Los heraldos negros

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Tras largos años de tener la cogulla guardada en uno de esos cajones que nadie abre, salvo extrema necesidad, he tenido que desempolvar aquel hábito negruzco para entregar malos presagios, como los heraldos negros que manda la muerte.

La orden la entregó un cuervo más negro que la noche en el lugar más frío y recóndito del universo, escrita a mano y a la vieja usanza, con tinta y pluma. Sin formalismos ni saludos cordiales y en un renglón escueto y simple rezaba: «Dar fin de manera digna al sufrimiento de la compañera fiel de su señora madre». Esperaría un poco más de tacto, pero hay cuestiones que deben ser así, sin preámbulos, ni ideas secundarias porque hay asuntos que no se deben adornar.

Chiqui, que así se llama la perrita que nos acompañó por diecisiete años y que nos llegó como regalo en un diciembre, era blanca como un copo de nieve y con la cola muy corta, por lo que pensamos se la habían mutilado adrede, pero años después, tras una fuga de faena que terminó en un parto de tres cachorros, nos comprobó que era un asunto genético. Chiqui tenía la mitad de la cara blanca y la otra negra, como todas las dualidades, en algún momento dijeron que la mandábamos a maquillar, lo cierto era que la naturaleza, que en sí misma es una artista caprichosa y siempre acertada, la pintó como una pirata aventurera.

Tenía las patas cortas, cuando caminaba le brincan las orejas de una manera muy jocosa y particular. Su belleza y gracia provocó que en tres ocasiones se la intentaran robar, por fortuna sin éxito. También se la intentó robar un perro de la misma raza. Bleis, que así se llamaba, igual de bello, parecía un objeto ornamental, mas como no hay nada seguro en el amor o en el deseo, independientemente de la especie en que se dé, Chiqui rechazó a Bleis y cuando se fugó a su faena, terminó en las redes de Whisky, un perro feo y sin gracia, que llevaba a cuestas un extenso prontuario de hacer y deshacer en el barrio con todas las perras de raza y de menos alcurnia.

La relación de Chiqui con mamá era especialmente profunda, puedo atreverme a decir que fue la hija que nunca tuvo y, por muchos años para mis tres hermanos y yo, una hermana, una amiga, fiel como ninguna. Pero para mamá era su escolta y compañía, de día y noche siempre pendiente de ella, les juro que pasaba en la madrugada a ver si mamá estaba en cama, olfateando por el tragaluz de la puerta; en la cocina de día, era una pelea todo el tiempo, pues Chiqui no cocinaba, pero estorbaba. Mamá, como buena madre, la mandaba a motilar, le hacía de comer aparte y le hablaba todo el santo día, de una u otra manera les aseguro que Chiqui le entendía. Y fue su bastión de tormentas en la lucha que ha afrontado durante los últimos veinte años contra su enfermedad y los malos diagnósticos.

Conmigo era un cariño diferente, ella tenía la habilidad de saber si yo estaba triste o no, las noches en que yo caminaba cuesta abajo por mi propia alma, ella elegía dormir en mi cama. Era como un peluche con termostato. Cada que uno llegaba a casa se alegraba sobremanera; y tuvo el vicio por muchos años de regalar medias que sacaba de los zapatos de todos.

En cuanto a la orden recibida, traté de retrasar el asunto lo que más pude. Pero llegó un momento en que se volvió inevitable, las razones: más de una. Según el galeno de perros, sumaba un daño neurológico, incontinencia urinaria, ceguera casi total y diabetes. Hace unos dos años perdió la fuerza y capacidad de subirse a la cama de mamá y las de nosotros. Comía sentada en sus patas traseras por la imposibilidad de sostenerse en las cuatro.

Yo que he cogido la habilidad de ser frío para estos asuntos, sin perder la ternura que han dado las vivencias, hablé ayer con mamá de una manera directa, por lo mismo, porque hay vainas que tienen que ser sin anestesia. Le dije que tener sufriendo a Chiqui de esa manera no era justo, de paso sufriendo las dos. Los seres humanos somos egoístas, en nombre de Dios hemos conminado a cientos de moribundos a padecer hasta el último suspiro, bajo la excusa y defensa de que nuestro señor es quien decide el día y la hora. Enhorabuena, todas las mascotas están libres de Dios, religión y sacramentos, por lo cual no hay tantas restricciones para decidir no dejarlos sufrir. Hemos postergado hasta donde ha sido posible este tema. Llegó el momento y en la tarde Gustavo —mi hermano menor— le dará un baño para que llegue impecable a su última cita. He hablado con todos los muchachos, incluso con papá, pues si bien se me ha encomendado la penosa misión de cumplir esta tarea, ello no implica no ser consecuente. Tienes el resto del día para despedirte. Dijo que estaba de acuerdo, con la cabeza gacha, tratando de no dejar asomar la tristeza que se le salía por los poros y sin embargo dijo que era lo correcto.

