momento preciso no podía permitirse la imagen de una anciana enferma saliendo de un hospital recién construido, supuestamente al servicio de la gente. La prensa atacaría al ministro y sería, casi seguro, el fin de su carrera, en el ministerio y en el partido. Era de vital importancia impedir que la prensa estudiara de cerca la construcción del hospital. ¿Qué dirían si constataban que no era otra cosa que un cascarón vacío?

Concluida la ceremonia, luego de un par de horas, ya sin prensa ni autoridades, Mancuso había llamado una ambulancia. Pero sólo había servido para sacar discretamente el cuerpo de la anciana. La muchacha había agotado su voz de tanto gritar y tenía las manos ensangrentadas por los golpes contra la puerta. Fue necesario sedarla antes de acostarla junto a la abuela muerta.

—¿Te preocupa que hablen los tipos de la ambulancia?, pregunta Dantón.

—No, ya les pagué. No dirán nada. Es la muchacha…

—¿Quieres que me ocupe de ella?

Mancuso no encuentra las palabras al principio. Lentamente, sin embargo, explica el deseo difuso de compensar a la joven, no de silenciarla. Siente que le debe algo, aunque no sea capaz de nombrarlo.

Dantón asiente, pero no dice las palabras de aliento que Mancuso parece anhelar. Se limita a preguntarle qué espera que suceda con la muchacha. Le recuerda que, al final de cuentas, es una bomba de tiempo que puede perjudicarlos a todos, si cuenta lo sucedido. Mancuso prefiere callar.

Llegan por fin a la casa. Mancuso tarda en despedirse, parece dudar, como si quisiera confesar algo. Dantón coloca una mano comprensiva sobre el hombro del viejo amigo. Intenta animarlo.

—¿Qué te parece si mañana buscamos a la muchacha? Por lo que me cuentas, no le vendría mal algún dinero.

—No hará falta, Dantón, sé donde está…

—Tanto mejor, ¿quieres que la contacte por ti?

—No, no… es decir, está acá, la traje a vivir conmigo.

Dantón lanza un silbido de sorpresa. Tiene todavía el ánimo de sonreír, aunque su mirada se ha endurecido. Advierte a Mancuso sobre los riesgos que corre. Es su amigo y se preocupa por su porvenir.

—No entiendes, hombre. Maté a su abuela o al menos no la salvé cuando pude. Ella no tiene a nadie más, no le queda un peso.

—Así que han estado hablando… ¿qué sabes de ella en realidad? Además, no debe tener ni quince años.

—Dieciséis, en realidad.

—¿Te parece si charlamos un rato?

Conversan en la sala, en voz baja para no despertar a la muchacha que duerme en el cuarto de Mancuso. Dantón bebe despacio el café que su amigo le ha servido. Sin levantar la voz, le recuerda que tiene buenos contactos. No será difícil sacar a la chica discretamente de la ciudad, del país inclusive. Le dice que una nueva vida en otro lado, con menos privaciones, sería una gran compensación.

Mancuso farfulla nuevamente, pero respira hondo y se repone. Con la calma recuperada, explica a Dantón que ama a la muchacha, que en estos días de compañía mutua han desarrollado algo profundo y bello. No quiere verla partir. Sabe que será difícil, por la edad y todo, pero quiere intentarlo. Además, la muchacha siente lo mismo, se lo ha dicho de muchas maneras.

Dantón termina el café de un sorbo. Se aclara la voz y con algo de pena le cuenta a su amigo que la joven lo ha denunciado por secuestro y violación. Por suerte fue uno de sus contactos en la policía el que recibió la llamada. No tardó en advertirle y Dantón, a su vez, compartió la noticia con el ministro y toda la jerarquía, como corresponde en estos casos. Le explica que el propio ministro lo envió a verificar la denuncia. Le pide, como amigo, recapacitar.

—Lo siento, Mancuso. Lo más probable es que tuviera planeada esa venganza desde que aceptó venirse a vivir contigo. Confío, por tu bien, en que no la tocaste.

—No entiendes, Dantón. Nos amamos. La amo. Será mi mujer. Esa denuncia es un invento tuyo…

Dantón se pone de pie. Con rapidez sorprendente, saca el revólver que lleva escondido, se coloca junto a Gómez y lo liquida con un disparo fulminante en la sien. Sabe que apenas ha tenido tiempo de reaccionar y que no ha sufrido. Se siente bien por ello, eran amigos después de todo.

La joven, asustada por el ruido, se ha asomado a la sala. La reacción de Dantón es igual de eficaz. El segundo cuerpo cae al piso sin emitir un solo grito.

Espera a estar a unas cuadras de la casa antes de llamar al ministerio. Les pide que manden gente temprano, asegurando que no tendrán problemas para determinar el suicidio de Mancuso.

Mañana, cuando saquen los cuerpos, le pedirá a sus contactos en la prensa que sean discretos al informar sobre el caso. No quiere que ensucien la reputación de Mancuso más de lo necesario. Bastará que digan que sufría de depresión desde hace mucho. No hará falta que mencionen a la joven. Era un amigo, le debe al menos esa última cortesía.

Quisiera tomarse un trago más, pero lo vence el cansancio. Enciende un cigarrillo, por puro aburrimiento. Le espera una larga caminata.

Compartir
Artículo anteriorEl mosquito
Artículo siguienteMonólogo acerca de un bulteador que deseó ser escribano
Ernesto Bascopé Guzmán
Bolivia. Es politólogo de formación. Ha trabajado largos años en la administración pública de su país. Actualmente se dedica a la enseñanza, al análisis de la coyuntura política y a la traducción de textos.

1 Comentario

Dejar respuesta

¡Por favor ingresa tu comentario!
Por favor ingresa tu nombre acá

cuatro × cinco =