Últimos ciento noventa y cinco metros; luego de correr cuarenta y dos kilómetros sus piernas parecen querer doblarse. Ambos ingresan al estadio, la pantalla gigante —con el logo de Marathon Olympic Games New York 2036— los muestra en primer plano pelear por la medalla de bronce. De pronto enfocan a los ganadores, quienes en el estrado aguardan impacientes el final para recibir sus correspondientes preseas de oro y plata. En la pista, el joven atleta local se impone por escasos metros y festeja; al transponer dos segundos después la meta, su rival —vencido— cae al piso y comienza con un leve llanto que de inmediato aumenta en intensidad, hasta convertirse en un lastimoso alarido de dolor. Dos auxiliares con ropa blanca le indican el camino al primero, mientras un tercero —vestido de negro— levanta al atleta caído y lo arrastra hacia otro lugar; es la diferencia entre arribar tercero o cuarto. En el podio entonan los himnos nacionales y colocan las medallas en los pechos de los tres triunfadores, ensordecidos ante el bullicio de la multitud.

Todo sucede rápido: el público que aclama la coronación se olvida de los vencedores y comienza a gritar desaforado, atento a lo que sucede en la enorme pantalla. En ella se ve a dos atletas, los que concluyen en el quinto y sexto lugar, quienes antes de llegar se desvían del camino e intentan perderse entre el público. Tras ellos una decena de guardias armados —que descendieron de un oscuro camión— los persigue; la gente empuja a los corredores, trata de frenarlos para que sean apresados. Pero no es necesario, el cansancio cobra su factura y los deportistas son capturados; los suben al vehículo, el que se junta con la caravana de otros nueve similares que se dirigen al recinto. Ingresan; la muchedumbre los aclama. Nadie recuerda a los medallistas, quienes desde el podio desapercibidos observan el espectáculo. Se aproxima el momento esperado, el memorable desenlace de esta fiesta olímpica.

Estacionan los camiones y se abren las puertas traseras; descienden los casi doscientos competidores que no lograron obtener medallas. Bajan en silencio, resignados, sin fuerzas para resistir. Los llevan junto al muro —cien metros de un moderno y resistente acrílico transparente— que se levanta en uno de los laterales, y son encadenados a los postes que, con una distancia de medio metro entre sí, están ubicados delante de la extensa pared. Los parlantes dejan escuchar el sonido de las trompetas que anticipa al público el inicio del esperado desenlace.

Anuncian al primer participante, un poderoso personaje dueño de una cadena de supermercados, que pagó la cifra récord de novecientos ocho mil dólares para adjudicarse ese codiciado lugar, el sueño de millones de personas en todo el mundo. Aparece por la boca del túnel que lleva a la cancha; el público lo recibe con gritos enloquecidos, a los que el empresario responde dando brincos entretanto saluda con ambos brazos en alto. Se acomoda en su puesto frente al muro, las gargantas se silencian, nadie se mueve en las gradas. Respira hondo, estira su brazo, tensa sus músculos y aprieta el gatillo. Al estampido lo escuchan hasta los que no pudieron pagar los mil dólares de la entrada más económica, y que amontonados afuera del estadio se conforman con al menos poder disfrutar del sonido del disparo. La bala se incrusta en el acrílico del muro, a centímetros del cuerpo de un atleta africano al que apuntó el excitado tirador. El público, defraudado, lo abuchea; se retira cabizbajo, pues en un segundo acaba de perder toda la popularidad de la que disfrutó en los días previos.

A continuación, se acerca el segundo concursante, hijo del presidente de un poderoso conglomerado industrial, el que desembolsó poco menos de novecientos mil dólares por su turno. Concluidos los saludos se repite el procedimiento. Silencio. Tras la detonación, la sangre y partes del cráneo y cerebro del que fue un gran atleta latinoamericano le dan —tal cual magnífica obra artística— vida y colorido al muro, que al ser transparente ofrece un espléndido espectáculo a los que están en las gradas detrás de él; también a los cientos de millones de personas alrededor del planeta que lo disfrutan frente al televisor. El griterío es ensordecedor; el joven tirador —aclamado más aún que los atletas medallistas— saluda a los cuatro costados, salta de alegría, corre y festeja junto a la tribuna. Sube al podio, recibe su medalla de diamante y se retira por el túnel donde, en una larga fila, ansiosos participantes aguardan que les llegue la oportunidad de disparar.

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Juan Luis Henares
Argentina. Nació en 1963 en Paraná. Profesor en Ciencias Sociales. En 2004 con Treinta mil imprescindibles obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Ensayos Memoria y Dictadura; comenzó luego a escribir artículos sobre temas sociales en revistas alternativas. Desde 2015 escribe cuentos; obtuvo premios, menciones y publicaciones en antologías y webs de Argentina, España, Cuba, México, Uruguay, Venezuela, Alemania, Canadá y Estados Unidos. En 2018 publicaron su primer libro: Lápiz clandestino. Actualmente prepara el segundo.

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