Despedida a un gran amigo

Esta semana murió Jorge en una esquina del centro de Los Ángeles. ¿De qué?, nadie sabe. ¿Cómo?, ni idea. ¿Era realmente Jorge el que estaba debajo de aquel plástico blanco?, eso dicen algunos que lo vieron allí sentado y pálido el día anterior.

Lo vi por primera vez tirado en la calle Segunda con Spring, cortando con una navaja los callos que le salían en los pies de tanto caminar. Tenía una mirada serena, barbas blancas y cierto aire de sabiduría. A veces me lo encontraba rayando pedazos de papel y siempre me preguntaba qué escribía. Una vez esperé a que botara sus cartones y los saqué de una caneca de basura, eran letras y símbolos sin orden alguno para mí, de un lado para el otro, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo. Eran diagonales, flechas, parecía un tablero de fórmulas químicas. Descifrar lo que allí decía era digno de un Champollion, eran sus sinsentidos consentidos.

A veces me gustaba observarlo sin que me viera, estaba ahí como yo, solo en un mundo de locos, loco en un mundo de solos. Caminaba lentamente mientras hablaba consigo mismo, paraba en cualquier lado, se sentaba por allí, por allá, escribiendo sobre botánica o filosofía, en ruso, en mandarín, en euskera, ¡daba igual! Siempre estaba en las mismas ocho cuadras que delimitaban su mundo, jamás lo vi tomar un bus. Le preguntaba a mis vecinos y a algunas personas sobre él y unos me decían que era un médico caído en desgracia, otros creían que era un escritor italiano o argentino, otros hasta lo comparaban con una especie de quijote español, también lo llamaban «el cigarette hunter» (el cazador de cigarrillos), esto por su costumbre de recoger colillas en el piso cuando no tenía para comprar su vicio.

Empecé a dialogar con él varios meses después y descubrí su acento cubano, pese a esto insistía en decir que venía de Camelot, pero no del Camelot del rey Arturo, era su propio Camelot ubicado entre España y Francia. Al saber que yo era colombiano me mencionó La gota fría, de Carlos Vives, y a un personaje del que había oído hablar en Cuba, un tal Tirolindo o Tirofijo. En nuestras primeras charlas hablaba como escribía, con un orden que solo su cabeza podía descifrar: empezaba con un tema, daba vueltas y vueltas y todo terminaba en conspiraciones en su contra, se enojaba, hablaba cada vez más rápido, repetía entre frase y frase una muletilla. Sus ojos se agrandaban y parecía como si fuera a pegarme, hasta que me decía tajantemente: «me voy, Edgar». Jorge tenía esquizofrenia.

Con él descubrí a un compañero en esa soledad de la que tanto se padece en los Estados Unidos. Jorge tenía una de esas cosas que uno valora como inmigrante reciente, algo llamado «tiempo libre».

A veces me paraba sorpresivamente en la calle y me contaba sobre sus viajes y anécdotas:

—Edgar, ayer estuve en Corinto, en Grecia, y vi varios muñequitos como los que tú haces.

—Edgar, cuando estuve en la Guayana francesa me decían «Pete Zamora» y conocí a un tal Papillón, te cuento que quedé aterrado con sus tatuajes.

—Edgar, imagínate que hace unos años conocí a Pelé, cuando yo jugaba con la selección uruguaya, allí me decían el charrúa.

Recuerdo especialmente un día en el que me vio y cruzó de manera peligrosa una calle llena de carros para decirme:

—Edgar, estuve en Jamaica, estaba caliente el sitio. Chao.

Hablaba de John Lenon y pasaba al nazismo, de Daniel Santos giraba a Julio César, de Vicente Fox a Walter Lanz, de Bush a Marilyn.

Jorge dormía generalmente en la calle Main, entre Quinta y Sexta, al frente del hotel Cecil, un ícono del terror en Los Ángeles. Allí había estado hospedado el famoso asesino en serie Richard Ramírez, allí mismo murió la llamada Dalia Negra y por estos años había muerto en el último piso del hotel una muchacha canadiense llamada Elisa Lam, un caso muy resonado por la prensa. Era un lugar con una energía extraña que contrastaba con su historia musical, al ser escenario de varios videoclips famosos, entre estos el de Where the streets have no name, de U2. La primera vez que nos tomamos un tinto fue allí cerca, en Skid Row, el Bronx de Los Ángeles. Me contaba que quería reencontrarse con su familia, que vivía en Nueva Zelanda. Según él, allí estaba su mujer y tres o cinco hijos, estaba desesperado por que le habían negado varias veces unos documentos y no le llegaban a su casa, la calle. ¡Chingaos gringos de inmigración! Cuando le preguntaba con detalle por su familia, se empezaba a molestar y alguna vez hablando de sus momentos felices en la vida, me dijo que su recuerdo más feliz era cuando había nacido su hijo o hija, no recordaba muy bien, le daba igual.

