Mónica encendió el cigarrillo bajo la tenue luz del farol. Hacía frío esa noche de verano y llovía suavemente. Por las grietas de su nariz expulsó una nube de humo. Después introdujo la mano vacía en el bolsillo del abrigo roto.

Juana observó el temblor de aquella mano fina y tatuada burdamente con un corazón negro, rodeado de espinas. Avanzaron en silencio bajo la oscura lluvia de Berlín. Juana entró en una tienda de licores. Destapó la botella de vino blanco y bebió un trago largo en el umbral del Späti.

Siguieron la senda hasta llegar a la calle Stettiner. La atmósfera apestaba a diablos. Intercambiaron el vino y hablaron sobre fotografías a blanco y negro. De Elton John interpretando Tiny Dancer en su piano.

En el bulevar una rata masticaba incesantemente el cable de un televisor desechado entre colchones podridos y meados. El roedor de alcantarilla, al percatarse de los pasos tambaleándose en el camino, chilló y ocultó su cuerpo en la pantalla agujereada del horrible aparato.

Asqueada, Juana gritó. A continuación, puteó la suerte mientras la preciosa Mónica se partía de risa sardónica.

—Lo único bueno que ha ocurrido hoy —dijo Mónica.

—¡Dios mío! Es la rata más gorda y fea que haya visto jamás.

Anduvieron unos cuantos metros e ingresaron en el edificio de cinco plantas donde residía Mónica. Se sentaron en el segundo peldaño de las escaleras. Llevaban minifaldas. Abrieron sus piernas pringadas de lluvia. Bebieron el último trago de vino, fumaron y escupieron.

Era agradable estar tumbadas allí, susurró Mónica. Quizás se trataba del único sitio donde se podía estar en ese momento. Desde el peldaño pudieron contemplar las burbujas deslizarse en la puerta de cristal que mostraba la calle.

Si Sebastián, el marido de Mónica, las hubiese visto echadas en el escalón manchado con huellas de lodo, habría dicho que el par de chicas ilustraban una triste y hermosa canción de Rock.

—Pero es un hijo de puta —dijo su mujer.

Juana posó la mano en la rodilla de su amiga. Era una piel de aspecto lunar. Ascendió tierna y sensualmente. Hasta que sus dedos, con los que tocaba el piano en tiempos de angustia por el destino, rozaron el vello dorado de su flor.

Entonces besó sus labios de nicotina y alcohol. Un beso de diez o doce segundos. Al final se apartó como si nunca la hubiera besado y dijo:

—¿Qué esperabas? Es un maldito vagabundo.

—Me avergüenza. Me avergüenza tanto —insistió Mónica—. Solo bebe y lee porquerías que no sirven para una mierda. Dice que lo hace para desbloquearse. Que necesita…

Mónica hizo una pausa. Suspiró. Juana sacó tabaco, marihuana, filtros, papeles para enrollar. Enrolló un porro chiquito apoyada en sus muslos trigueños. En tiempo record.

—¿Qué necesita? —preguntó Juana, sonriendo ahora.

—No lo sé. Me gustaría saberlo, pero no logro comprender.

—Bueno, está claro. Solo pretende culiarse al mundo entero.

—Ojalá lo aplaste un tren. Supe que se acostó con una mujer sin piernas, sin brazos. Es un depravado.

—¿Después de aquello con la anciana sin dientes?

—Carajo, sí.

Mónica empezó a llorar. A cantaros. Tenía el alma quebrada. En la calle ya no se movía con orgullo. Su matrimonio, o lo que sea que haya sido dicha unión, se había desplomado como un borracho de carnaval. Como un borracho solitario del metro subterráneo de la ciudad.

—Te lo advertí —refutó Juana—, pero dijiste que estaba drogada. ¿Al menos te dio explicaciones?

Mónica vomitó. Limpió su boca con la manga del abrigo purpura y, entre sollozos, balbuceó:

—Dijo que necesitaba compartir amor. ¡No me jodas! Que necesitaba sentir el lado tierno de este violento mundo. Para escribir, aunque careciera de talento. Aunque nunca lo consiguiera. Que lo necesitaba para no morir tan joven.

—¡Qué locura! —gritó Juana.

Y, decidida, volvió a la carga con sus dedos largos a tocar una melodía en la rubia flor de Mónica. Durante el acto, una intensa sensación de ternura estalló. Tan intensa como para desvanecer toda la melancolía del mundo. Y tan fugaz como una estrella errante del universo.

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Sebastián Trujillo
Colombia. Es comunicador social y periodista con énfasis en prensa, egresado de la Universidad Sergio Arboleda. Trabajó en Seguimiento, periódico virtual de la ciudad de Santa Marta, Colombia. Su alma es del Caribe y ahora sobrevive en Berlín, Alemania.

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