Las agujas… chic chic. El carrito… run run. Dos manos arrugadas se deslizan sobre un edredón, intentando hilar recuerdos ajados. Manos añejas, encurtidas, desgastadas por la vajilla, el piso, la ropa, el arte de ser madres. Setenta y nueve años las abruman con su peso, mientras dos ojos enfundados en unas gafas redondas las siguen con dificultad. La boca deja escapar un tarareo; una vieja canción hace tiempo olvidada por la radio. Las agujas del reloj la acompañan en un tictac desentonado y el té tibio desaparece, sorbo a sorbo, de la porcelana florida. «Mamá, cuídalo. Mamá, aliméntalo. Mamá, abrígalo. Mamá, entretenlo».

Con el primero pensó que parir era lo más difícil, con la última sabía que lo difícil nunca terminaba. «Mamá, ¿puedo llevarlo esta noche? Jorge y yo queremos bailar».

La niñez está acechada por peligros, la adolescencia teñida de rebeldía, la adultez de unos mimos atemporales, y la paternidad moderna aquejada por una inmadurez despreciable, qué irresponsabilidad, qué… «No es que no lo hayamos planeado bien, mamá. Los tiempos cambian. Ahora las cosas son así. ¿No te parecería un despropósito haber estudiado tanto para nada?»

La papilla tibia, los pañales pestilentes, los dibujos animados ruidosos, la siesta tras las barandas. Viejos oficios de un útero ya estéril. Acabar la vida de esa manera… nada fácil. Run run… Labios jóvenes, lengua húmeda, manos suaves, sin quejas, sin pecados. Un carrito rueda sobre el tapete, rumbo a un destino secreto, imaginario. En el primer piso, la lavadora anuncia el fin de su tarea. Máquinas nuevas, ruidosas, usurpadoras del trabajo humano. «Mamá, ¿se puede quedar contigo el fin de semana?, ¿cómo que ya no estás para esos trotes? ¡Si estás mejor de salud que yo!»

Incluso enferma, cansada, de mal humor. Solo dos meses de descanso, después de que las piernas, también viejas y arrugadas… tun tun tun tun… en un enredo estrepitoso, escaleras abajo. «¡Pero qué barbaridad lo que cobran en esa guardería! Cuando te recuperes, volvemos a dejarlo aquí, ¿cierto, mami?, ¿no es una delicia cuidarlo?»

Una empleada doméstica… ¡un gasto innecesario! Al fin y al cabo, una madre responsable es capaz de hacerlo todo. Incluso después de la clausura eterna de los ojos del padre. Y los hijos viejos, lejos de casa… un favor, un almuercito, un consejo. Gordos salarios incapaces de nutrir la magra pensión de viudez de una anciana. «El próximo mes la visito, ¿oye?» «Unos chocolaticos por el día de la madre.» «Una llamadita rápida, ¿cómo ha estado?» Y la menor, la más presente… «¿No es una bendición tenerlo todo el día en la casa? Él, que es el único…»

La taza puesta sobre la mesa de la cocina, la ropa colgada en el tendedero, el silbido agudo de la tetera, el silencio del atardecer. «Hoy lo recogemos tarde, nos vamos a tomar un par de cervezas, ¿está bien?»

Las tardes de telenovela canceladas, la tranquilidad rasgada por un grito estridente que reclama a una madre. La maternidad vencida, el amor reducido, la merecida paz de la vejez estropeada. «¡Ay! ¡pero qué barbaridad! Casi se me olvida el carrito… Con lo furioso que se pone cuando no lo tiene».

Run run… el carrito rueda sobre el piso frío, rumbo a un destino secreto, abismo no imaginario, y las torpes piernitas… tun tun tun tun… en un enredo estrepitoso, escaleras abajo. «Que no se te olvide poner la baranda, mami. Mira que se puede caer, como tú. Algún día clausuramos esas escaleras y ponemos un ascensor. Es más seguro.»

El recorrido ralentizado por la cojera, el grito sofocado, el pulso… ausente. No debía haber pasado. Una vieja olvidadiza, una abuela vencida, una responsabilidad obligada.

Cuatro etapas recorridas… niñez, adolescencia, adultez, vejez… él, una… él, casi nada. Cuatro. Cuatro oraciones. Cuatro ciclos. Cuatro palabras

El        niño        está        muerto

El reloj sigue su canto, ignorante, ajeno, la luna embarazada de pena, y en el bar, unas cervezas heladas. Las piernas suben, tan tan tan tan, se sientan. El carrito… varado. Las agujas… chic chic chic chic… tejiendo los hilos perdidos, tejiendo un trajecito funerario.

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Adriana García Arriola
Colombia. Graduada del programa de Música con énfasis en Composición, de la Universidad EAFIT. Adelanta sus estudios en la Maestría de Hermenéutica Literaria de la misma universidad y hace parte del proyecto de investigación de traducción e interpretación de textos en lengua portuguesa. Ha dedicado casi toda su trayectoria profesional a la enseñanza del español y del portugués como lenguas extranjeras y su primer libro, titulado Cuentos Conjugados, fue publicado por Fallidos Editores. 

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