El cuento de Clarice Lispector titulado Tentação [Tentación] fue el primer texto literario que leí en portugués (¡hace ya tanto tiempo! Aproximadamente diez años), y aún lo recuerdo, lo cito, lo uso en clases y en clubes de lectura y me estremezco con él. La historia, en apariencia, es bastante simple: una niña pelirroja que vive en un barrio de Rio de Janeiro llamado Grajaú tiene un encuentro imprevisto y corto, en las escaleras de su casa, con su otra mitad: un Basset hound pelirrojo que pasea por las calles ardientes de dicho barrio.

Para un lector que sufra de la enfermedad de lo inmediato este cuento podría no decir nada, pero a mí me removió la mente, las emociones y eso que llamamos alma; en primer lugar, porque siempre he sentido una gran fascinación por los textos que convierten hechos cotidianos en eventos trascendentales, ya que creo firmemente que las revelaciones que transforman nuestras vidas no necesitan escenarios rimbombantes para hacer su aparición. Podemos descubrir grandes secretos de nuestra mente, verdades espirituales, soluciones a problemas, e incluso el último paso hacia un invento que cambiará la Historia, durante un paseo matutino o un viaje, mientras contemplamos la naturaleza, o incluso tomándonos una cerveza en un bar u observando a otros pasajeros en el metro. No importa el lugar, lo que importa es el ensimismamiento, la contemplación, la reflexión. Por eso es fundamental aquietar la mente, aunque sea por algunos instantes, sustraernos de este mundo moderno que cada vez nos obliga más a depender del ruido, de las luces y de todos los tipos de distracciones que nos ofrece la tecnología; entonces recordamos que hay algo más, silenciamos las voces externas y tenemos nuestra revelación. Y una bella forma de hacer este viaje interno es abrir un libro, dentro del cual un personaje comprende algo y se transforma y, a su vez, hace que nos transformemos con él. ¿No es esto lo más hermoso de la literatura?

En el cuento del que hablo en esta ocasión, esa niña solitaria que es incomprendida por tener un cabello en llamas en una tierra de morenos, ve en ese cuadrúpedo tan rojo como ella lo que nunca había podido ver en otros: ese ser que la mira con intensidad y que no se espanta frente a su hipo desafinado, es tan incomprendido como ella, y entonces en ese instante los dos entienden que fueron hechos el uno para el otro, y absorben ese éxtasis momentáneo concentrándose en su mitad encontrada, haciendo que se desdibujen el calor, las calles, la gente, el cielo, todo, entregándose sin reservas. Pero entonces el hechizo se rompe y los dos recuerdan que no son libres: ella está atrapada en esa niñez que parece eterna, y él está supeditado a los deseos de esa ama sin rostro que lo observa con impaciencia cuando hace esa parada reflexiva. Los dos saben que se trata de un amor imposible y que tienen que retornar a las obligaciones que les permiten ser parte del mundo, pero ella intenta aplazar lo inevitable sosteniéndole la mirada, mientras que él se deja llevar por la voluntad de la compañera humana que no eligió y se aleja sin volver la vista atrás.

En esa despedida silenciosa reside lo trágico de la historia porque, una vez llegada la comodidad del consuelo, la niña debe renunciar a ella para volver al dolor de lo cotidiano, sintiendo en su boca el sabor fantasma de lo perdido. Y eso es lo que sucede cuando tenemos esas pequeñas «iluminaciones»; por un instante creemos que tocamos el cielo con las manos, pero, tarde o temprano, tenemos que desaferrarnos a ese estado y volver a cumplir los papeles que nos atan al mundo. Entonces el dolor se instala en nuestra mente, pero ese nuevo sufrimiento y ese regreso al día a día es lo que generará nuevas preguntas, nuevos obstáculos y nuevos objetivos que nos volverán a lanzar a otro de esos momentos de suspensión.

Por otro lado, la lectura de ese cuento también me pareció significativa porque, al igual que la voz narrativa de la historia, creo que el amor tiene innúmeras formas. Podemos enamorarnos de un árbol, de una ideología, de una obra artística, de un desconocido, de un lugar o, como esta niña, de un basset hound pelirrojo. Creo que todos nos hemos enamorado de seres u objetos de una especie diferente a la nuestra, aunque algunos no lo acepten o lo enuncien con otros verbos. Amar es una acción abierta a las posibilidades, pero los miedos inculcados por la sociedad nos hacen retroceder ante las formas de amor que no encajan dentro de los parámetros que esta dicta. Pero, ya sea que se trate de un amor visible u oculto, amamos porque vemos en el otro un aspecto de nosotros mismos que también amamos, o, al contrario, porque encontramos características de las cuales carecemos y que nos gustaría tener. Y este sentimiento, aunque cause emociones dolorosas en algunas ocasiones, es el que le da sentido a nuestra vida; sin él no somos más que cáscaras embarazadas de vacío, entes que observan el mundo completamente estáticos.

En el cuento, la niña encuentra una razón para alegrar su existencia, y aunque el motivo de ese goce momentáneo esté ausente, su recuerdo siempre le dirá que habrá más momentos como ese, que más amores posibles o imposibles se cruzarán en su camino, que más mitades de su incompletitud se revelarán. Y así como ella lo encontró a él, yo encontré a ese cuento, mi primer amor literario en portugués, y esa historia se unió a la enorme lista de relatos que también me enamoraron, y esa lista me llevó a decidir que la literatura es una de las prioridades de mi vida, una de mis grandes pasiones, uno de los motores que hacen que, día a día, me levante lista para encarar al mundo.

Esos momentos de sabiduría y esos descubrimientos de nuevos amores revitalizan y resignifican nuestra existencia, y por eso la tentación de quedarnos pausados en ese instante nos arrastra con una fuerza de corriente marítima. Sin embargo, en algún momento tenemos que darles la espalda sin volver la vista atrás o ver, al contrario, cómo ellos se alejan de nosotros, y eso no significa que tengamos que olvidarlos o que les seamos infieles cuando otros aparezcan en nuestras vidas. No. El lugar donde almacenamos su recuerdo es como un estómago, se expande según la necesidad, lo que diferencia a esta bodega imaginaria del órgano digestivo es que la capacidad no tiene límites, entonces podemos recordar, sin importar el tiempo que haya pasado y con mayor o menor nitidez, a todos esos antiguos amores y revelaciones, y saborear el placer que nos causaron en su momento. En última instancia, eso es lo que hace posible que, diez años después de haberlo leído, escriba sobre el profundo efecto que las palabras de ese cuento brasileño causaron en mí y que me deleite nuevamente con esa sensación fantasma que transformó mi vida.

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Adriana García Arriola
Colombia. Graduada del programa de Música con énfasis en Composición, de la Universidad EAFIT. Adelanta sus estudios en la Maestría de Hermenéutica Literaria de la misma universidad y hace parte del proyecto de investigación de traducción e interpretación de textos en lengua portuguesa. Ha dedicado casi toda su trayectoria profesional a la enseñanza del español y del portugués como lenguas extranjeras y su primer libro, titulado Cuentos Conjugados, fue publicado por Fallidos Editores. 

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