Los santos óleos

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Inefables fueron los eventos subsecuentes tras aquel repentino y milagroso hallazgo. El pueblo alborozado se volcaba en manada hacia el sitio en cuestión; mientras que yo me levantaba dejando atrás el sopor matinal que me ataba a mi lecho de mozo, y salía a presenciar, por entre los barrotes del ventanal, el tráfico alterado que era, a todas luces, ajeno al comportamiento natural de un día ordinario en la población.

—¡Caramba! Parece día de fiesta —vociferaba Clemencia González, vecina de enfrente, con férvido regocijo.

—Ajá, Clemencia, ¿y esa bulla es a son de qué? —le pregunté a la mujer una vez que el ruido de los vehículos circulantes cesó por un instante, pudiendo nada más así, llegar a ser realmente escuchado por esta.

—¡Ay, en el botadero de allá afuera! ¡Se aparecieron dos imágenes de Jesucristo! —me gritó manoteando con suma emoción y a la vez misterio.

—¿Verdad? —le pregunté incrédulo y conmovido.

—¡Sí, mijo! Es más, ya yo ahorita mismo voy a ver qué es lo que es allá arriba. Estoy es esperando desde hace media hora una moto que llamé, para que me venga a llevar.

Asentí entonces un poco abstraído y cogitabundo, quizá por la misma somnolencia que aún me poseía. Di media vuelta y cerré las puertecillas de aldaba del ruinoso ventanal.

Luego de un baño express que me volvió a la realidad y después de medio mascar algo para apaciguar la furia en mi estómago, me dirigí sin pausa alguna hacia el ahora afamado tiradero de basura.

La multitud era exuberante. Los unos a los otros se halaban y superponían sobre puntillas de pies, para dar cabida a la anhelada posibilidad de distinguir algún elemento desde la distancia perimetral, que ya para entonces las autoridades locales habían impuesto con absoluto recelo.

La banda municipal tocaba las mismas melodías tradicionales que ejecutaban con soltura en las fiestas patronales. Se esperaba que, antes de llegadas la tres de la tarde, arribara el obispo junto a su séquito desde la capital del departamento; para que fuera testigo del hallazgo, bendijera a los presentes y, finalmente, llevara a cabo una santa eucaristía.

Filemón Doria fue quien, en primera estancia, se topó con las dos piezas ahora dignas de tanto revuelo. Venía a tirar un cargamento de escombros en su coche de tracción a sangre, cuando distinguió las geométricas figuras que resaltaban y que finalmente le terminaron llamando la atención de entre los cúmulos de suciedad que se vislumbraban desde la distancia.

La sorpresa fue grata: las distantes figuras eran dos cuadros: óleo sobre lienzo. Uno horizontal de 100 cm x 70 cm, que ilustraba La última cena; y el otro, en vertical y de menor tamaño, 66 cm x 45 cm, que ilustraba a su vez al Salvator Mundi.

—¡Ay, mi diosito lindo tiene un gusto exquisito! —alardeaba con fervor y una vocecilla realmente molesta por lo exagerado de su exacta pronunciación y tono agudo, María Concepción Estrada, quien era la lideresa del grupo de mujeres «Las hijas de María, La Blanca Paloma», en la Iglesia Central—. ¡Eligió dos esplendidas obras de Leonardo Da Vinci! ¡Jah! —afirmaba mientras se aplaudía por encima de su enorme busto, y reía de un modo quisquilloso como para consigo misma, develando un claro aire de hipocresía y orgullo.

Ambas pinturas habían sido descubiertas de entre un montón de cenizas y tizne que las cubrían con parcialidad. Las teorías fueron muchas, desde las más razonables, hasta las más descabelladas; pero en todos los casos coincidían en lo mismo: los objetos hallados tenían una procedencia divina.

Lo cierto es que la situación era un milagro por donde se le viera —dos sacras ilustraciones que se encuentran intactas entre un montón de cenizas, evadiendo así, por su divina magnificencia, la destrucción inminente mediante el fuego eterno y abrasador, de las calderas de la gehena—. Y toda la comunidad católica, apostólica y romana del pueblo, estaba realmente rebosada de orgullo y devoción por lo acontecido.

Momentos después, poco a poco los feligreses se devolvían en bandadas hacia sus casas para prepararse entonces para lo que sería el arribo del obispo y la subsecuente ceremonia que se llevaría a cabo allí, en el basurero municipal. Ya se había acordado que los ahora bautizados Los santos óleos —por boca del pueblo y común acuerdo—, serían llevados a la diócesis de la capital del departamento para que hicieran gala, junto a otros objetos divinos que allí reposaban.

