No hay clientes, pero el escriba sigue golpeando las teclas de su máquina, que se pueden escuchar a varios metros de distancia. Con la habilidad de quien ha dedicado toda su vida a un único oficio, saluda mirándome a la cara, pero sin dejar de escribir con su herramienta. El ruido de los carros no interrumpe el de las teclas y tampoco me impide escuchar su efusivo «joven periodista, ¡buenos días!» Mientras me acerco a su puesto de trabajo, que no es más que un pequeño escritorio de plástico, con una cajonera donde guarda una resma de papel tamaño carta y algunas carpetas de cartón amontonadas.

Mientras me recibe, comenta que las labores son pocas y aunque le da para vivir ya no es como antes, cuando la gente tenía que hacer fila para que él les pudiera hacer su trabajo. No sabe cuántas cartas o comunicados ha escrito a lo largo de su oficio, pero dice con un leve dejo de entusiasmo que equivale a varias enciclopedias por volúmenes, aunque no guarda copias porque la máquina no las hace y los documentos son propios de cada cliente. Lo único que guarda son los errores y los usa como papel para reciclar y escribir a mano cualquier dato que necesite para elaborar sus anuncios.

Me siento a su lado. Mientras llevamos un sorbo de café a nuestras bocas, empieza a soltarme datos sobre su oficio, sobre lo que él considera su sueño, su vida.

¿Sabía usted que de todas las palabras que usamos a diario casi la mitad de las letras se componen de vocales? Y otra cosa, ¿que la vocal más usada en nuestro idioma es la e? Pues justamente esa vocal, y además la letra s, le faltó a mi primera máquina. La Omega fue la primera con la que empecé a escribir, aunque fuera de forma imaginaria.

Éramos pobres, pero tampoco voy a decir que aguantábamos hambre o nos faltaba ropa o cualquier otra cosa para suplir las necesidades diarias. Mi mamá se dedicaba a la costura haciendo arreglos de ropa, pegar botones, recoger botas y remiendos en general. En sus ratos libres tejía en croché, también para vender. Mi padre se dedicó a las labores de la construcción y el campo.

No recuerdo cómo ni por qué, pero creo que la máquina de escribir tuvo que aparecer por medio de uno de los dos. Quizás a mi madre le pagaron algún arreglo con eso o a mi padre se la regalaron en una de las fincas o casas en las que trabajó. No lo sé y si me lo contaron ya lo olvidé, pero ese aparato hacía parte del paisaje y la decoración de la casa. Creo que nunca se deshicieron de ésta porque es de esos objetos que uno no quiere tirar a la basura, porque cree que algún día le van a servir. La maquinita era de esas cosas que uno cree que algún día va a vender y por eso no la tira, pero es de esos objetos que por su utilidad nadie se atreve a comprar y menos si es de segunda mano, faltándole dos teclas, una de ellas la vocal más usada en español y la otra indispensable para hacer los plurales.

El chifonier era su escritorio y yo tenía que realizar malabares para alcanzarla y hacerla sonar con cada golpeteo de las teclas. Era un adorno más de la casa, el cual se desempolvaba de vez en cuando, pero al que no se le tenía un uso funcional. Era una porcelanita con teclas. Era un peso muerto, pero aun así no me permitían jugar con ella.

Cuando estaba un poco más grande y mis padres mucho más viejos, se ablandaron. Por primera vez pude bajar la máquina desde ese gran armatoste de madera. Recuerdo que me fui para el patio, que era de tierra pisada, puse una pequeña tabla de madera para que la máquina no se fuera a ensuciar y empecé a escribir, mientras me dictaba en voz alta una canción, que ahora no recuerdo cual. Fue la primera vez que escribí, aunque solo en mi imaginación, porque no tenía papel y la tinta de la cinta ya estaba seca.

***

Ambos fumadores, hacemos una pausa para encender un cigarrillo y saborear el par de tragos de café que quedan en los vasitos desechables. No tiene trabajos pendientes, por lo que se puede dar el lujo de separar sus dedos del teclado, que más parece una extensión de su propio cuerpo. Habla con parsimonia, cada una de sus frases contiene una pausa, usa comas y puntos para definir sus ideas, para soltar algún chascarrillo, para preguntarme o comentar sobre el calor que hace.

