Huele a hojas de cilantro y de laurel

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Viene pregonando desde lejos. Le grito al escucharlo un poco más cerca:

—¡Ají! —Se demora en responder. Sospecho que no me presta atención.

—¡Voy!

Respiro. ¡Al fin!

Veremos a cómo lo vende, de acuerdo con el vuelo que han tomado los precios. Quiero sorprenderlo. Si espero que llegue para preguntarle, quizá le sube algo. Todavía no asoma en mi esquina, pero no está lejos. Así en la distancia continúo entrevistándolo:

—¡Precio!

—A quince.

—¿Y traen ya la carne?

—¡No! La carne está más cara y ustedes la compran.

Aguardo junto a la puerta del patio. Si me descuido se va. La mayoría de estos pregoneros no saben vender. Si van en bicicleta parece que andan de competencia. Gritan A… y el jí, es en la otra cuadra. Si andan a pie proponen bajito y sin parar su caminar. Este viene de noche. Es la hora en que los inspectores ya descansan en sus casas. Ya no lo entrevisto, pero él tiene deseos de hablar. Carga el saco al hombro. Lo trae casi por la mitad: o trajo esa cantidad o ha vendido muy poco.

—Este ají me lo trajo mi hermano para que se lo venda. Me lo dejó en el almacén donde hago guardia. Lo quiero ayudar. Al llegar mi relevo salí a vender.

Ya sabía yo por qué tiene tantos deseos de hablar. Ejercita el silencio durante todo el día. Viste un desgastado uniforme carmelita y beige de custodio. Su parlamento abre el espacio para una conversación más larga, pero no le doy tiempo. Tengo ollas pendientes en el fogón.

—¿Cuál es la vasija con la que estás midiendo?

Extrae del saco un pote de helado Nevada. No se imagina lo rápido que hago una valoración. Estos vendedores ambulantes, en su venta, desconocen la libra o el kilogramo, que son universales. Comenzaron por la lata de leche condensada. Ahora es el pote de helado, que no lleva dos de dichas latas y, sin embargo, el precio lo han duplicado. Esta venta es una trampa.

El ají que trae es de la variedad cachucha. Por su forma redondeada no se acomoda parejo en la vasija. Está desbordado con seis o siete piezas. Le pido uno, lo llena y complacido del favor que me hace, asegura:

—¡Bien servido!

Compro, a pesar de mi inconformidad con lo que cobra. Al final está muy escaso. Se deshace en explicaciones sobre la calidad de su mercancía. Afirma:

—Yo sazono con ají, ajo y cebolla, ni siquiera comino. Lo aprendí de mi madre que hacía primero un sofrito con ajo y después el ají y la cebolla. Aquellos frijoles son los que más me han gustado. Ni yo ni ninguna de las mujeres que he tenido, me los han hecho iguales. Las mujeres de ahora no tienen paciencia. Pican los sazones, los tiran a la cazuela, le dan un poco de candela y para la mesa.

Discretamente lo reparo. Dudo hayan sido tantas las mujeres que él ha tenido. El alarde me resulta simpático. Continúo a su lado mientras acomoda el saco sobre su espalda y lo atrapa sobre el pecho con la mano derecha. Le regresa el recuerdo de la madre:

—Y eso que mi madre tenía noventa años y siempre le quedaron igual —pronuncia las últimas palabras al reiniciar el recorrido. De nuevo pregona…

Retorno a la cocina para guardar mis ajíes. Del pozuelo brotan, en surtidor, historias que se entrecruzan con otros tiempos. Leí en un libro prestado: «Una señora tenía, en su repisa, sobre el fogón, una lata pequeña con letras que el óxido había ido borrando. A todo lo que cocinaba le sacudía dentro la vasija. Desde pequeños los hijos comentaban respecto a lo que podría tener, porque ellos no veían que cayera nada». Todos en la casa se acostumbraron a respetar aquel ritual como una actividad que la distinguía. Muy anciana, enfermó y ellos asumieron la cocción de los alimentos. Desde su cama se escuchaba:

—No dejen de echarle lo que está en la vasija.

La intriga persistía y la respuesta era la misma.

—Un día se los diré.

La madre se fue desgastando. Cuando sintió que las fuerzas se le escurrían, los reunió a todos:

—Esa vasija que tanto les intriga tiene el ingrediente más importante para todo lo que emprendan. A lo que agreguen amor, siempre sabrá bien —recitó con voz disminuida—: Todas vuestras cosas sean hechas con amor.

Este Salmo me lleva a otra instantánea.

***

En el último año salí de viaje para ir a visitar a mi hijo. Se encuentra muy lejos en la distancia y el tiempo de la casa donde nací. En su afán de que yo conociera dónde y cómo vive y los lugares que le son placenteros, me invitó a salir. Se detuvo en un pequeño restaurant muy acogedor. Quiso elegir para los dos. Acepté de buena gana. Una amena conversación se extendió hasta que llegó el encargo. Un plato de frijoles negros destacaba junto a otras ofertas. Entre los dos, como lámpara de Aladino, el humo oloroso del potaje se escurría para invadir el espacio y los recuerdos. Levanté los ojos al sentir la fuerza de su mirada. Intuí que esperaba algún comentario. Aquellos frijoles nos enrumbaron por encima del océano: mi madre tras el fogón de carbón; las ollas altas, de impecable brillo; su mano armada de una gran cuchara, revuelve el caldo que acababa de sazonar. Todos sentados alrededor de la mesa y ella de pie sirviendo… Montada en este ferrocarril silencioso continúo desandando anécdotas que lo harán feliz. De visita a la casa de mis padres entraba corriendo. Su saludo: —¡Abuela, quiero frijoles negros! Abrazo entre mis manos el plato y entiendo su interés de invitarme a este lugar: la gracia de mi madre ha reencarnado en la cocinera «…con su olor a hojas de cilantro y de laurel».

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Cuba. Licenciada en Geografía por la Universidad de Matanzas. Miembro del Taller Literario de la Casa de Cultura Jagüey Grande. Premio en concursos municipal, provincial y nacional del Sindicato Educación, Frank País en 1998, 2001, 2002, 2003 y el Rubén Martínez Villena, de la Central de Trabajadores de Cuba en 2003 y 2004. Tiene en editorial el ensayo histórico Félix Duque Guelmes: comandante de la pólvora y de la tierra (2018), publicado en multimedia del Instituto de Historia de Cuba; el ensayo Juan Ortega (2015) y un microrrelato en la Revista Inmediaciones de Bolivia (2020); un microrrelato en Madeinleón Maganzine de España (2021); un microrrelato en el Suplemento Cultural Consultario de México. Tiene inéditos Los testimonios; El hijo del quinto mambí; Memorias de una maestra y un volumen de otros relatos y microrrelatos.

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