—¿Cómo es tu esposa, Jorge?

—No sé, no la recuerdo. Morena, rubia, oscura.

—¿Cómo se llama?

—Se me olvidó.

Dejé de verlo por un año y medio, volví al centro de Los Ángeles directo a la calle en la que dormía y allí estaba, me vio y con una sonrisa de esas tan poco comunes en su cara me dijo:

—¡Edgar, Colombia, el de los pulgarcitos!

Fue emocionante saber que mi amigo de mundos paralelos me recordaba. Mientras hice mi corto de The invisibles, Jorge fue mi gran inspiración. Varios de los personajes que hice tenían algo de él: sus manos, sus piernas, su cara, sus cigarros, su escribir. A veces él me veía en la calle mientras animaba y probablemente pensaba que yo estaba loco… y tenía toda la razón, éramos colegas de locura, yo jugando con mis pulgarcitos en la calle y él jugando con su inmensa imaginación.

Me pidió que le tomara una foto para mirar cómo estaba ahora.

—Estoy más viejo, pero me veo bien. Tú también, Edgar.

Esta vez Jorge me contó que había estado hospitalizado. Según él, tenía una enfermedad rara llamada el ébola, una de esas cosas que inoculaban los yankis a los aliens o extranjeros, pero de acuerdo a las fórmulas que me mostraba, padecía problemas respiratorios severos y su corazón no contaba con la fuerza necesaria para bombear la sangre.

Hablábamos casi a diario, nos tomábamos un café en una taquería mexicana llamada Margarita’s place, en la que los empleados, como juego, siempre le ofrecían comida que nunca llegaba a aceptar. Él solo quería café… ni pan, nada, solo café.

En esos días hablamos sobre la música que le gustaba y empezó a cantar. Era una mezcla entre regaño, parafraseo y armonía. Pasó por Joan Manuel Serrat, Gardel, Nino Bravo, Daniel Santos, Javier Solís, José Feliciano. Él mismo, al terminar, se reía de lo mal que cantaba, pero esto lo alegró.

Ahora Jorge me contaba que había venido desde Cuba, pero no había nacido allí. Su patria era un lugar entre Alemania y Portugal llamado Royale, en la que hablaban el Hausen, un idioma muy complejo revuelto de austriaco, alemán y portugués. Luego con cierta arrogancia me dijo: «Edgar, este es un idioma que tú jamás vas a hablar».

Jorge decía que había estado en Vietnam y lo conocían como Moreland. Había sido parte de las fuerzas especiales que venían de la isla de Gerona. La última película que había visto era La colina de la hamburguesa, su último libro fue Cujo, de Stephen King; este era un libro que le daba miedo y por eso no había vuelto a leer. A veces, cuando se despertaba en la calle y veía perros cerca, se asustaba porque le recordaban al Cujo del libro.

En nuestra última charla vi mal a mi amigo, ese día llovía fuertemente en el Downtown. Jorge estaba afónico, borracho, molesto. Me decía que estaba cansado de esperar, por primera vez me contó que había sido preso político en Cuba, que había llegado a los Estados Unidos como un balsero, con su madre, que había agredido a un policía de inmigración en un ataque de ira y por eso había estado en la cárcel por unos meses, que había sido celador, que tenía un primo y una sobrina en Los Ángeles, pero que realmente no eran su familia, pues los había visto muy pocas veces.

Le pregunté sobre Dios, sobre si rezaba y me dijo:

—¿Rezar yo? No, agradecer, agradezco otro día.

—¿Y la muerte, Jorge? ¿No te da miedo que te encuentre en la calle?

—Edgar, cuando duermes en la calle a diario, morir en la calle sería como morir en casa.

Jorge se despide, ya hablamos la hora de rigor en la que sube su tono y se va. «Nos vemos, Edgar». Me quedo dialogando un rato con los empleados de la tienda, salgo y veo a mi amigo de lejos sin que me vea: va con su andar lento y pausado, se detiene y mira a su alrededor cada cierto tiempo, camina, pausa, camina, pausa, lo saludo nuevamente, veo sus ojos enrojecidos y algo que parece una lágrima en su cara; me mira y me dice que espera que tome buenas fotos, luego me da una palmada fuerte en la espalda mientras pronuncia esta frase: «No hay nadie destinado a ser mejor que nadie».

Jorge fue un hombre libre, vivió libre en su locura, vivió libre en la calle y ahora está en la libertad de la muerte. Cuando me alejaba de él tenía la incógnita de saber si lo volvería a ver, por eso cada despedida tenía un aire de ser la última… y esta última lo fue. Adiós, maestro, compañero de la vida, inspiración y gran amigo.

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Colombia. Animador, plastilinómano plastilínico que plastiliniza algunas de las cosas que pasan en nuestra realidad plastilínica. Colaborador de El Espectador y varios libros publicados relacionados con el arte de moldear plastilina.

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