El reloj me anuncia que es pasado el mediodía y la sombrilla de colores, parecida a una pequeña carpa de circo, hace parte de los objetos de su oficina ambulante, la cual nos protege del sol directo e impide que curta más su piel. A pesar que la inclemencia de los rayos solares y del calor que expele el pavimento, que ya empieza a ser insoportable, él no demuestra incomodidad y guarda compostura: parece recién salido de la ducha. Sus zapatos brillan gracias al betún y su ropa no advierte arruga alguna. De vez en cuando se quita sus gafas para limpiar el rocío de sudor que se acumula en sus párpados y se extiende hasta las plaquetas nasales de sus anteojos.

Se acomoda las mangas de su camisa a cuadros y su protector de plástico, que permite que la prenda siga estando como si la hubiera acabado de vestir. Al paso de otro ventero ambulante, que empuja su carrito en el que lleva termos multicolor y cajetillas de cigarrillos de varias marcas, nos permitimos otra taza de café, mientras hace comentarios acerca de trabajar en la calle. —Es duro, ¿verdad? Trabajar en la calle no es nada fácil, porque no hay garantías. Y aunque uno es dueño de su propio destino, a veces hace falta un baño, dónde comer adecuadamente o saber que se tiene un sueldo fijo —manifiesta con un dejo de nostalgia.

Mi primer trabajo fue cargando mercados a los vecinos del pueblo. Algunos eran unos bultos importantes y a veces unas simples bolsitas, las que algunas ancianas ya no podían cargar. No cobraba por mi trabajo, pero los beneficiados sabían que uno vivía de eso o al menos se ayudaba a mantener, por lo que a veces las propinas eran generosas, pero la mayoría de ocasiones eran monedas sueltas, que le sobraban de su compra. Eso puede parecer poco, pero al final del día tenía uno varios pesos y los domingos era casi el doble de un día ordinario.

Cuando tuve lo suficiente, después de aportar para lo necesario que se necesitaba en la casa, le compré una cinta de tinta a mi máquina y papel para poder escribir. Yo iba a la escuela. El analfabetismo era muy alto, por lo que mis padres, muchos de sus vecinos y familiares, no sabían ni leer ni escribir. Entonces ellos, casi con orgullo, me hacían publicidad.

Como el papel era caro y yo tenía que comprarlo con mis propios fondos, trataba de no malgastarlo, por lo que practicaba sin papel, hasta que fui memorizando la ubicación de cada tecla. El primer trabajo a máquina fue para un señor que tenía un problema de linderos. Era una carta de queja y reclamo, en donde se debía explicar que los límites estaban siendo invadidos y debían tomarse acciones para corregirlos. Recuerdo que después de hacer esto tuve que tomar un lápiz, con punta muy finita, para poner la ese y la e en cada espacio que faltaba. No recuerdo cuanto me pagaron por eso, pero sí recuerdo que me puse muy feliz no solo porque equivalía a varias bulteadas de mercado, sino porque fue un trabajo que pude hacer con la máquina, la que siempre quise usar cuando ésta era un simple adorno de la casa.

A partir de ese momento el trabajo se incrementó y aunque lo complementaba con lo de las bulteadas y los mandados, era más lo que escribía que lo que cargaba. Me buscaban para todo, ya sea para escribir una carta de reclamo, para los enamorados, de agradecimiento o de contratos no legales. Pero siempre, en cada una de ellas, tenía que corregir a lápiz la falta de las dos letras pero ni para mí o el remitente, y espero que tampoco para el destinatario, representaba problema alguno.

