Desde el espejo, unos ojos extraños me observan, ajenos, suspicaces.

Me han dicho que esos ojos son mis ojos.

¿Míos?

Dicen que esa es mi cara. Que ese soy yo.

Un golpe bastaría para destruir la ilusión, y los ojos lo comprenden y me observan alarmados, pero prefiero no descubrir que me he dado cuenta y sigo lavándome la cara sin inmutarme.

Hay miedo y cautela en esos ojos.

Procedo a afeitarme. Mis dedos recorren mi cara y otro tanto ocurre en el espejo. Mis dedos extienden la espuma alrededor de la barbilla y el otro me imita servilmente. Todo como siempre.

Pero los ojos tienen miedo, porque han adivinado mi pensamiento y conocen mi poder.

El filo de acero cercena los pelos que apenas despuntaban y va dejando surcos de piel húmeda y brillante en la capa de espuma blanca. En algún momento me corto y la imagen da un respingo, antes de que un hilo rojo me recorra la mejilla, aquí y allá.

Realmente, no ha sido nada, pero el miedo ahora es casi físico, tangible. Casi me provoca reírme en su cara.

En la otra mesa, un hombre gorjea y gesticula. Su interlocutor es un joven de rasgos finos y pintarrajeados, que lo contempla con bestial embeleso.

Los rostros y los cuerpos giran, incansables. Más allá, cuatro individuos de rostros oscuros desgajan la velada en una interminable partida de cartas. Uno de ellos no disimula su disgusto al recibir una mala mano e irrumpe en palabras soeces, que no impresionan a sus émulos.

La espero, y la soledad interrumpida termina por hastiarme. Quisiera salir de ese lugar, pero no alcanzo a tomar una decisión, atrapado en una inusual languidez.

Un hombre se derrumba y termina en el suelo infamado, con las piernas grotescamente abiertas. La mujer intenta despertarlo, pero luego cesa en su intento y lo deja como está, para pasto de las pisadas.

No me inspira ninguna piedad.

Me entretiene por unos instantes la conversación entre un viejo y una mujer de rasgos vulgares. El corpiño ajustado apenas le cubre los pechos y el viejo los contempla con mirada rapaz.

Luego los pierdo.

El reloj sigue detenido en la una.

Sigo en esta espera, aun cuando entiendo que ya no vendrá. También me seduce el cansancio.

En la boca, el regusto del rencor.

A través del ventanal, por sobre el mar de cabezas, cae a pico una noche turbia, exornada de una luna elemental y atávica, ansiosa del aullido de los lobos.

Como siempre, alguien reconoce a alguien e inicia un saludo obsequioso. Espío como un ladrón todos los rostros y un millón de veces creo reconocer los rasgos buscados.

Todo ha sido una confusión.

Estoy por levantarme e irme. Pero entonces enciendo un cigarrillo.

Una voz desconocida me sorprende. La mujer de facciones vulgares ha dejado al viejo y ha venido a sentarse a mi lado.

Le cedo mi cajetilla y ella toma uno de los cilindros pálidos.

Veo su cara recargada de maquillaje y advierto que quizás está cansada, pero se fuerza a una sonrisa profesional. A través del humo sus rasgos se suavizan y sus ojos me resultan lejanamente familiares.

Nos sumimos en una conversación breve y trivial. Al final no puedo rechazar su invitación.

Atravesamos con dificultad el círculo de danzantes. Al llegar al otro lado de la estancia descubro, por primera vez, a los músicos.

Son sólo cuatro y ejecutan instrumentos dispares. Un viejo marino japonés, ciego y con los rasgos desfigurados por la lepra, tañe con desenfadada seguridad una especie de arpa.

No alcanzo a fijarme bien en los demás, pues la mujer me guía a una puerta lateral, oculta por un biombo.

Hay un corredor y una serie de puertas. La última está entreabierta y deja escapar un hilo de luz y voces.

Detrás quedan la música, las risas y el mugido de los pasos.

Una de las puertas se abre y aparece una pareja. El hombre es alto y ligeramente encorvado.

Al pasar, reconozco a la mujer, que me mira con ojos dilatados. Finjo no verla.

Mi acompañante sonríe, complacida.

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Javier Garrido Boquete
Venezuela. Médico graduado en la UCV, Pediatra e Intensivista Pediatra. Primer Premio del II Concurso de Narrativa “Miguel de Unamuno” del ICIV. Cuento: “Máscaras”. (1989). II Premio del VIII Concurso de Cuentos “Lola de Fuenmayor”. Cuento “Problema digestivo”. (1989). II Premio del IX Concurso de Cuentos “Lola de Fuenmayor”. Cuento “Lectura interrumpida” (1990). Primer Premio, mención Narrativa, en el Primer Concurso Literario “Simón Bolívar” (Juan Griego). Libro de cuentos “Viernes” (1990). Primer Premio, mención Narrativa, en el Concurso Literario de FONDENE (Nueva Esparta). Libro de cuentos: “La muñeca descalza” (1991). Ganador en Mención Narrativa del Concurso Municipal de Literatura de la Alcaldía de Porlamar. Libro de cuentos: “Invitación a la danza” (1992). Mención en el II Concurso de Cuentos “Salvador Garmendia” (2007). Publicaciones: Viernes (cuentos), Porlamar, 1992; La muñeca descalza (cuentos), Porlamar, 1993; Abaddón y otros cuentos siniestros, Amazon, 2018.

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