Por otra parte, un grupo considerable de hombres adultos, viejos y niños, ayudaban a organizar y despejar, en la medida de lo posible, la suciedad del relleno sanitario; mientras que el gobierno municipal —siempre oportunista en cualquier tipo de situación que aconteciera—, erigía una elegante tarima y montaba un sistema de sonido con todas las de la ley; no sin antes poner una pancarta gigante que decía: ALCALDÍA MUNICIPAL, EL GOBIERNO QUE SÍ CUMPLE. Y luego, el círculo de afeminados locales, que abiertamente vivían de las decoraciones, la cocina y la participación en toda clase de festividades tópicas en el municipio, armaban con su talento innato e increíble creatividad, un majestuoso arreglo floral que se imponía magno, a lo largo y ancho de la tarima, en donde horas más tarde se dirigiría a todos, la máxima autoridad de la iglesia católica en el departamento. Era, sin duda alguna, un suceso sin precedentes: el lugar olía a la fragante dulzura de la variedad floral y a lo agrio y nauseabundo de la porquería circundante.

Llegadas las tres de la tarde, el alboroto era impresionante; algo nunca antes visto ni en ferias, ni festivales, ni en corralejas, ni fiestas patronales. Un resplandor diáfano encandilaba la vista de los asistentes, debido a la blancura de las ropas con que todos habían acordado hacer presencia. El sol calcinante evaporaba la humedad de los residuos dispuestos sobre el botadero y liberando progresivamente a merced de todos, un vaho agrio y pestilente que amargaba el gusto, allá atrás, en lo último de la garganta; el cual algunos trataban de disimular, cubriendo sus vías respiratorias, usando pañuelos de algodón embadurnados con loción de alcanfor mentolado.

A las cuatro menos cuarto llegó el obispo. Fue recibido a las afueras del pueblo por una comitiva conformada por la alcaldía, los miembros de la iglesia católica local y la fuerza pública. Los voladores turbaban la tranquilidad de la bóveda celeste, la gente gritaba y aplaudía, y la banda volvía a tocar sus representativas melodías; mientras que el obispo hacía su entrada triunfal, hacia la tarima que había sido levantada para su honrosa visita.

Hubo variedad de bailes típicos, todos llevados a cabo por los niños de las diferentes instituciones educativas; también se realizaron recitales poéticos, muestras culinarias, musicales, y algunas palabras especiales llevadas a cabo por parte de algunos de los distinguidos personajes y autoridades del pueblo.

Por último, se presentó el obispo hacia la multitud. Primero hizo una introducción vaga acerca del hallazgo, usando frases como: «son un pueblo bendito», «la gracia de Dios está con todos ustedes» y «que esto sirva para mantener la fe y cumplir a cabalidad los mandatos de la ley de Dios». Aprobó el nombre de Los santos óleos, dados afectuosamente a las pinturas, por común consenso del pueblo; y finalmente auspició las buenas nuevas del señor, a través de una conmovedora eucaristía que hasta al más pétreo hizo sollozar de la emoción.

Una vez realizadas todas las intervenciones del encuentro, se procedió a la bendición de Los santos óleos y su posterior custodia, para ser llevados por la comitiva del obispo hacía la ciudad capital.

La multitud continuó en el sitio del concluido evento, a pesar de que ya no quedaba nada en lo absoluto que diera motivos para poder seguir en él. Tanto niños, como jóvenes y adultos, habían desvalijado ya el arreglo floral, y algunos impetuosos empezaban a llenar el lugar de música alegre y alcohol para festejar. El sol desaparecía levemente en el arrebolado horizonte, mientras que el sereno nocturno aplacaba la hediondez. El basurero, que horas antes había sido un lugar sagrado, ahora era una especie de gran cantina, en donde todo era jolgorio y relajo. Los festejos se extendieron así, hasta entrada la madrugada.

A la mañana siguiente ya casi todo había vuelto a su relativa normalidad. El lugar santo volvió a ser el basurero que siempre había sido; los enguayabados sufrían su respectiva resaca; y la historia del milagro ocurrido ahora ocupaba las primeras planas de los más destacados periódicos regionales; mientras que nadie objetó nunca, sobre la existente posibilidad de la humana procedencia de las pinturas, que ahora yacían expuestas como milagros de la fe cristiana sobre las pulcras paredes de los pasillos, en la Diócesis Departamental.

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Colombia. Es ingeniero de sistemas egresado de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia, UNAD, desde el año 2016. Ha sido publicado en dos antologías literarias: la antología poética 20 de prosa, de Elipsis Editores (Medellín, 2022) y la antología de relatos de terror Fragmentos de venganza y muerte, de la editorial ITA (Bogotá, 2022). Actualmente se encuentra escribiendo para lo que sería su primera publicación en solitario: un libro de relatos de ficción.

1 COMENTARIO

  1. Interesante,me gustó su narrativa,felicitaciones hijo de mi Prima. También tengo muy dentro de mí un sueño de hacer narrativa. He empezado con mis vivencias.

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