Siempre fui un muchacho juicioso y el dinero que me ganaba no lo gastaba en banalidades. Ahorré y mandé a traer una máquina de escribir desde Cali. Era de segunda, pero estaba completa. Tenía todas las teclas en su lugar, estaba muy limpia y bien lubricada y tenía estuche, por lo que podía llevarla a cualquier lugar, sin temor a que se ensuciara o por un golpe fuera a sufrir algún daño. Además me permitió ir muchas veces a las casas de los interesados, por lo que se puede decir que escribía a domicilio. La maquinita anterior, con la que empecé, la vendí muy barata y con eso costeé el papel y cintas de recambio.

***

Lo invito a almorzar. Como no hay quien cuide el puesto y guardarlo todo significa un gran esfuerzo, me desplazo hasta un restaurante cercano y pido comida oriental. Es la hora de alimentarse, pero no puede dejar de trabajar porque cada carta representa dinero con el que se debe mantener día a día. Comemos. Mientras alimentamos nuestros cuerpos llega una señora de edad avanzada y le pregunta si le puede hacer una tutela por un caso de una operación a corazón abierto para su esposo. Él no se niega y empieza a preguntar los datos del interesado. Los anota en una hoja de papel reciclado e inicia su trabajo. Sin parar de teclear, va preguntando por precisiones sobre que esperar lograr con la tutela. Le pregunto a la señora el por qué recurre al servicio y me dice que, aunque sabe escribir, no sabría cómo redactar una acción de tutela, que además en su casa tampoco tienen computador y a ella le parece que para presentar esos reclamos es bueno ser limpio y no hacerlo a mano.

No le tomó más de diez minutos en finalizar el trabajo y antes de entregárselo a la interesada lo leyó en voz alta, por si existiera alguna imprecisión. Una vez dado el visto bueno le entrega la carta a la cliente, muy bien doblada y en sobre de manila. A éste le grapa un pequeño papel, donde está la dirección y el número de oficina en donde puede llevar su tutela. Ella no se lo pidió, pero es el valor agregado que le da a su trabajo, para que la gente no tenga que voltear con trámites engorrosos que le pueden quitar tiempo a personas que, como él lo define, son los de a pie, que no tienen influencias o amigos que le puedan ayudar agilizando trámites para evitar largas filas.

A nosotros suelen llamarnos tinterillos y me parece que es un término muy despectivo, sin valor, que no enaltece nuestro oficio. Un tinterillo es alguien que le gustan las leyes, que quiere o quiso ser abogado, pero nunca pudo lograrlo. Yo no quiero ser abogado. Yo solo soy un escriba. ¿Sabe usted lo que eso significa? Sé que suena pretencioso de mi parte, pero los antiguos escribas fueron personas importantes para la sociedad. Gente letrada, porque entre toda la población eran de los pocos que sabían leer y, lógicamente, escribir. Sabían de leyes, de religión, de impuestos, de ordenanzas. Todo lo escribían a mano mientras el interesado le dictaba. Tenían caligrafía, sabían de papeles y encuadernación. Eran reconocidos.

Yo ahora escribo de tutelas, de quejas y reclamos, de peticiones de derecho, ¡de todo! Pero por eso no dejo de ser un escriba. ¿Vio la señora que vino hace un ratico? Seguramente si ella se pusiera a escribir lo que necesita hasta lo haga con mala ortografía. Y aunque una tutela se la reciben así, no hay nada más bonito que presentar un trabajo bien escrito, que se entienda, que no represente dificultades de comprensión para quien tiene que lidiar con la lectura de un reclamo, porque no ha de ser fácil leer cientos al día, aunque la gente esté en su derecho de reclamar.

Es por eso que soy escriba, porque copio en papel y a máquina lo que necesita la gente, lo que ellos me van dictando. Escribo en palabras formales sus deseos y sus necesidades, lo que ellos me dicen con titubeo y sin conocimiento. Yo hago posible llevar lo que tienen en su cabeza al papel, que sus ideas puedan ser entendidas, sin faltas de ortografía y con cohesión. Soy yo quien les facilita el trabajo de ir a quejarse, aunque lo que yo hago no garantice que, por ejemplo, su queja sea escuchada.