Me levanté con la penosa misión de ser el becario de la parca. Me vestí de blanco, pues he rehuido a ponerle más sombras a la muerte que la que ella misma y por si sola evoca. Chiqui estaba impecable, como un copito de nieve, le puse su collar azul aguamarina, le arropé con su cobija azul cielo con estrellas, y fuimos a despedirnos de mamá. Se soltó a llorar como una magdalena, se aferró con fuerza de mi camiseta, como tratando de evitar lo que seguiría: es que ella la ama y amó como una hija, por más animal que fuese. Yo la consolé, pero evité quebrarme y continué el trance.

La veterinaria quedaba cerca y Nathaly, que había aceptado ayudar a Chiqui en su último viaje, nos esperaba. Se comportó a la altura de la situación, respetó el espacio de ambos, a Chiqui la trató con amor y delicadeza, mitigó a su mínima expresión todo dolor posible para ella, me explicó pausada y detalladamente cada parte del proceso que iba a tener lugar en breve. Al no tener auxiliar, me pidió su ayuda, acepté con tristeza y poca valentía la solicitud.

Una primera inyección le fue aplicada, un sedante que la desplomó de inmediato en un letargo profundo. Luego seguía un medicamento que le provocaría de manera fulminante un paro cardiorrespiratorio. Me dijo que cuando estuviera listo le dijera, me dejó solo unos minutos, me despedí de la vieja copito de nieve, de la pirata sin barco, de la amiguita pequeñita, de la hija de mi mamá, de mi hermana de cuatro patas.

Luego le hice señas a Nathaly para que procediera. Sin ninguna manifestación de dolor, Chiqui se quedó dormida para siempre y Nathaly, que me hizo viajar a la canción de los hermanos Arriagada y que lleva su nombre, arropó a Chiqui como una nana a un infante. Hablamos del dolor que causan las despedidas, de lo egoístas que somos muchas veces al prolongar el dolor y de lo humano y sublime que es el acto de amor de evitar el dolor.

Minutos después pasó mi hermano menor, su misión era ser el barquero del Aqueronte, por lo que llevó a Chiqui, ya sin vida, a continuar el sueño de los vencidos debajo de una ceiba grande, justo en el mismo parque que la vio correr sus mejores días.

Yo, que ahora ando llorando su despedida, escucho en un café de vieja data la mejor canción para despedirla: Callejero, de Alberto Cortez. Un fragmento me oprimió el corazón como pocas situaciones y personas lo han hecho en mi corta existencia y me partió el alma en dos.

«Nos dejó el espacio como testamento
Lleno de nostalgia, lleno de emoción
Vaga su recuerdo por los sentimientos
Para derramarlos en esta canción
».

Me ha tocado, no sé si en suerte o en desgracia, ser el becario de la muerte, evitar el sufrimiento de un ser vivo, despedir a una amiga fiel y causarle un dolor profundo en el alma a mi madre, como si la atravesara con un puñal con punta de Toledo.

Pienso que como me siento en este momento se sintió la muerte en su primer encargo: vacía, infinitamente vacía, culpable, rotundamente culpable y al mismo tiempo decorosa de hacer lo correcto, de tener la gallardía de no prolongar el sufrimiento.

Chao vieja, eres la mejor chimuela del mundo. Nos vemos luego para jugar.

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Colombia. Es ingeniero industrial de la Universidad Tecnológica de Pereira, un escribidor de historias y lector de corazón. Con sus cuentos ha participado en diferentes concursos, obteniendo el cuarto lugar en el Concurso de cuento breve Relatos Plurales, de la universidad que egresó (2017). Segundo lugar en el XIII concurso de cuento breve Municipio de Samaná (2019). Primer lugar en la categoría adultos del concurso de cuento Fundeagro Promueve las letras (2020). Retazos (2021) es su primera antología de cuentos.

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