***

Cae la tarde. Son las cinco pasadas y se puede adivinar que los transeúntes ya están buscando su camino a casa. Las oficinas públicas de La Alpujarra cierran sus puertas y los oficios se guardan para el siguiente día laboral. El escriba, aunque con trabajo pendiente, ya no tiene premuras, porque las cartas que tiene para hacer son por encargo y pasarán al siguiente día por ellas.

Me pide un breve periodo de espacio porque necesita leer un contrato para obtener información relevante que posteriormente usará en su próximo trabajo. La máquina, como si mostrara su hambre, se traga el papel. El sonido de las teclas no hace eco con el bullicio de los buses que pasan a toda marcha, botando humo por sus tubos de escape. El escriba usa cada uno de los dedos de ambas manos y con mostrada agilidad reparte su mirada entre el papel, la máquina y las copias del contrato que se postran a su lado izquierdo. De aquel trabajo queda como resultado tres páginas, las cuales guarda en una carpeta, junto a las copias. Mientras las guarda en su maletín de mano se para, hace estiramientos de sus brazos y cintura. —Ya no me canso de los dedos. Al principio, cuando no tenía experiencia, recuerdo que el dolor en los dedos era bastante. Terminaba el día con las manos entumecidas, no podía mover los dedos, ¡parecían engarrotados! Ahora ya no me sucede eso, pero a medida que pasa el tiempo mi espalda y cintura se sienten más adoloridas. Me cansa estar sentado —comenta mientras toma nuevamente su lugar en la silla plástica.

¿Que si voy a vivir de esto hasta que me muera? ¡No lo sé! Y no es porque no quiera, porque esto es lo que sé hacer y lo que me gusta. Mi economía depende de esta máquina y de lo que he aprendido a lo largo de los años. ¿Sabe? Acá en Colombia todavía hay gente analfabeta que requiere de nuestros servicios, porque no saben ni cómo escribir una carta ni a donde llevarla. Uno cree que en pleno siglo veintiuno no pasa eso, pero es la realidad.

Lo que a mí me preocupa son las nuevas tecnologías. Aunque todavía hay hogares en donde no tienen un computador, éste ya hace parte del diario vivir de la gente. Si una abuela no sabe escribir, lo más probable que le pida a uno de sus hijos o a sus nietos que le escriba la carta que necesita y si en su casa no tienen computador, van a la papelería de la esquina y allá le cobran por la carta y la impresión.

La escolaridad es cada vez más alta y al menos la gran mayoría de muchachos terminan su bachillerato y a ellos les enseñan a manejar el computador y hasta hacer tutelas. Es por eso que cada vez nuestro trabajo es menos indispensable. Mientras el tiempo pasa son menos los clientes los que vienen y nos toca cobrar menos, porque una impresión es mucho más barata que un cigarrillo y son muchos los que ya saben operar un equipo de cómputo.

Nuestro valor agregado sigue siendo el saber a dónde mandamos al cliente, a que taquilla, a donde encaminarlo para que no lo embolaten y pierda tiempo y dinero con su diligencia. Pero sé que cada día que pasa nuestro servicio es menos necesario, al punto de desaparecer. Nosotros ya estamos viejos y además de no tener relevo, ¿por qué cree que los más jóvenes querrán reemplazarnos? Son las nuevas tecnologías las que nos sacarán del mercado laboral.

A mis cincuenta y dos años todavía tengo la ilusión que la muerte me alcance escribiendo, porque sería muy triste que un día no tengamos nada que hacer, que nuestro oficio ya no sea de utilidad, que mi máquina no pueda seguir imprimiendo caracteres en páginas blancas. Sería muy triste que desde la soledad de mi casa me entere que ya nadie necesita de un escribano. ¿Se imagina el día en que toda la gente sepa hacer periodismo y usted ya no tenga nada que hacer y sea una persona inútil, aunque tenga los conocimientos?

GUILLERMO RAMOS,
Escribano

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Alfredo Madrid
Colombia. Antropólogo y periodista. Apasionado por la docencia. Encontró en la crónica la mejor manera de ver el mundo, porque aunque son cuentos, también son verdad, como lo diría en su momento el célebre escritor y periodista Gabriel García Márquez.

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